Cine en el teatro. Muy interesante versión de “Bailar en la oscuridad”

Por Horacio Otheguy Riveira

Singular concepción escénica que mejora y enriquece el fondo de una película de renombre internacional estrenada en el año 2000. Una emoción poética singular recorre un escenario con seis intérpretes en los que confluyen talento y sensibilidad, dirigidos por Fernando Soto, con un gran trabajo de Marta Aledo en un personaje protagónico de gran complejidad.

Detrás, de izquierda a derecha: Luz Valdenebro, Fran Calvo, José Luis Torrijo, Inma Nieto y Álvaro de Juana. En el centro: Marta Aledo.

La emoción se instala a poco de empezar. La oscuridad, el baile, las canciones, rodean a Selma, una madre soltera que se está quedando ciega, a causa de un mal genético. Para evitar que a su único hijo le suceda lo mismo trabaja duro en una fábrica con el fin de ahorrar para pagar su operación. La búsqueda de la luz en su propia vida está contaminada por el recuerdo de un abandono que por mucho que pase el tiempo la sigue marcando. Selma no tolera el cariño de un aspirante a novio y le cuesta recibir la ternura de una amiga. Su hijo es el centro de su vida. Trabaja duro, aunque cada día pierde un poco de vista. Es capaz de engañar al oftalmólogo para que no le dé de baja.

Es una superviviente que en las situaciones más angustiosas, cambia la expresión tortuosa de su cara y sonríe. Su sonrisa se explaya en un rostro muy delgado, a menudo bañado en lágrimas, y su cuerpo se torna sensual y gracioso, ya que rememora las canciones y bailes de musicales disfrutados cuando niña. Números ligeramente dulces, muy austeros, sin la espectacularidad de las fastuosas películas. En este contexto, los dramas agobiantes que le van sucediendo al personaje son tratados por una puesta en escena mucho más interesante que la película de Lars von Trier, cuyos excesos de realización impedían conectar con el severo melodrama original, aquí muy bien planteado, sin distracciones, con elementos de profunda emoción en torno a una muy rica acción interior, y esto se consigue gracias un balance de disciplina rigurosa en los pequeños detalles, en la atmósfera poética de un mundo gris que se oscurece e ilumina alternativamente hasta envolvernos y hacernos sentir cómplices de su dolor.

Un gran personaje cuyo desamparo tiene la grandeza de una antiheroína convertida —a través de la magia de su imaginación— en una estrella de enorme valentía para quienes más le importan.

El director Fernando Soto tiene gran experiencia como hombre de teatro; entre otras obras, ha sido responsable de Edith Piaf, taxidermia de un gorrión, El minuto del payaso,  La casa del lago; es también un excelente actor, ahora mismo en papel muy destacado en Perfectos desconocidos. Gracias a su concepción de Bailar en la oscuridad, se ha logrado un paisaje escénico sumamente interesante, dentro de una producción muy audaz, por lo alejada de los cánones habituales. Aquí brillan conflictos sociales y sentimentales que suelen evitarse en la intimidad de seres desvalidos. Hace tiempo que no llegan lo que en el siglo XX era habitual en autores de muchas nacionalidades, hoy día abocados en su mayoría a un teatro de intimismo de clase media. Esta soledad del superviviente aislado que se resiste a los embates más crueles o las ayudas que no considera conveniente, es una perla muy cercana a autores clásicos de la literatura y el teatro de Europa del Este (la protagonista vive en un pueblo de Washington, pero nació en la antigua Checoslovaquia, hoy República Checa).

Es de agradecer el compromiso de esta producción atípica que además ofrece un nivel de calidad sobresaliente. Así, la composición musical de Tomás Virgós resulta admirable en su aparente sencillez. La levedad de algunos acordes que remiten a un tema muy conocido del teatro musical combinan con otros que acompañan canciones que transitan por el escenario con voces dirigidas por Verónica Ronda para susurrar o en algunos casos cantar con calidad profesional. Todo se conjuga en el extraño mundo de la protagonista para que habitemos la sonrisa de Selma y la amemos a distancia, respetuosos de su recelo por los abrazos, tal vez por miedo a volver a confiar y una vez más perder todas las batallas.

Marta Aledo consigue dar forma muy creativa al perfil de una mujer pequeña que va perdiendo la vista y su cuerpo entero se va doblegando… y sin embargo no se rompe, y canta como en secreto, imaginando plácidos lugares que no vemos porque solo ella puede hacerlo, más allá de la oscuridad física que la tiene prisionera.

El reparto que la acompaña tiene componentes similares, en ellos cualquier gesto se entrega cargado de sugerencias. Junto a profesionales de la categoría de Fran Calvo, José Luis Torrijo, Luz Valdenebro e Inma Nieto, sorprende gratamente un joven Álvaro de Juana en el rol del hijo. Comunica bien como actor, y encanta como bailarín de claqué e intérprete de la última canción de la pieza, a la que le da un tono de exquisita contención dramática, y convierte en mensaje trascendente una letra, aparentemente, sólo muy sentimental:

Madre, madre, eres mi hogar.

Eres mi lecho,

eres el sueño donde descansar.

Todo lo que fue, ahora será.

Madre, madre, eres el mundo que me acogerá

Ese refugio ante el vendaval.

Madre, tu amor sin final.

Todo lo que fue, ahora será.

 

Basado en la película de Lars Von Trier
Concepto, libreto y letras de Patrick Ellsworth

Letras: Patrick Ellsworth

Traductor: Fran Calvo

Adaptación letras y dirección: Fernando Soto

Ayudante de dirección: Alexandru Stanciu

Reparto: Marta Aledo, José Luis Torrijo, Fran Calvo, Luz Valdenebro, Inma Nieto y Álvaro de Juana

Diseño escenografía: Javier Ruiz de Alegría y Fernando Soto

Diseño iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Diseño vestuario: Paola de Diego

Composición musical: Tomás Virgós

Dirección musical y coach vocal: Verónica Ronda

Diseño coreografía: Zoe Sepúlveda

Producción: SEDA

TEATRO FERNÁN GÓMEZ, del 28 de febrero al 31 de marzo 2019

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