Breve apunte cordobés

Por Coradino Vega.

 

Comprar el periódico antes de las nueve, dejar el coche en el Paseo de la Ribera, subir por una callejuela estrecha hasta el café, desayunar demoradamente, con la atención puesta bien en un artículo bien en la voz de alguien, en el rostro de un extranjero, en las conversaciones de los turistas que se disponen a comenzar su jornada de visitas. En la misma calle hay dos bares: en el de allá, la dueña y su camarera son un poco desabridas; en el de acá, las dos resultan amables, casi cariñosas, de una jovialidad familiar que nada tiene que ver con la impostada afectación de la simpatía andaluza. Son afables en su sencillez. Simplemente.

Luego fumo en la única escalinata de la catedral en la que da el sol, tibio aún, a esta hora de la mañana. Atravieso el patio de naranjos de la Mezquita y observo las colas de visitantes que empiezan a formarse como las tiendas de alrededor comienzan a levantar sus puertas metálicas. El cielo es celeste, luminoso, limpio. Las golondrinas y los vencejos vienen revoloteando desde la luz para posarse en la sombra. Todavía no ha arrancado el bullicio sabatino: la gente se despereza como si no se pudiera hablar alto en la calle.

Camino de la biblioteca, vuelvo atrás y paseo hasta poco menos de la mitad del Puente Romano. Hoy es el último día, y el cuerpo y los ojos parecen preferir la luz natural a las barras artificiales de la biblioteca pública en la que he escrito la mayoría de los sábados estos últimos meses. Contemplo el perfil ocre de la ciudad y su contraste con el cielo. Me asomo al río y me quedo embobado con las islas salvajes del lado de la Casa Sacerdotal. Hay torreones arruinados en medio de esas penínsulas pobladas de juncos y eucaliptos. Doscientos metros más allá, la calle San Basilio permanece fresca, húmeda y blanca.

Por un momento tengo la sensación de no estar en una ciudad española, sino en el sur de Italia. Cuántas cosas nos perdemos por no saber estar atentos, por no pararnos a apreciar lo que está muy cerca o vemos todos los días, lo que ha sido desprestigiado por el folclore y las postales oficiales o por la constante sospecha abstracta: esas puertas barnizadas que tanto se parecen a las que tenían las casas de mis abuelos, ese olor a limpieza humilde o a cal recién blanqueada, la humedad de un patio idéntica a la que producía mi padre en verano cuando regaba las plantas y, de camino, mojaba el enlosetado para aliviar el calor de la tarde. Qué poco nos fijamos, qué fácil es olvidar o qué ensimismado está siempre uno.

Ayer, en los cursos preparatorios para el parto, el matrón habló durante dos horas que se me pasaron volando, con una habilidad comunicativa, un oficio y un sentido del humor capaz de vencer al instante el escepticismo más arraigado. Fue como volver a una clase de ciencias naturales o participar sin rubor en una sesión de relajación colectiva. Cuántos prejuicios, cuánta estupidez y cuánta tontería. La tendencia automática a ver en las caras de aquellas parejas indicios de infelicidad disimulada, de autoengaño más o menos consciente, de «alienación» como no se han cansado de repetir los filósofos desde Hegel en adelante. Qué desconfianza y qué infundado sentimiento de superioridad, de desdén y desprecio hacia todo lo que no huela a cultura. La misma impaciencia de quien cree estar perdiendo el tiempo cuando no está cultivando su intelecto. La misma mirada cargada de rencor de quienes se dedican a cuestionar, criticar y juzgar sistemáticamente, al modo francés, desde no se sabe bien qué mérito. Cómo nos ha perjudicado anteponer la cultura a la naturaleza en todo momento. Qué daño pueden hacer las palabras si el receptor es alguien muy sensible o susceptible, una persona aprehensiva necesitada de certezas, tan crédula o fetichista o tan embaucada por deseo propio. Qué de tiempo enmadejados en abstracciones y qué desatentos a lo concreto. Los reformistas eduardianos hicieron cosas mucho más útiles, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el advenimiento de Margaret Thatcher, que veintisiete siglos de filosofía.

