’37 maneras de quitarse el sombrero’, de Miguel Ángel de Rus

PEDRO PUJANTE.

Si Oscar Wilde hubiese nacido hoy no habríamos esperado tantos años para censurarlo y lincharlo. Hay una clara regresión en lo que a derechos y libertad de expresión se refiere. Por eso, que autores como Miguel Ángel de Rus apuesten por la sátira desmedida para armar sus libros es de agradecer. Pero, por supuesto, la ironía sin inteligencia es un monstruo que no produce pavor. En este sentido 36 Maneras de quitarse el sombrero (MAR Editor) es un libro de nuestro tiempo, que arremete contra todo y contra todos pero con la sutileza y la inteligencia de un Wilde a la española.

Encontrará el lector en esta gavilla de cuentos mucho humor y sarcasmo pero también un culto inusitado por la belleza y la cultura. Es un libro homogéneo en cuanto a temática y estilo, atravesado por una voz narrativa, casi siempre en primera persona, que lo dota de unidad. Hay grandes momentos, sobre todo cuando el narrador se dedica a criticar con ironía gamberra y prosa umbraliana los delirios de nuestra sociedad: el arte contemporáneo, el culto al cuerpo, adicción al trabajo…  Un narrador que parece sobrevolar todos los textos con una voz, como decíamos, muy personal, contundente, cínica y dotada de mucha psicología. Porque una primera lectura puede provocar la sensación de que de Rus nos habla de asuntos y personajes banales, pero tras la aparente superficialidad con la que trata a sus personajes se deja entrever cierta ternura, melancolía y sensibilidad, y sobre todo, un interés radica, (casi obsesivo) por cambiar las cosas.

Como todo escritor que escribe para sí mismo Miguel Ángel de Rus es un escritor fuera de época, que nos remite a cualquier decadentista francés ante que a un novelista contemporáneo. Hay en sus relatos ecos de Swift, de Voltaire, del Boris Vian más díscolo e incluso de las cultas gamberradas de Aristófanes en obras como Las nubes. Crítica social, ironía mordaz e inteligente, todo destilado a través de una mirada canalla, un humor vitriólico con el que analiza y somete a examen a nuestra sociedad de consumo, poblada de charlatanes cutres. Y aunque en el fondo de Rus es un sentimental trata de hacernos creer que no alberga compasión por sus criaturas. Así logra hacer materia de escarnio a todos y todo: el arte mercantilizado, las modas sexuales, las costumbres rancias y la política feroz basada en esquilmar a los más débiles. Nada escapa indemne a la pluma de de Rus: el capitalismo feroz y sus acólitos, las conversaciones monótonas y virilizadas por la trivialidad que caracterizan las celebraciones familiares, la obsoleta monarquía y sus protocolos estúpidos y desfasados.

Hay una tensión constante entre el instinto (sexual, animal) y el adocenamiento cultural y social. El hombre (al menos esa es la visión que se deja entrever tras la lectura de estas fábulas amorales) es víctima de sus propios impulsos y de las restricciones de una sociedad que impone un criterio tajante sobre sus miembros.

Por otra parte, el autor demuestra una gran erudición, conoce bien la historia y la literatura, hecho que demuestra en la elección de algunos de sus personajes: Kafka, Proust… Aunque la mixtura de alta y baja cultura está muy presente en este tomo y a mi entender define a la perfección el estilo de de Rus: conviven en estos cuentos grandes genios con actrices porno y parias universales.

Sería excesivamente prolijo tratar de detallar todos y cada uno de los cuentos que componen esta antología, pero me permitiré recordar, por ejemplo la historia de un infante hormonado, una humorada chispeante, juego entre ficción y disparate con derroche de arcaísmos y vocablos relativos al campo léxico del mundo palaciego  que acrecienta la ironía y la comicidad. O aquel otro en el que aparece Proust en la Feria del Libro, o una fantástica historia de vouyerismo, cuyos protagonistas son la libertad sexual y la intimidad, el amor posesivo y el peligro de las nuevas tecnologías.

En general, la mente calenturienta y procaz (pero también crítica) del autor se vale de la sexualidad para censurar los comportamientos machistas y primitivos, a la vez que denota la naturaleza humana que la proliferación de una cultura de las apariencias ha relegado, casi reprimido y demonizado.

Para ir acabando esta reseña, señalar que a mi entender gran parte del mérito del autor, además de lo ya comentado anteriormente, estriba en la fabulosa imaginación que este posee, la capacidad para entremezclar realidad y ficción, sin caer en tópicos, y así explotar la propia textura de la literatura de entretenimiento para producir artefactos tan divertidos como reflexivos. Pequeñas obras narrativas que funcionan como espejo de nuestra sociedad sin renunciar a la principal misión de la literatura: crear un universo distinto que nos permita conocer mejor el nuestro.

Miguel Ángel de Rus es hijo de Umbral peor también de Voltaire y de Boris Vian. Su mirada irónica, gamberra e inteligente examina nuestro tiempo y sus desvaríos para criticarlos con sarcasmo, pero también con cierta ternura y una fina sensibilidad. En estos cuentos, en los que la ficción y lo real se confunden, nos ofrece su peculiar visión de la cultura y del mundo en que vivimos para devolvernos su imagen más esperpéntica. Divertido, mordaz y culto. Este libro es una joya.

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