‘Diarios de Kolimá’, de Jacek Hugo-Bader

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Diarios de Kolimá

Jacek Hugo-Bader

Traducción de Ernesto Rubio

La Caja Books

Madrid, 2018

339 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Jacek Hugo-Bader (1957) escribe como una forma de fidelidad. Este Diarios de Kolimá es una obra maestra, como lo era su anterior entrega de crónicas y viajes por la Rusia remota, El delirio blanco. En el libro no abandona ese imán que parece tener para encontrarse con personajes pendencieros, algunos ricos, los más pobres. Con un estilo directo, que nos lleva a vivir lo que él está sintiendo gracias al relato, no a la descripción sentimental, viaja por carretera, sí, pero sobre todo viaja de ancianos a médicos, de ladrones a burócratas, de mafiosos a camioneros, de la hija de uno de los comisarios del pueblo asesinados por Stalin hasta el tipo que sacó un bisonte entero, milenario, en un trozo de hielo y se lo va comiendo poco a poco. Hugo-Bader se asienta en lo estrafalario y hace de ello una forma de literatura. Lo más extraño es todo lo creíble que resulta un mundo sin ley, un territorio como Kolimá, célebre gracias a los relatos de Salámov, a los que no cesa de referirse y, en buena medida, atribuir los méritos literarios de esta obra, en un alarde de humildad que le transforma en mejor periodista.

Porque estamos frente a uno de los mejores cronistas de viajes del momento, un polaco obsesionado por la decadencia de lo que fue el imperio vecino. Lo vimos y leímos en Kapuściński, donde siempre se impone el conocimiento directo, y este no puede ser más que a escala humana. Uno puede llegar a saber algo sobre un delincuente, pero no sobre la delincuencia, que es plural y casi solar, locura. De ahí, por ejemplo, que mientras relata sus pasos por las carreteras que conducen hacia ninguna parte o sus encuentros con gente que padece síndromes sin diagnóstico, se intuya el pasado del aparato represor, el pasado del territorio, el cementerio que hay más debajo de la tierra que pisan, con el que ya tienen el hábito de convivir. Hugo-Bader se centra en la humanidad de los marginados, pues no otra cosa pueden ser las personas que va conociendo. Hemos mencionado síndromes sin diagnóstico, pero vamos sabiendo que tienen algo que ver con la distancia, con la lejanía en las cuatro dimensiones, con lo extraño y, seguramente, con el trastorno de estrés postraumático. Aunque no hay certezas, solo preguntas, que son una forma de necesidad en un lugar donde la democracia es un concepto lunar, donde la mayor parte de la gente, como todos los rusos, afirmará Hugo-Bader, están enfermos de indiferencia. Tal vez el peor de los males, que él procede a comprender mejor que nadie practicando un tipo de periodismo en el que se obliga a sentir la soledad del reportero.

El libro, como no podía ser de otra manera, trata sobre la dignidad. Es decir, se pregunta si la dignidad no es un lujo que no se pueden permitir en lo remoto, si alguna vez pasó por allí, si ha desaparecido junto con los supervivientes de los gulags que retrató Shalamov, cuyo fresco compone un desgarrador cuadro de la civilización carcelaria que se comprime en tres mandamientos: no creerás, no tendrás miedo, jamás pedirás nada. La forma que toma la derrota, en ocasiones elegida por personajes que huyen de su pasado, es un espíritu que, tristemente, carece de belleza ni de pretensiones de alcanzar un poco de belleza. En Kolimá apenas hay nada sagrado, teniendo por sagrado todo aquello que somos y nos rodea y que está al margen de la carne humana. Y en ocasiones, ni eso.

Este libro se hizo con un galardón tan importante como el English Pen Award. Y debería hacerse con el de formar parte de los libros más extraordinarios de nuestra biblioteca. Es una hazaña sin un salvador de vidas ni de almas.

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