El poder de la religión en la esfera pública

Por Ignacio G. Barbero

 

A la hora de analizar la vinculación entre dos elementos que parecen chocar entre sí, hemos de evitar caer en una dicotomía excluyente que empobrezca los posibles frutos de su diálogo. Por ello, la relación, tradicionalmente de contraposición, entre lo religioso y lo secular (o esfera pública), tiene que reexaminarse. Ni el primero es meramente privado y puramente irracional, ni el ámbito de lo segundo es el de la franca deliberación racional, pacífica y libre de coacción.

 

Tenemos que abandonar nuestras asumidas concepciones al respecto y entender que se trata de un debate de fronteras: ¿cuál es el territorio de cada una de estas dimensiones de la vida social?¿En qué medida pueden armonizarse? Estas cuestiones, siempre de actualidad, son tratadas en la obra que nos ocupa, cuyo título proviene del seminario que da sentido y contenido al texto. En él intervienen Judith Butler, Jürgen Habermas, Charles Taylor y Cornel West, cuatro teóricos de relevancia internacional que, a través de sus exposiciones particulares y sus posteriores argumentos en los debates presentes en el libro, abordan la temática desde diversos puntos de vista:

 

Jürgen Habermas se enfrenta a la teología política, doctrina que entiende lo político como fuente vinculante y única de toda autoridad. A su juicio, esta concepción es peligrosa, ya que nos hace volver a una etapa anterior a la de la ley, a un tiempo mítico. El sistema político, sin embargo, ha sido sometido a un proceso de desmitificación del poder gracias a la deliberación en la esfera pública, es decir, la sociedad ya no es un todo, precisamente porque sus autorrepresentaciones son diversas, discutidas y discutibles. Hay que utilizar una postura “postsecular”, la cual tiene en cuenta las fuentes religiosas que nos hablan de la solidaridad y el respeto a los demás. Estos principios son fundamentales en la defensa y mantenimiento de lo social. Sin embargo, debemos traducir estas consideraciones a un lenguaje universalmente accesible, secular, y esta es una tarea que implica a todos los ciudadanos, creyentes o no, implicados en el uso público de la razón.

 

Charles Taylor, por su parte, propone una redefinición del secularismo, poniendo en tela de juicio las observaciones de Habermas. Así, considera que las sociedades democráticas están organizadas en torno a una fuerte filosofía de la civilidad, que responde a un “orden moral moderno” que dota de sentido y posibilidad a las prácticas de una sociedad. Esta idea de orden implica una nueva concepción de lo político: las democracias modernas, inherentemente plurales, han de buscar un consenso entre las diferentes visiones que la componen. ¿Qué papel pueden tener los argumentos religiosos en este consenso? Uno muy importante, ya que lo religioso no es un problema para lo secular. Los regímenes “secularistas” no han de concebirse como “baluartes contra la religión”, sino más bien como los que responden de forma razonable a la irreversible y siempre creciente diversidad interna de las sociedades modernas, maximizando las metas básicas de libertad e igualdad entre creencias fundamentales.

 

Judith Butler parte de la idea de que la esfera pública misma es ya fruto de ciertas tradiciones religiosas que han contribuido a establecer una serie de criterios normativos para delimitar lo público respecto de lo privado. Centra esta reflexión en un problema concreto de constante actualidad, el de la tensión entre la religión y la vida pública cuando la crítica pública al Estado de Israel es considerada una muestra de antisemitismo. Razona Butler que criticar abierta y públicamente esa violencia de Estado es una obligación ética en un marco judío, sea religioso o no. A partir de este deber, delinea un “ethos” judío del exilio y la desposesión. Afirma que todo habitar es siempre un cohabitar. Este cohabitar es un valor y algo inevitable, a saber, podemos elegir donde vivir y con quién, pero no podemos elegir con quién cohabitar la tierra. Pretender decidirlo es intentar apoderarse de una condición básica del ser humano y, por tanto, ejercer violencia. Así, es justificada toda crítica al Estado de Israel, ya que no respeta la cohabitación. Ésta es fundamentalmente frágil y vulnerable, por lo que hay que cuidarla trabajando socialmente entre todos.

 

Cornel West expone su tesis desde la perspectiva del poder de la voz religiosa en lo público. Hay que adquirir mejor oído para la religión y todos debemos intentar adentrarnos en la cosmovisión de los otros para entender mejor por qué tienen los principios que tienen. Reclama el reconocimiento de la importancia de la religión en nuestra vida. Ésta es un compendio de nuestros anhelos utópicos y un poder empático e imaginativo que planta cara a los poderes hegemónicos siempre activos, como el capitalismo. Por otro lado, las formas dominantes religiosas, sus instituciones, están adaptadas a la codicia y el fanatismo de esos poderes, que vulneran el amor (especialmente a los más desfavorecidos) y la justicia, principios básicos de lo religioso y actitudes completamente necesarias en la esfera pública.

 

En definitiva, la cuestión religiosa, en su ligazón con lo social, plantea siempre dificultades. Las múltiples interpretaciones que en la obra se dan nos sirven para entender, fundamentalmente, que no es una cuestión fácil y que caben muchas interpretaciones. Por ello, el diálogo que establecemos al leerla deviene en la comprensión de que es posible meditar en torno a esta materia aquilatando los dos lados de la “contienda”,superando los prejuicios hacia cada uno de ellos e, incluso, fundando una posible armonía entre ambos.

 

 


“El poder de la religión en la esfera pública” (Ed. Trotta)

Editado por Eduardo Mendieta y Jonathan Vanantwerpen

Año de edición: 2011

Número de páginas: 152

Precio: 17 €

 

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