Pablo Bujalance: «Escribir consiste, esencialmente, en saber rectificar»

 Por Cristina Consuegra

El escritor y su obra pueden ser considerados reflejo de un tiempo, arma arrojadiza ante aquellos que promueven pensamientos estáticos, espejo en el que los lectores encuentren ecos de la condición humana. Pablo Bujalance ha facturado una novela que tiene mucho de lo escrito, La apnea del hipopótamo, publicada por Ediciones Rubeo, un título de corte ético político en el que Bujalance habla con firmeza, sin esconderse tras las palabras, sobre el fenómeno de la patria, la dicotomía realidad/verdad, la identidad y el miedo al Otro, conjunto orgánico que es articulado a través de la historia de Ada, historia enmarcada en un paisaje donde el nacionalismo establece las pautas de comportamiento, marcando el pulso narrativo y la intensidad de los personajes, personajes, por cierto, que se presentan como uno de los grandes logros de la novela.

Aquellos que se acerquen a La apnea del hipopótamo encontrarán una historia dura y áspera, inteligente y ágil. Además de estas características, este título ofrece una serie de lugares comunes con la realidad. ¿Qué fue antes realidad o ficción?

Me resulta difícil responder a esta pregunta, seguramente porque cada vez me cuesta más distinguir entre ambas. Hay un elemento real de carácter político evidente que nace de mi interés por distintas manifestaciones nacionalistas, desde la que prendió en su momento en el País Vasco hasta la que desató la Guerra de los Balcanes, una de las más crueles de la Historia. He dedicado no poco tiempo a leer a Sabino Arana y mucho de lo que se ha escrito sobre él, así como testimonios de la masacre de la antigua Yugoslavia; no con la intención de escribir una novela, sino, digamos, fascinado por el fenómeno. Es la misma fascinación que siento ahora por el ascenso en Grecia de los neonazis, que, curiosamente, han rechazado la etiqueta de la ‘extrema derecha’ y se han definido a sí mismos como nacionalistas. La tendencia a sentirse parte de algo a través de la exclusión es una cualidad humana que apenas ha evolucionado desde el mismo origen de la especie, y por eso me interesa tanto. Ahora bien, decidí hacer de La apnea del hipopótamo una novela de ficción, es más, muy de ficción, con un tono abiertamente mitológico, porque, precisamente, todos los nacionalismos son, en su raíz, y por definición, mitologías. Mi intención era llegar al corazón de esa exclusión, a sus motivos y a sus mecanismos desde una óptica universal, no particular, aunque fuera mediante la suma de distintas particularidades. Mi mayor satisfacción es que algunas personas que han vivido en carne propia esa exclusión por cuestiones nacionalistas y han leído la novela se han sentido identificadas, así que creo que mi apuesta por la ficción, por ahora, no se ha alejado mucho de sus objetivos.

 La apnea del hipopótamo es una novela contundente, tanto en lo formal como en lo discursivo, un título que enfrenta al lector a las luces y sombras de la condición humana. ¿Qué te ha exigido en comparación con el resto de tu trayectoria?

No creo que mi exigencia haya sido distinta en este caso respecto a cualquier otra cosa que haya podido escribir, ya sea poesía, teatro, novela e incluso periodismo. Lo que pretendo siempre es construir algo que al menos aspire a permanecer en quien lee, a dejar una impronta, y a escribir de la mejor manera posible. Esto último, lo confieso, es para mí lo más difícil. Cuando creo que he dado cincuenta pasos me doy cuenta de que en realidad sólo he avanzado dos y de que sigo teniendo por delante los quinientos que tenía al principio. Pero imagino que la verdadera tragedia consistiría en descubrir que ya no puedo dar ningún paso más. En cuanto a las luces y las sombras, no sufro escribiendo, ni creo que sea necesario. Mi anterior novela, Lázaro en Babilonia, sí ponía en juego cuestiones más personales, pero tampoco entonces tuve la necesidad de fustigarme para llegar más lejos. Al contrario, la sensación de que puedes tocar el fuego sin quemarte es muy reconfortante.

 Uno de los aspectos a destacar es el ramillete de personajes femeninos perfectamente articulado a través de su protagonista, Ada. ¿Cómo te enfrentas a la construcción de los personajes?

Cuando escribo una novela dedico el noventa por ciento del trabajo a la construcción de los personajes. Todo lo demás, el argumento, el ritmo, la arquitectura y los silencios se deducen de esto. No soy nada nihilista: mis personajes toman decisiones. No pueden controlar todo lo que les sucede, pero intervienen. Creo en la importancia de que la vida de uno no la cambie ni la política, ni la cultura, ni el dinero, ni los libros, sino uno mismo, y en la dirección en que uno, a riesgo de equivocarse, elija. Y esa elección es la que va tejiendo la novela. En el caso de La apnea del hipopótamo, la verdad es que me produjo especial satisfacción poder construir una protagonista que es muy mujer. Su feminidad está expresada no sólo a base de coraje, también en lo orgánico, hasta en su genitalidad. Creo que, igual que el nacionalismo político pretende hacer ver que entre las distintas comunidades humanas hay diferencias insalvables cuando no es así, hoy se sigue asumiendo con naturalidad que hombres y mujeres no tienen nada que ver entre sí, cuando es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

 Siguiendo con este asunto, un personaje fascinante por su singularidad, miserabilidad y arquitectura extrema es el de la vieja Sasa. ¿Cómo aparece en tu vida semejante personaje?

