Cuentos de primera necesidad

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De Joel Franz Rosell.

 

Del poeta y pensador norteamericano Henri David Thoureau nada he leído, pero desde que vi, a los catorce años, “Vivir es mi deseo”, recuerdo la frase que le atribuye un pretencioso amante de la Tía Mame (la maravillosa Rosalind Russell): “We waste our life in superflous details. To simplify, to simplify! (Malgastamos nuestra vida en detalles superfluos. ¡Simplifiquemos, simplifiquemos!”). Recuerdo la frase en inglés, quizás porque yo no llevaba dos años estudiando esa lengua, la primera extranjera que aprendí (mal, por cierto) y retumbó en mi cabeza durante cuatro décadas, hasta participar en la concepción de Don Agapito el apenado (Kalandraka, 2008), uno de mis cuentos preferidos pero también uno de los que más ha sufrido del hecho de que doy a mi obra formas propias de la literatura infantil y, en consecuencia, la publico en ediciones para niños.

 

Desgraciadamente, los niños raramente escogen por sí mismos sus lecturas. Casi siempre son los padres, los abuelos y los maestros quienes les ofrecen, en casa o en el colegio, los libros que leen. Don Agapito el apenado y El pájaro libro son mis cuentos con tema menos supuestamente interesante para los chicos de 7 u 8 años a los que destina Kalandraka su colección 7 leguas, o para los, aún más jóvenes, que intenta satisfacer la serie Blanca de la colección Barco de Vapor, de SM.

 

El pájaro libro no cuenta las aventuras de un pajarito, lo que pudiera parecer más apropiado para los pequeños, sino la lucha de un libro por encontrar los lectores que no vienen a hojearlo a la biblioteca donde vive. Este asunto parecen considerarlo abstracto quienes insisten en achicar a los niños (reacción comprensible aunque no excusable de muchos abuelo(a)s y no pocos papás y mamás) y debe parecer demasiado alejado de los “valores transversales” y temáticas del Programa a aquellos maestros que todavía no han entendido que los libros no son meros instrumentos. En realidad, a El pájaro libro no le va demasiado mal en su edición española, gracias –con mucho- a las genialmente irreverentes ilustraciones de Ajubel (que consiguió con ellas el Premio Nacional de Ilustración en 2003), pero otro es el destino de la edición francesa, cuya ilustradora se contentó con una representación realista que solo en las escenas finales refleja la poesía y vigor de la búsqueda existencial de mi protagonista: un libro que aprende a volar y a habar con tal de hacer vivas y colectivas las historias que lleva dentro.

 

En cambio, Don Agapito el apenado no ha conseguido hasta ahora tantos lectores como yo esperaba y -creo inmodestamente- merece. Es que ese cuento tampoco tiene un tema “apropiado”: es la historia de un jubilado que se mete a “canguro”, a babysitter o, más exactamente, a “painsitter” (cuidador de penas ajenas). Para decirlo con la claridad que pedía Thoreau (él reclamaba sencillez en la vida y no simpleza en la expresión, porque la simplificación de lo complejo, nos explica hoy Edgar Morin, no hace más que complicarnos la vida): Don Agapito dedica sus muchos momentos libres, de jubilado, a alimentar con sus pensamientos y cariño los problemas de vecinos y conciudadanos que están demasiado ocupados por esas cosas secundarias que nos llenan el día-a-día y que nos dejan a todos sin tiempo para lo esencial.

 

Me estoy enrollando y dando la impresión de que “Don Agapito el apenado” es… un rollo. Es que los cuentos no se explican, no “se cuentan”, sino que SE LEEN (o se cuentan con sus exactas palabras; como saben hacer los narradores orales, y no con un resumen desnatado, como el del coleguilla que te cuenta una película que al final decides no ir a ver).

 

Don Agapito el apenado no es un relato abstracto y engorroso, es una historia llena de imágenes (literarias, aunque también tenga las dibujadas, tan inteligentemente, por Federico Fernández) y no carente de humor, donde las penas aparecen como animalejos infelices que solo logran un poco de paz cuando el protagonista los alimenta con pensamientos selectos. Él ha encerrado esas penas, abandonadas por sus propietarios, en la decena de jaulas que había comprado para coleccionar pájaros: “…una para periquitos y otra para un papagayo, una para chorlitos y otra para guacamayos, una para dos mirlos, otra para canarios (…) Pero el día que fue a comprar los pájaros tropezó con una manifestación ecologista y se le quitó la idea de encerrar animalitos”.    

 

Esto lo digo en la segunda página del cuento, y a continuación refiero cómo Don Aga empezó a ocuparse de las penas, preocupaciones, problemas, culpas y hasta prejuicios de sus vecinos: “El problema más visible del señor Réquete Ocupado era que había decidido cerrar una de sus fábricas de helados en la Antártida, lo que dejaría sin trabajo a cuatrocientos pingüinos. Para alguien tan ocupado como él, ésa era una pena pequeña, pero amarilla y lanuda, muy incómoda de llevar, y por eso se la soltó a don Agapito al pasar” (p. 21).

