“En defensa de causas perdidas”, de Slavoj Žižek

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Por Ignacio G. Barbero

 

 En nuestro tiempo las cosas no pintan bien para las grandes Causas (en mayúscula). Somos hijos del pensamiento débil, fragmentado, disperso, opuesto a todo fundacionalismo y a todo proyecto emancipatorio global en política. Se observa muy bien este hecho en nuestro sentido común, precisa manifestación de la ideología dominante, que nos dice: “Es imposible establecer juicios definitivos sobre hecho o conducta alguna; lo que a mí me parece mal puede no parecértelo a ti. Por tanto, no hay objetivo bueno o malo, depende de cada uno, no hay objetivo digno de lucha”. El único credo es el de la gratificación personal, el de la obtención del bienestar propio y exclusivo. Lo que hay más allá de él es locura, vano idealismo, fe fútil en la utopía. Esta obra defiende ese territorio extraño al que sólo se puede llegar con un “salto”; en palabras del autor: “hay que arriesgarse en dar un salto a la Fe”. Éste lleva a una transformación misma de la noción de verdad: de algo que se dice pasa a ser algo que se es, que se encarna al hablar y actuar. El marxismo y el psicoanálisis serán la base de esta concepción, ya que son dos marcos teóricos que ponen en cuestión lo dado como evidente y activan, por ello,  una lucha liberadora.

 

Las batallas de corte mesiánico han devenido, en nuestra historia, en diversas formas de violencia, represión y totalitarismo. El Estado Soviético es un ejemplo. Sin embargo, considera Zizek que la crítica de esta realidad llevada a cabo por el pensamiento antitotalitario al uso está marcada por un análisis intencionadamente simplista: “Aunque fueron [los estados “idealistas”] una monstruosidad y un fracaso históricos, ésa no es toda la verdad; en cada uno de ellos hubo un momento de redención que el rechazo liberal-democrático echa a perder y que es crucial aislar” (p.13).

 

Para tratar seriamente de comprender ese instante redentor, revolucionario, el autor parte de la idea de que las ideologías en las que se enmarca suponen un proyecto político factible. A partir de ahí, con las hermeneúticas marxista y psicoanálitica en la mano, y teniendo en cuenta principalmente lo que cada movimiento cuenta de sí mismo, se podrá hacer una crítica efectiva de su naturaleza.  Ahora bien, no hay que alarmarse, porque “el auténtico objetivo de la defensa de causas perdidas no es defender el terror estalinista, etc, como tal, sino problematizar la facilona opción liberal-democrática” (p.14). La democracia es, piensa Zizek, el modo de integrar en el edificio de poder la falta de fundamento último a nivel político,social y moral. Es un espacio vacío, indeterminado, carente de ideología, meramente formal. Esto genera“una disolución constante del significado, una eliminación de las identidades fijas”(p.108). La confianza ciega en la democracia implica, según el esquema presentado , la justificación del relativismo y el nihilismo imperantes, que son hijos, por otra parte, del mundo anarcocapitalista que habitamos.

 

Necesita – la democracia- llenarse de contenido antidemocrático que la signifique, que la dote de un principio único estructurador, un Amo, el cual, evidentemente, cambiará completamente lo establecido y fundará un nuevo sistema. Varios movimientos liberadores aplicaron este principio. El filósofo esloveno nos habla fundamentalmente de tres: La Revolución Francesa y la posterior dictadura jacobina, con Robespierre, La Revolución Cultural de Mao y el Estado Soviético. La extensión en el análisis, dando cuenta de la luces y las sombras de cada uno, nos proporciona la suficiente información y amplitud de miras para extraer conclusiones propias sobre la bondad o maldad de estos hechos históricos capitales. Mas la importancia del discurso de Zizek radica en hacer notar el común “momento entusiasta de la revuelta”, que se funda en la chocante pareja virtud-terror (terror humanista). Es Robespierre quien mejor formula esta virulenta y controvertida relación :

 

       – “El terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible, por tanto es una emanación de la virtud (…) Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia; perdonarlos es una  barbaridad” (pp.165-166).

 

       – “Una sensibilidad que se lamenta casi en exclusiva por la suerte de los enemigos de la libertad me parece sospechosa. Basta ya de agitar la sangrienta túnica del tirano ante mí o creeré que quieres  encadenar a Roma” (p.170).

 

Los opresores de la humanidad son, como leemos, los enemigos de la libertad. La violencia terrorífica ejercida sobre ellos es igualitarista y posee en su núcleo una Fe radical en la libertad. Los desmanes posteriores, en su mayoría salvajes, son un hecho inexcusable y denotan el fracaso de estos movimientos de liberación; sin embargo, no deben ocultar ni anular ese instante puro y primitivo de creencia en la salvación del hombre por el hombre.

 

Robespierre, el día antes de ser detenido y ejecutado, defenderá esta Fe de manera bella e inequívoca :“Pero existen, os lo puedo asegurar, almas sensibles y puras; existe esa pasión delicada, imperiosa e irresistible, el tormento y la delicia de los corazones magnánimos; ese horror profundo a la tiranía, ese celo compasivo por los oprimidos, ese amor sagrado a la patria, ese amor aún más sublime y sagrado a la humanidad, sin el que una gran revolución es sólo un crimen ruidoso que destruye otro crimen; existe esa ambición generosa de establecer aquí, en la Tierra, la primera República del mundo” (p.214). Esta feroz y entusiasta utopía es la base de toda revolución emancipatoria;  Zizek, a pesar de las claras decepciones históricas, exigirá un esfuerzo: “Inténtadlo. Fracasad de nuevo. Fracasad mejor”. Un imperativo que resume, en esencia, el espíritu alegre, humanista y paradójico de la obra cuya reseña aquí termino.

 

“En defensa de causas perdidas” (Slavoj Zizek)

Ed. Akal, 2011.

475 pp. 32 €

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