¿A cuánto hierve la venganza?

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Por Laura Muñoz Hermida.

 

La mala espera
Marcelo Luján
Editorial Edaf
Novela
227 páginas
14,00 €

 

Para un madrileño, que la visión de un porteño le muestre la cara B de su ciudad es un matiz que no pasa desapercibido en la primera novela de Marcelo Luján. Nos pasea por la urbe, hace que nos escondamos, que entremos en tugurios y queramos escapar de ellos; hace que sintamos, entre líneas, los impactos en la boca del estómago, fuerte. El autor intercala momentos que migran de una orilla a otra sin que merme la respiración en la lectura y hace que recordemos nuestras caras B: las ocasiones en que surge la duda entre avanzar y subir los peldaños o quedarse abajo, mirando los niveles. Es lo que ocurre con La mala espera: una sucesión de decisiones que tomar y engaños que tragar para sobrevivir.

 

En su inocencia, y a pesar de haber viajado de Buenos Aires a Madrid en un intento de “me lío la manta a la cabeza y me como el mundo”, el Nene descubre que no es dueño de muchas de las decisiones que toma una vez se establece en la capital. Se da cuenta, a base de golpes de todo tipo, que las esquinas que dobla son su destino. La narración en primera persona hace que la trama avance en atajos y recorra la sordidez de las existencias miserables, formando un conglomerado de falsas identidades. La realidad del inmigrante, que tanto ha favorecido (y favorece) a cierta clase social y mental, también la lucha en tierra ajena, hacen que los argentinismos y el más puro argot cañí vayan de la mano en esta primera novela de Marcelo Luján.

 

La chispa surge cuando, en un intento por abandonar su primer contacto con la realidad en “… un cuarto piso sin ascensor en la zona de Usera… “ , donde vivió durante sus primeros meses en Madrid, el Nene se muda a casa de unos compatriotas que lo acogen como a un hijo o, mejor, un niño bien. La facilidad que le ofrece este “matrimonio de libro” a cambio de intimidad toca su orgullo y decide compartir piso con Nicolás. Es con él que comienza a hervir la sospecha, a madurar la desconfianza y crecer la mentira.

 

Nicolás presiona al Nene respecto a los gastos cotidianos que deben compartir. A diario, lo martillea con las facturas que reposan y esperan sobre la mesa. El Nene lleva un tiempo aceptando encargos de la “agencia” a cambio de dinero fácil, pero eso no es algo que quiera compartir con Nicolás, ni siquiera para anular la duda de poder pagar su parte con lo que gana en esos trabajos que le cuenta que hace y sirven de coartada.  Su trabajo real: observar, esperar y seguir observando.
Mientras mira y aguarda, conoce la prostitución encubierta, el narcotráfico y otra serie de situaciones disfrazadas que se visten de diario cuando cae el Sol.

 

La mecha la prende Angie, una compañera de la “agencia”, con una oportunidad en la manga y la provocación en la mirada. Ella le ofrece parte del dinero que conseguirán transportando merca. Acepta, claro que acepta, y regala la  tan necesaria cordura cuando se convive con la corrupción. La tormenta está servida. Capítulo tras capítulo, una narración frenética obliga a seguir de cerca al Nene, a acompañarlo mientras las situaciones y los puños golpean desde abajo. Sesiones de uppercut hacen que el protagonista mire al cielo en el que ya no cree, y uno se da cuenta que la inconsciencia del Nene es su momento más lúcido, más de verdad. Desconfiamos con él, atamos cabos juntos y hacemos preguntas al aire que sólo el pasar de las páginas, nuestras esquinas, desvela.

Marcelo Luján. Foto © D. Palmer

 

Luján consigue llevarnos a la 227, último suspiro de La mala espera, mientras atravesamos escenarios con cicatrices y sensaciones que guardamos hasta el final y sólo reconocemos entonces. Con el último giro, a ritmo de swing (del que se pega y no se baila), llegamos al fondo que, junto al Nene, buscábamos. Pero es el protagonista quien ejerce de anfitrión durante las 76.266 palabras que componen la última novela de Luján. Y hablo de número de palabras, y no de páginas, por eso de seguir con lo minucioso de la prosa que se presiente desde el principio de la trama. La mala espera es una plaga de detalles, sensaciones y recuerdos. La espera, presente a dolor, es la columna vertebral que sostiene la búsqueda de una venganza fraguada durante años y en la que el Nene se ve involucrado.

 

Se publican muchas novelas y el tiempo nunca es suficiente. La mala espera llega a mis manos dos años después de su publicación y tuve la sensación de ir a ralentí. Decidí subir peldaños y no observar niveles. El próximo escalón es Moravia, que estará en la calle el 19 de enero, puntual, sin esperas. Leer a Luján  es asistir, desde las cuerdas del ring, a la desdicha, miseria y drama de la realidad de unos personajes que podrían aparecer al doblar la esquina; Leer a Luján es tragar la sangre de un labio roto, y que te guste.

 

Marcelo Luján nació en Buenos Aires, Argentina, en junio de 1973. A principios de 2001 se radicó en Madrid, donde trabajó como periodista y coordinador de talleres literarios. Ha publicado Flores para Irene (2004), En algún cielo (2007), El desvío (2007), La mala espera (2009), Arder en el invierno (2010) y Moravia (2012), además de una docena de cuentos antológicos de varios países. Parte de su obra ha sido seleccionada en campañas de fomento a la lectura, traducida a otras lenguas y distinguida con los premios Santa Cruz de Tenerife, Ciudad de Alcalá de Narrativa, Kutxa Ciudad de San Sebastián de Cuentos en Castellano y Ciudad de Getafe de Novela Negra. Entre otros galardones obtuvo la Segunda Mención en el Premio Clarín de Novela 2005.  (Extraído de la página oficial del autor: www.marcelolujan.com)

 

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