‘Astillas’, de Celso Castro [Libros del Silencio]

Celso Castro está dispuesto a demostrarnos, libro tras libro, que es capaz de dar un paso más en el lenguaje literario. Si te gustó El afinador de habitaciones, este es sin duda tu libro. Y si no, mira, ¿a que lo reconoces?

«libro de israel

1. un hecho establecido

cuelga un idiota cabeza abajo, sacúdelo y hazte a un lado, o toda la seriedad del mundo, toda esa insufrible y ceremoniosa solemnidad se te caerá encima, y te aplastará. igual que caía la mano de mi tío, im
per
tur
ba
ble, y una y otra vez sobre mi espalda, y sobre mi hombro y mi cabeza y mi nuca, y que había llegado el momento de ser un hombre, de enfrentarme a la vida —como un hombre…— y que él siempre iba a estar ahí para lo que necesitase. pero que yo también debía —poner algo de tu parte y…— y entonces vinieron a avisarnos que ya podíamos -cargar el féretro- y fuimos mi tío y yo, y un par de aquellos mezquinos que se habían acercado a mirarme la cara, y a compadecerse de mí, y a ostentar sentimientos y sentimientos y más sentimientos, y así hasta acabar convencidos de su -bondad natural- y eran los mismos que se burlaban de mi abuela, y de sus sombreros, y de su educación -de vieeeeena- y que ahora se extrañaban de un ruidito que parecía arrastrarse o rodar por dentro del ataúd, y decían —cuidado, cuidado…— extrañados. y es que no conocían a mi abuela, porque si la conociesen un poco, sabrían que no soportaba la falsedad, que no soportaba ni a los falsarios ni a los fisgones, y que por eso no era de extrañar que se revolviese incómoda al verse rodeada de tanto hipócrita

que ya estaba muerta. antes de que el sacerdote la asperjara, y antes de que todos nos quedásemos alelados con la habilidad de los operarios, admirando en silencio cómo extendían amplias paletadas, una cortina, un velo de cemento. y muchísimo antes de que marta se presentara —hola, soy marta… soy tu compañera… de la biblioteca… hola, te acompaño en el sentimiento…— incluso me sonrió, la primera vez que me hablaba y la primera vez que me sonreía, que la veía sonreír, bueno, esa mueca fofa de pastillas, ya sabes, la que tendría yo en un par de años, si continuaba con los tranquilizantes y el coñac. en definitiva, que no se enteraba de nada, que la habían colocado en la biblioteca, en los ficheros, como podrían haberla colocado al lado de la escalera, en uno de esos grandes maceteros de la entrada, o bajo un árbol del psiquiátrico, bajo un castaño, por ejemplo, sentada en una sillita plegable

y fueron desfilando, y ya te digo que escudriñaba cada rostro a ver si sorprendía alguna sonrisita pero, desde luego, he de reconocer que se compungían irreprochablemente. en fin, que fueron desfilando —oye, lo que necesites ¿eh?— y babeándome las mejillas hasta que apareció tildita, la amiga de mi abuela. venía a medio pintar, claro, pero tan arregladita que daba pena —ay, qué desgracia… qué desgracia…— y se echó a llorar, y era la única que lloraba de verdad, la única, porque sentía la muerte de mi abuela, y porque sabía mejor que nadie que ella también se iba a morir, que era su turno, y lloraba. y yo me contagié de sus lágrimas, de su desesperación, y tuve que ponerme unas gafas oscuras que llevaba en el bolsillo del abrigo, por recaución, y después nos abrazamos llorando —lo que te quería tu abuela… no sabes lo que te quería tu abuela… y lo orgullosa que estaba de ti…— y yo le dije, y casi no podía hablar, que me temblaba la voz —ya lo sé…— y que hacía falta quererme mucho para estar orgullosa de mí. y tildita quiso animarme, y me acarició el pelo, y estuvo muy cariñosa —no, no… la pobre siempre nos hablaba de ti, de todo lo que leías, y que escribías poemas y… ¿sabes? decía que tenías un temperamento especial, de… ¡de artista!… qué buena era… qué… cariñosa…
—sí…
—ya verás… ya verás como la vida… ya verás…

