Río Bravo

Por Fernando Marañón.

Anoche soñé que volvía a Manderley…

Cuando tú no habías nacido, tuve una novia que se parecía a Angie Dickinson. No jugaba al póker demasiado bien, pero sonreía con el mismo encanto, sabía ponerse las manos sobre la cadera y se tornaba vulnerable en el amor.

Anoche la recordé, frente a la pantalla de mi salón, cuando su réplica cinematográfica irrumpía en la habitación de John T buscando al propietario del hotel y sorprendía a aquellos dos hombres admirando un calzón rojo de mujer llegado por diligencia.

John Wayne era uno de ellos. Feo, fuerte, formal y sheriff. Fascinante en su aplomo para portar el rifle, levantarse el ala del sombrero, reconocer unas cartas marcadas o azorarse ante una chica de mundo. Experto en picar el amor propio de los amigos que se enfangan de trago, reconocer las cualidades de un pistolero joven o manejar con afecto a un anciano gruñón capaz de barrer la cárcel, tocar la armónica y lanzar dinamita.

Río Bravo es una gran historia de amor del cine americano que resulta a la vez claustrofóbica y vitalista. Habla del cariño entre unos hombres bragados que se respetan y se prueban desde que una mala mujer se bajó de la diligencia antes que Angie Dickinson y destruyó al más rápido y sagaz de todos ellos. Habla de amigos intachables que saben cuándo hay que pegar duro, perdonarse una bofetada o disfrutar de una sencilla canción vaquera, mientras la amenaza de un poderoso pone sus cabezas a precio en monedas de oro de 50 dólares. Y habla de la nueva chica de la diligencia, la viuda de un jugador de ventaja, que se aloja en el hotel, se enamora de John T, duerme armada ante su puerta, afeita al compañero sin pulso y limpia los vasos de la barra como si estuviera en un hogar imposible atendiendo a su próximo hombre, ese sheriff cansado pero entero.

El amor fluye con el whisky que le sirve al final de un día áspero en Presidio, que quizá sea el último. En la escalera por la que él la cargará en brazos cuando la encuentre abajo, dormida junto a una escopeta. En el jarrón que atraviesa una ventana para distraer a unos pistoleros el tiempo que necesita Colorado en lanzar a Chance el rifle y desenfundar su propio revólver. En el repartidor de las habitaciones, mientras Dean Martin canturrea dándose un baño y el sheriff y la jugadora se comen con los ojos. En la habitación donde ella le besa y después él la corresponde: “sale mejor entre dos”, dirá ella.

Un hotel lleno de espacios cargados de narrativa, regentado por un mexicano divertido, nervioso y valiente, en el que la presencia de Angie Dickinson lo impregna todo. Ella no necesita visitar a John T en su oficina, el territorio donde los hombres aguantan la tensión y la sed. Angie es la chica de las plumas que juega a las cartas, se cambia tras el biombo y se derrumba cuando el amor la atenaza dulcemente. Una buena chica que encontró al fin su lugar junto al Río Bravo.

Me preguntó dónde encontraría aquella antigua novia mía su lugar. Me pasa a veces, cuando vuelvo a Manderley…

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