RELATO/ ‘Preludios’

LAUTARO VINCON.

Carlitos trabajaba en el terreno de los Toledo. Limpiaba la casa. Cuidaba el jardín. Recortaba el pasto. Se encargaba de mantener a raya los bichos y los pájaros que atacaban el maizal. Cuando nadie lo veía, se apoyaba en la azada y miraba hacia el camino de tierra esperando a que pasara la hija mayor de los Ibáñez.

Hacía algunas semanas, había coincidido con Maira Ibáñez en el almacén, y no había podido quitarle la vista de encima. Ella lo había mirado de reojo. Carlitos había notado que ambos sentían lo mismo. Ese día, como todas las tardes, volvió a tomar El Libro entre sus manos y repasó los capítulos. Recordaba que uno de los pasajes mencionaba el amor a primera vista. Y el amor a primera vista era la clave para terminar el ritual que venía cumpliendo hacía años. Había pasado por destruir hormigueros, por ahogar al perro de su abuela, por cagar en los bancos de la iglesia en un día de lluvia. Había profanado la tumba de su propia madre, le había cortado las manos al cadáver y había prendido fuego los restos echados a perder. Jamás sospecharían de él: Carlitos, el trabajador, el callado, el que siempre andaba con un libro dentro de su mochila gastada.

Su madre le había inculcado el afán y la responsabilidad por el trabajo. Ella salía a trabajar todos los días mientras que el padre de Carlitos se quedaba en casa escribiendo. Él quería ser un escritor reconocido. Había publicado algún que otro cuento. Creía en que la mejor manera para formar a un escritor y, más que nada, a una persona era la lectura. Carlitos había pagado el precio de esa idea. Todos los días, durante dos horas, su padre lo encerraba en el galpón con un libro; la única iluminación era el rayo de luz que ingresaba por la ventana sucia de polvo. Desde aquellos días en que la lectura se transformó en su afición y encontró El Libro en la biblioteca, Carlitos había decidido ser lo más silencioso posible. La realidad lo abrumaba. El mundo cambió. Empezó a ver formas en las sombras y sombras en las formas, una oscuridad oculta pero latente.

Carlitos estaba tras los pasos de Maira, su amor a primera vista. Envuelto por las mazorcas teñidas del naranja del atardecer, se escondió detrás del espantapájaros al ver que ella perseguía un bull terrier. El perro, nervioso por la persecución, ni se percató de él cuando le pasó a pocos metros de distancia. Carlitos esperó a que Maira rodeara el espantapájaros. Saltó sobre ella.

Samanta estuvo despierta toda la noche. No había dejado de soñar con el espantapájaros de los Toledo, el de la plantación de maíz a la salida del pueblo. En el sueño, el espantapájaros se bajaba del palo en forma de cruz del que colgaba y la perseguía; ella entraba en el maizal y llegaba hasta el centro, donde había un charco del tamaño de una pileta de lona. Samanta se resbalaba con el agua y caía de frente. Al mirarse en el reflejo, no era su cara la que veía, sino la de Maira, su hermana.

Por sueños como esos, había tomado las pastillas. Pensaba que iban a ayudarla a dormir como la ayudaban a mamá. Cuando la encontraron tirada en el baño, y la internaron, prefirió mentir. Les dijo a todos que las había confundido con pastillas de menta. Su mamá le preguntó si no había pensado en escupirlas al darse cuenta de que no tenían sabor. Samanta dijo que no se acordaba. Supuso que, como todos los estudios habían salido bien, no se iban a preocupar de más. Quizá llegaran a hacer de cuenta que no había pasado nada.

Maira siguió a Jairo desde que salió del supermercado. Las veces que él se había dado vuelta, ella se escondía detrás de algún auto que estuviera cerca. Lo único que Maira pedía era alguien que la comprendiera. Estaba muy asustada por su hermana. Había escuchado a sus padres hablar sobre Samanta: ellos creían que la nena había intentado suicidarse. Como en el pueblo no había psicólogos, estaban buscando uno en la ciudad. La plata para pagarlo no les alcanzaba y sabían que tendrían que ajustarse un poco más para llegar a fin de mes. Con el sueldo que tenía, Maira aportaba hasta dónde podía, pero era incapaz de hacer milagros. Se acostaba llorando, pensando en que Jairo podría estar ahí para darle su apoyo. Y él, en cambio, la ignoraba.

Lo siguió hasta que llegaron a su casa. Lo notó enojado cuando habló con su madre. El perro se había perdido. Jairo se internó en el bosque y Maira fue detrás. Cuando él se percatara de su presencia, ella se ofrecería para ayudarlo a buscar al bull terrier.

Jairo había considerado dejar su trabajo desde que despertó esa mañana. Después de pensarlo, prefería seguir yendo hasta conseguir algo mejor que quedarse en casa aguantando a su madre. No es que no la quisiera, sino que últimamente se había puesto más molesta que de costumbre. Para colmo, su padre no le decía nada, hacía de cuenta que ella no estaba ahí, o mejor: que estaba ahí pero que no se la pasaba a los gritos. Jairo, que era cajero de lunes a viernes en el supermercado, había pedido reponer mercadería en las góndolas durante los fines de semana. El gerente, por supuesto, no se había negado. Quizá, pensaba ahora que volvía a su casa, esa decisión de pasarse toda la semana en el súper había detonado la idea de renunciar. El cuerpo y la mente pasaban factura.

Maira le había llenado la casilla de mensajes. Todavía no había entendido que él no quería nada, que habían sido algo de una noche. Jairo no tenía ningún problema con ella, hasta incluso le parecía una chica muy bonita. Pero no le gustaba. Ni Maira ni ninguna otra del pueblo. Ninguna mujer, en realidad. Y no podía decírselo a nadie, porque suponía lo que los demás podrían pensar.

Llegó a la casa y vio a Mirta, su madre, parada en la puerta de entrada, con lágrimas que le corrían por las mejillas.

Mirta respondió a la pregunta que Jairo ni siquiera dejó escapar de su boca.

—El Simón se fue.

—¿Cómo que…? ¿Por dónde?

—Por el bosque. Allá.

Mirta señaló con un dedo.

—¿Sos o te hacés? ¿Te olvidaste que está hecho mierda y se pierde por cualquier cosa?

La paciencia de Jairo estaba a menos de una gota de rebalsar de su vaso.

Mirta se había cansado de estar sola todo el día en la casa. No le iba a decir a nadie que envidiaba a su hermano por haberse sacado la quiniela y poder mudarse de ese pueblo de mierda que ya la tenía podrida; sobre todo, no se lo iba a decir a su marido, que se estaba encamando con esa pendeja de la terminal, creyendo que Mirta no lo sabía. Mirta había visto los mensajes en su celular. Tampoco podía hablar con Jairo, su hijo, porque el nene, que ya no era tan nene a sus veinte años, se la pasaba laburando. Volvía a la casa a comer y a esperar que ella le tuviera la ropa planchada. Mirta no era la mucama de nadie.

Quedaba Simón, el bull terrier de diez años.

—Vivís tirado ahí vos. Te levantás para cagar y morfar, y listo.

Empujó al perro, lo obligó a bajar de la cama. Simón tenía las orejas bajas. Mirta lo pateó con el pie hasta acercarlo a la puerta del jardín. El perro salió. No entendía que ella, envuelta en nervios y harta de su vida, había decidido desquitar su bronca con él.

Simón corrió entre los cipreses. Se alejó. Al cabo de dos minutos, perdió el sentido de la orientación. Cuando Mirta se dio cuenta de lo que había hecho, ya no se podía volver atrás.

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