Vuelvo caminando cada vez más rápido, porque el sol empieza a calentar y porque quiero ponerme a escribir cuanto antes. El origen de la tarea de escribir, que no es un oficio ni más noble ni más honrado ni dotado de mayor autoridad que el de matrón o camarero, era contar lo que le pasaba a la gente. Y ahora no nos paramos casi nunca a ver lo bien que hacen algunas personas su trabajo, con qué mimo y delicadeza y sabiduría sin ostentación hace alguien lo que le da de comer y, al mismo tiempo, es su modo de vida, de estar más en contacto con la vida, una manera de permanecer a gusto con lo que le rodea sin ninguna teoría. «No hago nada sin alegría», dijo Montaigne. Por eso, nada más entrar en la biblioteca, en lugar de seguir tomando notas del libro de Onfray, me detengo en el estante de revistas y agoto casi toda la mañana leyendo Scherzo, Cuadernos de jazz y Audioclásica. La realidad no es una construcción ideológica, la creación del poder dominante: son esos vencejos cantarines y ese azul del cielo y esa manera que tenía el matrón para quitarle el miedo a una madre primeriza. El libro de Onfray lo deja claro a sensu contrario: qué fácil es odiar y qué difícil sentir que, a pesar de los pesares, el mundo está bien hecho; o sea, cómo depende el discurso del estado psicológico, de la experiencia individual, de quien lo está emitiendo. Althusser acabó en un manicomio después de matar a su esposa. Foucault sufrió hondas depresiones antes de aceptar su homosexualidad. Deleuze terminó arrojándose balcón abajo. ¿Hace falta añadir que todos estos expertos en épater le bourgeois eran básicamente hijos de la burguesía? Tony Judt, en cambio, dictó su último libro desde una cama, inmovilizado, poco antes de morir de esclerosis lateral amiotrófica. Provenía de una modesta familia judía del londinense East End y, gracias a una educación pública de calidad y un eficiente sistema de becas, pudo estudiar en el King’s College de Cambridge y en la École Normale Supérieure de París. Allí conoció de primera mano a los pensadores sesentayochistas que reivindica Onfray con tanto aspaviento. Pronto percibió la comodidad y la altanería desde la que sigue hablando el intelectual francés, consciente de que sus palabras no servirán para subvertir su estado privilegiado. Hoy día, tal y como va el mundo, puede que seduzca más la incontinencia retórica de Onfray, su cansina filosofía del martillo, la verbosidad incongruente y vacua de su imperativo hedonista de inspiración nietzscheana. No en vano, ya lo advirtió Foucault: «El próximo siglo será deleuziano». Sobre todo porque, ahora, el adyacente «de izquierda» puede aplicarse tanto a la reverdecida teoría de l’art pour l’art como a un solipsismo ético alejado de cualquier espacio público. Un discurso que le vendrá como anillo al dedo a quienes han adoptado el viejo rol de enfant terrible que, como sugiere con sutileza José Luis Pardo en La regla del juego, es incapaz de ver más allá de sí mismo y de lo inmediato. La audacia descalificativa de Onfray y su catarata de negaciones es la misma que habita el mensaje de buena parte de los actantes del escenario más joven y cool literario. Por eso es imposible que cale la ironía, contundencia y serenidad argumentativa de Tony Judt. Pues mientras el libro de Onfray seduce por su volatilidad, el del moribundo Judt ofrece lo que sólo puede ofrecer quien no ha olvidado lo que ocurrió en el siglo XX. Es decir, conocimiento de los hechos y esperanza.

Tony Judt: El refugio de la memoria (Taurus, Madrid, 2011). Michel Onfray: Política del rebelde (Anagrama, Barcelona, 2011).

 

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