«La panadera»: en el pueblo circula un vídeo sexual de juventud: ¿Os pone cachondos hacer daño?

Por Horacio Otheguy Riveira

Es una función que empieza muy arriba, con una situación límite cuyos efectos no paran de crecer hasta un final quizás precipitado, pero en realidad es una reacción parecida al carpetazo de una historia que nos atañe a todos, y que cada uno habrá de vehicular su remate, el cierre del círculo.

En el desarrollo de la historia, una mujer prisionera de la familia que quiere y que la quiere, todos víctimas de unas imágenes, de una plenitud sexual anterior a su creación, en tiempos de soltería. Desesperación, reproches, madurez para afrontar una terapia, regresiones adolescentes, miedo… emociones desbordadas que buscan y acaban encontrando senderos de paz. Un vídeo grabado con la exaltación de la fiesta del sexo consentido sin imaginar que, años después, sería aprovechado con afán destructivo.

En este dificilísimo proceso escénico, Sandra Ferrús abarca con entusiasmo y gran esfuerzo psicofísico el drama de su protagonista con una serie de matices bien diferenciados, enfrentándose a transiciones muy rápidas con estados de ánimo que reflejan la vida interior y exterior de alguien que tiene todas las de perder mientras se obliga a ganarse el respeto por sí misma: en ese proceso la representación combina géneros teatrales y los enfoca hacia un testimonial que aísla el mal de una cultura machista sin escrúpulos para derrotar al monstruo y mantener en alto la voluntad de seguir en pie, cueste lo que cuete.

La sucesión de escenas se produce en el salón del hogar: centro neurálgico de la necesidad de restablecer lo que era una sólida compañía, en medio se ha distribuido el horror de algo que fue maravilloso. A poco de empezar, un guapo trajeado va a la panadería y le pide con aire socarrón: «Una baguete bien larga y gorda como las que te gustan a ti». A por ella en el correveidile de aplastemos al más débil, a la que ni ropa tiene. El placer sexual de las mujeres en la proa de un barco siniestro que está dispuesto a arrasar con todo. La hipocresía ambiental, los prejuicios, la mirada oculta, los ojos que señalan, la vergüenza inhóspita de quien debe esconderse aunque sabe que no es culpable de nada.

Conchi explica formalmente el milagro de hacer pan con sus manos, las mismas manos que son capaces de disfrutar con su propio cuerpo y el del ser amado allí donde se encuentre. Así empieza, como una grata comedia. Enseguida la dulce panadera se verá atropellada por el maldito vídeo en una función de frenético ritmo con buenos momentos de calma.

El confortable crecimiento de la tecnología al alcance de todos ha permitido que aflore un disfrute insoportable: el placer sexual convertido en escarnio, persecución, suicidios de adolescentes, acoso de adultos, como es el caso de esta historia protagonizada por Concha en un pueblo de España, una feliz madre de familia que de pronto descubre que por las redes circula un vídeo de ardiente encuentro sexual de su juventud. Han pasado muchos años. Alguien lo encontró. Es un vídeo casero con una pareja encendida en el pleno gozo de la fiesta sexual, sin prejuicios, sin temores… ahora sobrecargada de vergüenza, de culpa, de muchísimo horror al exhibirse de esa forma ante los ojos de la clientela que ya no la aprecia, sus jefes que pasan de adorarla a despedirla. La maldición del sexo vuelve a las mentes de todos, incluidos los reporteros que rodean su casa, cámara en ristre. Concha es una mujer que adora amasar la harina con el agua y dar forma vital a un pan que aportará vida y regocijo a la existencia de la gente.

Una obra escrita por Sandra Ferrús, que también la dirige y protagoniza en un esfuerzo inédito en su carrera. Segunda experiencia en la tríada de responsabilidades, pero en la primera (estupendo debut con El silencio de Elvis) tenía menor protagonismo. Aquí, su absorbente personaje trabaja a corazón abierto en la sala pequeña del María Guerrero, en un cara a cara con el público, fantástica siempre: en los rasgos cotidianos, en la desesperación, en la alegría sensual de la adolescencia, en la ternura con los hijos, y sobre todo en las distintas «conchas» que avanzan, dolorosa pero firmemente, ante una terapeuta que aplica técnicas de gran eficacia en busca de los propios recursos de su cliente impaciente.

