Victoriana

 

Por Silvia Herreros de Tejada.

 

El oráculo de hoy adivina melancolía victoriana. ¿Cómo es, exactamente, este tipo de estado vital? Es gris, muy inglés, lánguido, un poco teatrero. Es tener una sonrisa extraña con un punto presuntuoso, como la señorita Havisham. Es querer ser protagonista de una novela de Charles Dickens para que te pasen cosas tremendas (de buenas o malas) que siempre acaban —como se dice en inglés— colgando de un acantilado. ¿No es maravillosa la expresión cliff-hanger para describir los momentos de suspense que mantenían enganchados a los victorianos lectores del Dickens por entregas?

 

Grandes Esperanzas se publicó como serie en la revista All The Year Round desde diciembre de 1860 hasta agosto de 1861. Alguien me contó (o igual me lo he inventado yo, porque no encuentro el dato en ningún sitio) que el primer ministro de la época suspendió todos los eventos del día de la última entrega porque no podía esperar a la noche para comprobar si Pip, finalmente, conquistaba el corazón de Estella, la niña a la que la señorita Havisham había convertido en su vengadora particular de hombres.

 

La verdad es que Grandes Esperanzas da bastante miedo. Lo que más, la señorita Havisham, evidentemente. A Pip, un huérfano criado por su hermana y un herrero humilde, le contrata esta anciana para que vaya a jugar a su mansión. A ella le plantó su prometido el día de su boda y desde entonces, ha intentado que el tiempo no pase. Sigue vestida de novia, le queda un zapato de seda por poner, los relojes de la casa están parados para regodearse en el triste instante. Pip tiene siete años y se da cuenta de que el traje de novia estaba hecho para una figura más redonda, con curvas… Y su reflexión infantil es que la señorita Havisham se debe de estar pudriendo dentro.

 

 

 

 

Pip tiene la obligación de jugar a las cartas con Estella, hija adoptada de la anciana. “¿Crees que le podrás romper el corazón?” le pregunta; y ella —fría, rubia, Galatea— no tiene ninguna duda al respecto. Pip, el pobre, se resiste todo lo que puede, pero la chica está muy bien educada por el paradigma de la melancolía victoriana… Y el niño pronto empieza a avergonzarse de sí mismo y de su entorno….comenzando a incubar grandes esperanzas.

 

Pip y Estella juegan durante tardes y tardes bajo la mirada atenta de la señorita Havisham. “¡Jugad! ¡Jugad!” y cuando el protagonista tiene diecisiete años le pasa una de esas cosas dickensianas tremendas (de buena)…

 

Un misterioso benefactor le pagará una educación en Londres, para que pueda ser un caballero.

 

Pip está convencido de que el dinero es de la señorita Havisham… Y que ésta le quiere convertir en un marido digno para Estella. Entre este anhelo y sus horrorosos sentimientos de culpa trascurren los cientos de páginas que desvelan que no. El dinero se lo ha dado un convicto venido a más a quien Pip ayudó en su infancia. Nadie planeó nunca esta historia de amor tan rocambolesca.

 

La escena final entre Pip y Estella dice así:

 

…Sé tan bueno y considerado conmigo como lo fuiste entonces y dime que somos amigos.

—Somos amigos— dije levantándome e inclinándome sobre ella mientras se ponía en pie.

—Y seguiremos siendo amigos a distancia— dijo Estella.

Cogí su mano en la mía y salimos de aquel desolado lugar. Igual que años atrás cuando abandoné la fragua se levantara la niebla matutina, así se levantaba ahora la niebla de la noche, y en la amplia extensión de apacible luz que me mostraba, no vi la sombra de otra separación.

 

Un final ambiguo que fue aceptado —entre los editores— como un desenlace feliz para una novela de tal éxito. Creo que Dickens los engañó muy hábilmente. Pip no ve “la sombra de otra separación”, pero ¿él que sabe? No tiene ni idea de lo que le depara el futuro (igual que no ha destacado, precisamente, por su perspicacia durante su periplo). Pero el lector, que le ha seguido de la mano durante miles de divagaciones se queda tranquilo (a lo mejor) de que exista la posibilidad de un romance.

 

Lo cierto es que Dickens había escrito otro final que no le permitieron publicar porque habría decepcionado a los miles de seguidores, fieles durante nueve meses a muchos, muchísimos acantilados.

 

…Sé tan bueno y considerado conmigo como lo fuiste entonces y dime que somos amigos.

—Somos amigos— dije levantándome e inclinándome sobre ella mientras se ponía en pie.

—Y seguiremos siendo amigos a distancia— dijo Estella.

Cuando salí de ahí, me alegré mucho de haber llevado a cabo la entrevista; pues su cara, y su voz, y el roce de su mano, me habían garantizado que el sufrimiento había superado con creces las enseñanzas de la señorita Havisham, y le había transformado el corazón de manera que pudiera entender lo que mi corazón había sido.

 

Aquí las grandes esperanzas parece que se convierten en grandes desesperanzas. Pero a mí me gusta más. Los personajes de Dickens son de aquellos que se imaginan sentados en un sillón mirando al vacío. Y hoy, que el oráculo tiene un día de melancolía victoriana, prefiero imaginarme a Pip y a Estella —cada uno por su lado, lánguidos y un poco teatreros— suspirando por los vericuetos del corazón del otro.

 

Que cada lector escoja su final.

 

 

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