FLM 2011. Día 5. De firmas, derivas cósmicas y estrellas decadentes.

Por Recaredo Veredas.

 

 

Nunca he comprendido por qué a los escritores les ilusiona tanto firmar en la Feria. Supongo que es una de esas sensaciones que solo se entienden cuando se viven. Como ser padre o ascender el Annapurna. Y por eso, por pura inexperiencia, no puedo entender el éxtasis que causan cuatro horas de encierro en una caseta de uralita, bajo un sol saharaui, soportando que los viandantes te confundan con Gala o con Elvira Lindo y recibiendo la visita de cuñados, amigos lejanos y desconocidos  que, con los mejores propósitos, solo causan vergüenza propia y ajena. Aunque nunca lo reconozcan en público, a los libreros no les gustan las firmas. Los escritores desconocidos –es decir, un noventa y nueve por ciento – ahuyentan a los compradores, que sienten lógica vergüenza por ignorar quién es ese señor que, tras un cartel que reproduce su rostro y su libro, les mira con rictus de cocker hambriento. Otro asunto es la firma de algunos de los diez –quince como máximo- escritores verdaderamente famosos. Por ejemplo, de Punset. En cuanto Punset entra en una caseta le rodean cuatrocientas personas, cargadas con su libro o, incluso, con sus obras completas.

 

Hoy, martes, hace un tiempo excelente. El calor no nos azota y una suave brisa recorre las casetas. He aprovechado para tomar un café con Marina Sanmartín, creadora del divertidísimo blog La fallera cósmica. La causa del encuentro, además del simple placer de una charla agradable, es el cierre del acto que, de manera conjunta, Culturamas y FNAC estamos preparando. Un evento interactivo que tendrá resonancia en el mundo entero y en las galaxias más próximas. Para contrastar con tan grata presencia también me he cruzado con un par de personas –honorables pero incómodas- a quienes no me apetecía saludar. El regate en un paseo abierto y vacío es difícil, y más cuando uno posee una presencia rotunda, que no puede diluirse en el aire como si fuera una voluta de polen.

 

 

Además he visitado las casetas de varias editoriales, caracterizadas por su buen gusto. Las dos primeras fueron fundadas por Jacobo Fitz James. El conde de Siruela es uno de los escasos aristócratas españoles que hacen honor a la supuesta elevación moral que concede el título.  Yo no creo en esas tonterías pero sí opino que los privilegios, si se aceptan, deben llevarse con dignidad. Jacobo Fitz James creó Siruela en el lejano 1982, tiempo de movidas y mundiales. No le pertenece desde hace años pero su sucesora en el cargo ha mantenido el elevado espíritu de sus inicios y lo ha vinculado con la búsqueda de un público más amplio, próximo al de las grandes diligencias barcelonesas. El catálogo de Atalanta, su segundo proyecto, posee un nítido carácter chamánico- dandy. Su atenta lectura expande la conciencia del lector, le ayuda a contemplar este caótico mundo desde la cima del universo. He estado a punto de comprar Psique y cosmos, de Richard Tarnac, pero el pavor a una crisis existencial me ha echado atrás.

 

El azar me ha conducido hasta la caseta de Gadir. Me encanta su reivindicación del neorrealismo italiano y sus bellos libros de bolsillo, reediciones de Stendhal y Victor Hugo que muestran grabados de catedrales de la Toscana en sus rugosas portadas. En la caseta de Alba he estado a punto de adquirir una pieza que contrastaba con la habitual exquisitez de la casa.  Entre las obras de Edith Wharton y Henry James, editadas con tapa dura e ilustradas con láminas victorianas, brillaba la biografía de un dios destronado: Michael Jackson. Me fascina Jacko y su decadencia, tan gringa, tan marcada por el éxito, el maltrato y la locura. Hablando de decadencia y locura: la feria no es un minúsculo Show de Truman, rebosante de sonrisas y tréboles de cuatro hojas, también la habitan gentes desesperadas, como un joven que, vestido con un traje demasiado ancho, me ha detenido a la altura del puesto de Mapfre y me ha preguntado si vivo en Alcobendas. Le he respondido que no con cierta perplejidad y la sensación, un tanto paranoide, de que me estaba grabando una cámara oculta. La percepción no provenía de la pregunta, cualquiera se equivoca, sino de su insistencia.

 

-¿Seguro que no vives en Alcobendas? ¿No ibas al instituto del barrio?  – preguntaba sin descanso. Acto seguido ha sacado un catálogo de un maletín y, sujetándome por el codo, me ha preguntado si me gusta leer. Por supuesto le he dicho que no y me he largado. Mientras caminaba hacia la salida he sentido pena y vergüenza. Tras las casetas habita un país agonizante.

 

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