Naturaleza, erotismo y muerte en Rumanía

Por Jesús Cano Reyes.

 

Las cuatro estaciones. Ana Blandiana. Periférica (Cáceres, 2011). 219 págs. 19,50€.


Realidad es una palabra sólida y contundente en la vida cotidiana, que se presenta con frecuencia como un obstáculo insalvable que se contrapone a nuestros deseos. “La realidad es bien diferente” o “Darse de bruces con la realidad” son frases que aparecen en nuestro lenguaje para destacar el carácter inflexible y prácticamente tangencial de esta palabra. Sin embargo, cuando se desliza al universo literario, la realidad se vuelve escurridiza, maleable, casi transparente. Lo fantástico surge entonces como un sentimiento (Cortázar), una vacilación (Todorov) o la suerte de polisemia que propone Ana Blandiana y que requiere su espacio propio en alguna de las ramificaciones del árbol del género fantástico: “Lo fantástico no se opone a lo real, es sólo su representación más llena de significados” (p. 55).

Tras la publicación de Proyectos de pasado en 2008, la editorial Periférica recupera ahora Las cuatro estaciones, primer libro de cuentos (vio la luz originariamente en 1977) de la poeta, ensayista y narradora rumana Ana Blandiana, nacida en Timisoara en 1942. Sus cuatro largos relatos representan las cuatro estaciones del año, pero también cuatro paradas en el particular viaje sensorial de la narradora. En unos cuentos sin personajes, la voz narradora es la paseante baudeleriana que ejerce como testigo solitario de los fenómenos asombrosos que se producen en torno a ella, la única capaz de revelarlos. Naturaleza, erotismo y muerte (no como trágico final, sino como reverso fecundo de la vida) se constituyen como un triángulo con constantes relaciones y celebraciones entre sus tres elementos:

 

“Sentía cómo la savia pasaba desde la tierra hacia mí; probablemente mi espalda germinaba como las semillas arrojadas en el surco, y la imaginaba con placer adornada de innumerables hilos sensibles que avanzaban entre terrones para extraer el alimento que luego difundirían con pericia por un cuerpo destinado a crecer y endurecerse. El hecho de que esta comunión con la tierra implicara de alguna forma –por cierto, bastante confusa– también la idea de la muerte, ni me asustaba ni me desagradaba. En la naturaleza la muerte y la vida son tan interdependientes, y sobre todo tan reversibles, que ambas son igualmente voluptuosas y seductoras” (pp. 184-185).

 

De todos modos, conviene no olvidar que hay en literatura pocas cosas tan engañosas como la aparente inocuidad del género fantástico. Tras su hermosa máscara de milagros, hechos insólitos y acontecimientos inexplicables, que parecen incitar a un relajante viaje de la imaginación, se esconden siempre (al menos en el buen fantástico) unos pocos secretos descarnados. Así, tanto el sol destructor de “La ciudad derretida” como la quema de libros de “Recuerdos de infancia”, por ejemplo, han de ser interpretados en clave política:

 

“Yo estaba de parte del sol muerto. El de arriba me resultaba indiferente. No entendía su seguridad. No entendía su deseo de iluminar todo con crueldad, la manera en que arrancaba sin compasión las sombras dulces y misteriosas, dejando las cosas desnudas y sin protección, ridículas y peladas en una luz atroz. Mi heroico sol acuático había muerto porque se había negado a mezclar sus colores para que naciera este blanco impersonal e imperdonable, esta luz sin identidad ni sentimientos” (pp. 121-122).

 

Se reconocen en estas páginas más virtudes que defectos. Destaca por encima de todo la capacidad de Blandiana como constructora de imágenes perdurables: el gato con la mariposa herida entre sus garras (o cómo expresar el dolor de la belleza), la ciudad derritiéndose como una impostura, el túnel de libros en la casa imposible. La poderosa sensualidad del lenguaje, fruto de las relaciones de la autora con la poesía, alcanza momentos de gran hermosura. Aunque la ingenuidad hiperbólica de la mirada de la narradora rebaja en ocasiones la tensión del relato, en su conjunto Las cuatro estaciones de Blandiana proponen un viaje que merece la pena realizar.

 

 

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