Con una escenografía y vestuario que dinamizan la acción, bien acompañadas de luces y audiovisuales que permiten no solo seguir la función al ritmo palpitante de Concha/Ferrús, sino también a evaluar cuánto subtexto abunda en la obra, bien poblada de propuestas, dudas y temores frente a una situación mundialmente alarmante en la que, mientras los derechos de las mujeres avanzan a paso redoblado, paralelamente se las sigue gozando en el desprecio, en un «culo con coño y tetas». Esto en la sociedad consumista convencional. Más allá la explotación sexual que aporta millones a determinadas mafias. Y más acá «manadas» que se divierten montándoselo entre varios sobre un cuerpo femenino indefenso, así se corren y luego lo ríen pasándoselo de wasap en wasap.

Esta panadera en medio de su terapia consigue enfrentarse a los imaginarios monstruos que hicieron público el vídeo, lanzando la piedra y escondiendo la mano:

¿Qué pasa por vuestra cabeza? ¿Os pone cachondos hacer daño?

Una función imprescindible con intérpretes que, de forma muy coherente con la propuesta original, forman familia, todos a una en una interpretación que comparte el esfuerzo físico y emocional del personaje protagónico: así, Susana Hernández compone una terapeuta que, con texto bien documentado, permite aflorar la tierna distancia del que sabe por dónde puede guiarla, sesión a sesión. Y cuando se mezcla con los otros personajes maneja los tonos y el movimiento de su cuerpo, una constante en todo el reparto que se mueve con una puesta en escena coreográfica que da realce a la energía de toda la representación.

Quien fuera estupendo protagonista esquizofrénico en El silencio de Elvis, Elías González, se ocupa aquí de asumir varios personajes no por fugaces menos importantes. Martxelo Rubio y César Cambeiro, marido y padre, los dos hombres clave en la vida de Concha, que se acercan y alejan de su dolor camino de un abrazo muy difícil de conseguir.

 

 

 

LA PANADERA

Texto y dirección Sandra Ferrús

Ramón César Cambeiro

Concha y bisabuela Sandra Ferrús

Cliente, Orangután, Gael y Carlos-Gael Elías González

Terapeuta, Abuela Quinita y Madre de Concha Susana Hernández

Aitor Martxelo Rubio

Escenografía y vestuario Elisa Sanz (AAPEE)

Iluminación Paloma Parra

Música y espacio sonoro Antonio de Cos

Videoescena Elvira Ruiz

Ayudante de dirección Concha Delgado

Ayudante de escenografía y vestuario Paula Castellano

Cartel Equipo Sopa

Fotografías Luz Soria

Realizaciones escenografía Mambo Producciones

Coproducción Centro Dramático Nacional, El Silencio Teatro e Iria Producciones

TEATRO MARÍA GUERRERO. SALA DE LA PRINCESA. HASTA EL 7 DE MARZO 2021

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MUJERES, REDES Y OTROS TEJIDOS

Un encuentro con la participación de Leticia Camarillo, psicóloga del Programa ATIENDE y la autora y directora Sandra Ferrús. El punto de partida: la violencia de genero a través de las redes sociales y la libertad sexual de las mujeres.

Mujeres, redes y otros tejidos<https://dramatico.mcu.es/evento/carta-blanca-sandra-ferrus/> tendrá lugar el próximo martes 2 de marzo en la Sala Mirlo Blanco del Teatro Valle-Inclán.
El encuentro cuenta con la participación de Leticia Camarillo, coordinadora de un Programa especializado en Salud Mental para mujeres víctimas de violencia de Género (ATIENDE<https://www.comunidad.madrid/noticias/2016/05/09/programa-atiende-maranonbuenas-practicas-sistema-nacional-salud>), del Hospital Gregorio Marañón.

Horario: 19 h.
Precio: 3EUR

Más información y venta de entradas<https://www.entradasinaem.es/ListaEventos.aspx?id=9&idEspectaculo=123>

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