‘Qué hacer’, de Pablo Katchadjian

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PEDRO PUJANTE.

Sabemos que los sueños no suelen resultar interesantes al ser trasferidos al espacio literario. Quizá porque difícilmente se logra trasmitir con simples palabras el conjunto de imágenes y sensaciones caóticas que se originan en el escenario onírico. También porque el lenguaje es sucesivo y los sueños son emisiones desordenadas, superpuestas e incoherentes.

Sin embargo el escritor argentino Pablo Katchadjian, cuya obra no había sido todavía publicada en España, traslada en Qué hacer el mundo delirante de los sueños a la novela con bastante éxito. No estamos ante un relato de sueños borgiano, en el que la fantasía y lo real se retroalimente provocando paradojas o atmósfera fantasmagórica. Más bien lo que hay en Qué hacer es un trabajo de “traducción onírico-ficcional”, de experimento, como si el autor indagase en una reproducción más o menos fidedigna del sueño y quisiese construir una narración metaonírica, de cadencias rítmicas, de estirpe oulipiana. Hay, en este sentido, repeticiones, reiteraciones de imágenes y personajes como si el sueño se multiplicase (se expandiese sin avanzar realmente) en un rizoma. Como si se bifurcase en una estructura más o menos fractal y nos situase en el centro mismo de una de esas casas de espejos que reflejan una misma escena desde diversos (diferentes pero muy parecidos) ángulos, provocando una sensación de laberinto óptico. La narrativa de Katchadjian funciona, por momentos, como un mantra, que en breves y sucesivos capítulos retoma a los mismos personajes y los coloca en situaciones más o menos similares, con variaciones, con sutiles o grotescos cambios. Mareándolos. Mareándonos. Qué hacer cumple su cometido: envolver al lector en un Aleph concéntrico, deslavazado y reiterativo, protagonizado por el narrador y Alberto, dos personajes que se encuentran en una universidad inglesa, hablando de un tema, o quizá de otro. Rodeados de terroristas o de alumnos, o de una vieja o de 800 borrachos. O quizá están en un barco o en una isla. Los espacios, como las personas, mutan, desestabilizando a cada instante el desarrollo narrativo. Aunque, en resumen, esta inestabilidad es la que articula de forma coherente el libro.

La lectura de seguido de este libro es mareante, pero necesaria para que resulte efectiva.

Aunque el tema del sueño como recurso narrativo, incluso estructural, no es novedoso, no se puede negar que Katchadjian le da un carácter muy personal, ya que su voz es genuina, y la narración, a pesar de su pretendida inverosimilitud es coherente. El relato, a pesar de su naturaleza experimental, funciona y al final uno tiene la sensación de haberse sumergido en una divertida novela, que destila un feliz sentido del humor y que nos permite reflexionar sobre las posibilidades del lenguaje como desestabilizador de la realidad, como herramienta performativa para construir escenarios imposibles pero reveladores. 

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