 

Pronto son muchos los que dejan a mi protagonista un asunto propio para que se lo cuide y… “Una tarde don Agapito se detuvo ante la pena del señor Réquete Ocupado: la amarilla y lanuda, instalada en la jaula para canarios. Se puso a pensar en los pingüinos desempleados, que ahora se pasaban el largo día antártico (dura seis meses) recordando los buenos tiempos: cuando su imagen recorría el mundo en los coloridos envoltorios de los helados “Schlup” (así suenan, parece, los lengüetazos que les damos a los helados). Don Agapito y la pena amarilla sufrían juntos por los pobres pingüinos que ya no podían pagarse vacaciones en las playas de la Antártida, tomando el sol a 5 grados bajo cero, sino que debían permanecer en el pueblo, a 40 grados bajo cero, espantándose los copos de nieve que revoloteaban en la ventisca. “Pero como estaba corto de tiempo, don Agapito se puso también a pensar en las penas de las jaulas vecinas: la de la chica que no podía engordar por causa de su trabajo en el bar del centro y la de cierta abuela que adoraba el chocolate, funesto para su hígado… ¡Y acabó mezclándolo todo! La pena de los pingüinos se echó a llorar porque, a causa de los helados que aquellos producían, había ahora chicas que engordaban y abuelas enfermas…(pp. 35-37)”.

 

Fue quizás a esas alturas que resonó en mi cabeza una estrofa del soberbio bolero “La Tarde”, de mi compatriota Sindo Garay:

Las penas que me maltratan,

son tantas que se atropellan

y como de acabarme tratan,

se agolpan unas a otras

y por eso no me matan.

 

Es así que don Aga comprende que su verdadera misión en la vida es una que… que no voy a revelar aquí. Para eso, léase Ud. el cuento, porque es al pie de la letra y no en el resumen, explicación o argumentación que yo pueda hacer, incluso siendo el autor (o ¡precisamente porque soy el autor!), donde se halla la verdadera savia de un texto literario… Puesto que precisamente, lo que yo quería mostrar es que pese a un tema en apariencia abstracto (¿acaso todos los “temas” no son otra cosa que una abstracción -el esqueleto, el ADN- de una historia?), Don Agapito el apenado es un cuento tan “vivito y parlante” como cualquier Caperucita, Patito Feo o “Donde viven los monstruos”… salvando las distancias. 

 

Yo no he querido trasmitir un mensaje (y mucho menos una lección o -¡sálveme Dios!- una moraleja) sino contar una historia que me he creído y no solo creado. Una obra literaria es comparable a un árbol. Nuestro paladar se regala con sus frutos, nuestro olfato se recrea con sus flores, nuestra vista se encanta con la belleza y abundancia de su follaje y nuestras manos comprueban el poderío y refinamiento de su tronco… Pero todo eso , ¿qué sería sin las raíces que se extienden invisibles e irredentas bajo nuestros pies (y los del árbol), sosteniendo y alimentando la formidable estructura que impacta nuestros sentidos?

 

Paradójicamente, del árbol literario muchos ponderan solo las raíces: “Tiene muy buen contenido” asegura un promotor poco inspirado, “¿Qué quiso decir el autor?” pregunta un profesor a sus alumnos, estropeándoles el banquete de lectura que acaban de compartir. Y ni siquiera son tantos los críticos que celebran, con auténtica lucidez, la calidad de la prosa, de la estructura, de los personajes, del juego de intertextualidades…

 

Yo escribo con toda la libertad de mi cabeza en las nubes, pero con los pies irremediablemente anclados en el suelo. Por eso mi historia, sin violación de su autonomía y coherencia ficcional, tiene un peso específico y puede alimentar una reflexión sobre uno de los males de nuestra época: ese aparcar lo esencial para dejarnos esclavizar por lo periférico (que no importa vestirse sino gastar Balenciaga o Sonia Rykel, que no urge comunicarse sino tener el último blackberry, que no cuenta leer sino que sea el best seller de la semana…).

 

Y ese es un problema que compartimos los adultos y los chicos; nadie se llame a engaño.

 

Lo que a mí me inquieta como usuario, como tío, como amante, como ciudadano, como trabajador, como votante, como transeúnte… también me inquieta como narrador, y a mis personajes tampoco les cierra que nos vayamos encerrando en la burbuja deshumanizante de las falsas obligaciones, de las falsas urgencias, del “no dejes para mañana lo que puedas comprar hoy”; pifias que nos han metido en esta crisis de la deuda, en esta crisis de valores, en esta crisis de lectura, en esta crisis de las crisis. Porque de que haberlas… ¡haylas!

 

Pero mis preocupaciones las “olvido” cuando escribo. Entonces lo real, lo importante, son mis personajes, mi trama, mi prosa. Si unos y otras son logrados, ya sabrá el chico o el grande digerir las ideas que puedan estar –¡que sin duda están!- en el tuétano de mi texto.

 

Ya no me acuerdo muy bien porqué me puse a dar esta labia. Así que mejor no os hago perder el tiempo en detalles superfluos. Lo esencial creo que está dicho… Y lo demás, son prosas que pasan.

 

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