Máxima tensión en busca de una paz difícil de encontrar en “El silencio de Elvis”

Por Horacio Otheguy Riveira

Sandra Ferrús emociona como autora, actriz y directora. Ha creado un thriller psicológico, una suma de terrores cotidianos, varios encuentros con un teatro poético de altura, melodrama descarnado, comedia sentimental… en un recorrido apasionante en busca de un lugar donde poder vivir cuando se padece una enfermedad mental y todo es arrasado por voces intrincadas que durante siglos se adjudicaron a demonios. Aquí y ahora, sin otros diablos que los burócratas, El silencio de Elvis, cuenta con todos los elementos teatrales posibles para resultar una muy valiosa función… inclasificable. Testimonio de una violencia del estado moderno sobre un drama que afecta a quienes menos medios tienen, y aun así luchan para encontrar una solución. Teatro grande, imprescindible, para desvelar los auténticos lazos de amor y resistencia familiar frente al estigma de la enfermedad mental.

Sandra Ferrús debuta en el doble papel de autora teatral y directora, e interpreta uno de los personajes en una función de cinco donde todos importan por igual, en torno a un muchacho diagnosticado de esquizofrenia paranoide, y abandonado a la penosa burocracia de unas instituciones que marean dando vueltas y vueltas en busca de una solución mientras la violencia y la desesperación ronda a la familia como una peste.

Sandra Ferrús se lanza con mucha energía, tiene mucha experiencia de escenarios y avidez de conocimiento; bien documentada, se inspira en hechos reales que suceden en España, siempre entre los más necesitados, los más pobres, desde que en los 80 desapareciera el marcial Ordeno y Mando para encerrar en un manicomio a cualquiera con un aparente desorden mental por orden de un juez con el visto bueno de un psiquiatra acostumbrado a reprimir con sedaciones, a menudo eternas.

Desde entonces hubo grandes éxitos de la nueva psiquiatría posfranquista, y también un gran desastre paralelo al construir la nueva casa-mental por el tejado, apostando por tratamientos ambulatorios de muchos enfermos que son entregados a las familias sin estar preparadas psicológica ni económicamente, en el mejor de los casos con disponibilidad en centros de día a los que la mayoría de los pacientes jóvenes se niegan a ir. El círculo infernal de una familia en busca de alternativas está en el corazón de esta función profundamente emotiva que sabe combinar el horror con el suspense y buenas ráfagas de humor que permiten el lucimiento de sus cinco intérpretes alrededor de una labor excepcional de Elías González, el protagonista, el joven lleno de energía que le desborda, de sueños que no sabe dónde poner, abrumado por voces que le desorientan o le embelesan como la de Elvis Presley, que cada tanto también nosotros escuchamos, pegados a la butaca, interesadísimos por el recorrido de personajes entrañables, sumergidos como ellos en una trama diseñada con esmero, articulada con riqueza de matices en manos de un reparto que optimiza cada situación.

Comienza la representación con Elías González de esta guisa, escuchando a Elvis en su cabeza, frente al público real e imaginario cuyo corazón conquistará a lo largo de una historia apasionante. Gran trabajo de quien ya había demostrado notable talento en el teatro extremeño en obras muy importantes como Anomia, Coriolano y Antígona.

Pepe Viyuela y Susana Hernández en dos composiciones admirables: los padres dolientes, sin armas para lidiar con el mal de su hijo. Intérpretes con muchos recursos, se desempeñan estupendamente en situaciones muy variadas, y en breves monólogos alcanzan una emotividad extraordinaria, intensos y sutiles a la vez.

Una reclusión temporal, una atención muy tensa, un dolor que parece calmarse y sin embargo se resiste a desaparecer. Martxelo Rubio, al frente de varios personajes, aquí médico angustiado por la ineficacia del sistema; Sandra Ferrús, la hermana que lucha junto a Elías González, el paciente a ratos feroz, a ratos el más encantador.

 

Hace años coincidí en un ascensor urbano con un chico que claramente sufría una enfermedad mental. Recuerdo que fueron los dos minutos más largos de mi vida. Yo estaba con mi bici y él, frente a mí, mirándome fijamente y balanceándose. Era corpulento, estaba segura de que me iba hacer daño. Pasé un miedo terrible. Cuando por fin se abrió el ascensor mi corazón golpeaba fuertemente en mi pecho, salí corriendo de allí. El miedo se fue convirtiendo en ira, tenía 13 años y recuerdo que pensé: ¿Cómo dejan a gente así en la calle? Aquel episodio me dejó huella, y cada vez que me encontraba con “gente de este tipo”, me producía rechazo. Pasados los años me tocó convivir con la enfermedad mental. Una persona muy especial a la que quiero con todo mi corazón desarrolla una enfermedad de este tipo. Esta trágica circunstancia me obligó a documentarme y a vivir muy de cerca todas sus consecuencias.

Compruebo que aquello que me pasó a mí con 13 años le sucede a mucha gente. Me encuentro con que esta gran persona no solo sufre exclusión social, sino que es castigado por nuestro sistema judicial. Actualmente nuestro país atraviesa una crisis a todos los niveles, económica, social, de confianza, de valores… En estos momentos sufrir una enfermedad mental es doblemente una putada, con perdón por la expresión. De aquí nace mi necesidad de poner voz a estas personas y sus familiares. Poner voz desde el sitio que yo conozco: desde las tablas, el amor y la alegría. Sin mayor pretensión, lo único que me gustaría es que todos podamos conocer un poco más de cerca a estas personas.
—Sandra Fernández Ferrús

 

 

EL SILENCIO DE ELVIS

Texto y dirección: Sandra Ferrús

Ayudante de dirección: Aitor Merino

Intérpretes: Pepe Viyuela, Sandra Ferrús/Concha Hidalgo, Elías González, Susana Hernández, Martxelo Rubio

Diseño de escenografía: Fernando Bernués

Diseño iluminación y espacio sonoro: Acrónica

Asistente al montaje y coreografías: Concha Hidalgo

Producción ejecutiva: Susana Hernández

TEATRO INFANTA ISABEL. Del 30 de enero al 10 de marzo 2019

 

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