era martes, mi tío me dio hasta el lunes para que arreglase mis asuntos. lo cierto es que no había mucho que arreglar, nada de importancia —tú no tienes arreglo…— solía repetirme rosalía. y todos los días —no tienes arreglo, no tienes arreglo…— y como no tengo arreglo, a la muy estúpida no se le ocurre otra cosa que traer a su novio al entierro de mi abuela. se trae a su novio y lo besa delante de mí, y venga besos y más besos y carantoñas y todas esas mierdas -postcoitales- que a mí me da igual ¿eh? pero me parecía una absoluta falta de consideración, sobre todo sabiendo la estima, la ternura que le había manifestado mi abuela a diario, sus muestras de afecto, y lo ilusionada que estaba con nuestro noviazgo, o compromiso o… y de verdad que me hubiera gustado que volviese, o sea, que mi abuela volviese aunque sólo fuera un momento, para contarle lo de rosalía, y lo desconsiderada y estúpida que era demasiado alterado, alteradísimo. y mientras iba camino de la torre, no hacía más que pensar en lo alterado que estaba, y que vivía alterado, mañana, tarde y noche. y que no se podía vivir así, tan alterado, que en el mundo hay un montón de rosalías y rosalíos, y granos de arena en el orzán, y multiplicados en riazor, incontables, innumerables, y que ya es hora de empezar a aceptarlos, de aprender a aceptarlos, y amarlos y perdonarlos. y es el precio que hemos de pagar por vivir ¿no? por alejarnos de cualquier idea perniciosa, y las hay a cientos, a miles

y con esta disposición llegué a la torre, y me senté en una roca a mirar el mar -uniformemente gris- y un cielo como de nácar, que filtraba esa luz tan intensa y molesta, por lo menos para mí, que tengo los ojos claros. pero a lo que íbamos, que… a cada instante se me cruzaba aquel sonido metálico, nítido, de la paleta. y también la imagen del operario, que utilizaba el cemento sobrante para recebar un pequeño muro, le faltaban cinco o seis metros. naturalmente, el cemento de mi abuela destacaba más húmedo y oscuro, diferenciado, aunque por poco tiempo. unos cuantos entierros y ni siquiera yo podría distinguirlo. y me dolía, y te juro que estaba deseando que se marchasen de una vez y me dejasen en paz, o si no, que aquellos ángeles de mármol que oraban en lo alto se desplomasen en su -gozosidad- y los descalabrasen por capillas, que ya estaba harto de tanto deber cumplido. y de tanta satisfacción y tanta ruindad y tanta ordinariez, que hasta sentía asco, asco de ellos y asco de mí, que parecían habérmelas achinchetado en el alma. pero lo que más me dolía era que mi abuela estuviera sola en aquel nicho. y no entendía cómo alguien puede enterrar a su abuela, o a su madre o padre o hermano o quien sea, y dejarlo ahí, y seguir con su vida, con sus cosas… por cierto que todas sus cosas estaban en casa. y yo tan tranquilo. sí, muy tranquilo y muy solo, igual de solo o más. bueno, tenía a iris, y a mi tío, el de la biblioteca, que era como no tener a nadie. y eso que me abrazó, me abrazó delante de todos -mirad… ¡acercaos y mirad qué buena persona soy!- y cuánto amor, cuántas atenciones, qué asco… pero no iba a dejarme abatir

y ahora escucha, lo más importante de la vida, y te hablo de corazón, es tomar decisiones. que resulten acertadas o equivocadas es -profundamente secundario- ser capaz de tomar decisiones, por encima de todo, tener ganas de tomarlas. y yo tomé la decisión de que viviría dos años de alegría, dos o tres. y pasado ese tiempo, si no acontecía algo excepcional, algo que me hiciese cambiar de opinión, me suicidaría, retornaría a ese viejo proyecto de suicidio. sin dra matismos ¿eh? ni dramatismos ni aspavientos

la bruma se espesaba en -duros vellones- casi borraba el horizonte. y entonces iba notando cómo poco a poco las palabras se abrían dentro de mí, cómo brotaban desde dentro, que es una sensación habitual en los poetas, no sé si a los demás les ocurre lo mismo. y cogí mi escombrera, ya sabes, el cuaderno de notas, y escribí al dictado:

es un hecho establecido
que el alma sólo es inmortal
cuando reúne determinadas-ciertas
condiciones de perdurabilidad
(a saber):

y ahí me dejaron, remarcando los dos puntos. y me dije que, bueno, que ya lo acabaría en otro momento, que no hay que obcecarse, que es de común conocimiento y, en mi caso, muy esperanzador, que las mejores ideas acuden a nuestra mente en estados de -completa distracción- y que estaría bien escribir un libro de poesía, y que todos los poemas comenzasen así -es un hecho establecido- y había una editorial de poesía en mi ciudad -hércules- y que jugaría a poeta, mientras»

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