Sasa está especialmente inspirada en La Celestina, uno de mis personajes literarios favoritos. Lo que ambas tienen de extremo es una maternidad extirpada, arrancada de cuajo e imposible de recuperar a causa de la edad. Sasa es el único personaje que sabe exactamente lo que ocurre, goza de una clarividencia absoluta, y eso la hace más cruel. El conocimiento de la Historia, llevado a las tripas, convierte a menudo a las personas en seres dañinos. No hay más que ver a algunas viejas viudas y enlutadas de la España rural de hoy día.

 Otro gran logro es el ritmo narrativo que empleas como un elemento más de la atmósfera de la novela, imprimes ritmo para crear un ambiente violento, nocivo, etc., y lo ralentizas cuando buscas asfixiar al lector en un ambiente opresivo. Este empleo, ¿surge de forma espontánea como respuesta natural de la historia o lo tienes perfectamente calculado desde el origen de la novela?

Cuando empiezo a escribir una novela hay pocas cosas que tenga perfectamente calculadas. Pero eso no quiere decir que escriba improvisando, más bien al contrario. Cada vez tengo más definido lo que voy a escribir, a veces palabra por palabra, cuando me siento a hacerlo. Así que tampoco es algo espontáneo: el tono, para bien o para mal, es el que yo buscaba. Mahler concebía sus sinfonías como verdaderos universos, y la novela es más o menos eso; lo que ocurre es que un universo es un conjunto de muchas cosas que a menudo siguen sus propias leyes, y la tarea que uno asume es la de mantener el equilibrio. Algo que he aprendido estos últimos años es que escribir consiste, esencialmente, en saber rectificar. Cualquier idea presuntamente genial puede dejar de serlo después de un café. Así que todo consiste en claudicar lo justo para llegar a terminar la novela, si es que realmente uno quiere terminarla y merece la pena.

 Hablemos ahora de la estructura narrativa de la novela… ¿por qué te inclinas por dividir la historia en dos partes totalmente diferenciadas, casi tratadas como independientes?

Originalmente la novela no estaba dividida en dos partes. La división estaba presente en el argumento, pero no en la estructura física del libro. El editor me sugirió dejar clara al lector la transición de una parte a otra, y fue una idea acertada. La primera parte transcurre en el mundo de la protagonista, en su rutina inmediata, que va fragmentándose poco a poco; en la segunda, el mito termina por hacerse presente y la protagonista lucha por mantener su decisión a lo largo de su huida. Esta escisión es parecida a la que vive Ulises cuando termina el asedio a Troya en La Ilíada y comienza luego a vagar por el Mediterráneo en La Odisea, antes de volver a Ítaca. ¿Qué sentido tiene? Posiblemente ninguno. Pero creo que ambos hemisferios, la batalla en carne propia y la que se proyecta luego en el viaje, se complementan misteriosamente bien.

La apnea del hipopótamo es un título que no esconde los tintes políticos y éticos. Echando un vistazo rápido por las novedades editoriales se puede afirmar que las novelas como la que has manufacturado no abundan. ¿Crees que el papel del escritor intelectual se ha diluido entre otras preocupaciones?

Creo que la figura del escritor intelectual existe y es respetada actualmente en España, pero lo es desde los géneros de no ficción. Cuando alguien quiere exponer un argumento político, por lo general escribe un ensayo, no una novela. En España, al contrario que en otros países de Europa y hasta en América, la industria literaria está plenamente adscrita al ocio cultural: se lee ficción para obtener algo de distracción, o tal vez para aprender algo con una novela histórica, pero no para desarrollar un trabajo intelectual o abordar un problema ético. Se trata de uno de los males que la literatura española arrastra desde la Guerra Civil y que la época posterior a la Transición no sólo no resolvió, sino que agravó. El compromiso político se abraza mucho en la novela desde el revisionismo histórico, pero rara vez desde el presente. Yo defiendo la eficacia de la ficción para reflexionar sobre cualquier coyuntura actual desde su misma entraña, con más alcance, incluso, que el ensayo político, demasiado contaminado aún por las bondades academicistas.

La reflexión en torno al nacionalismo, a la condición humana, el conflicto con el Otro, son elementos argumentales en torno a los cuales pivota la historia que nos planteas, elementos, por otro lado, que persiguen al individuo contemporáneo desde mediados del siglo XX. Cuando uno escribe sobre estos asuntos, ¿escribe para solucionar(se) o para arrojar algo de luz?

Mi postura respecto al nacionalismo es contraria a sus postulados hasta las heces. Y reivindico la necesidad de buscar en el otro a uno mismo. Pero eso no significa que no me haga preguntas. Muy al contrario. En La apnea del hipopótamo puede haber una convicción, pero no hay certezas. Tampoco pretendo ni quiero arrojar luz sobre nada. Sólo planteo interrogantes. Una de las trampas del nihilismo es su tendencia a considerar que la convicción implica sentar cátedra, pero la realidad es otra. Ya Sócrates demostró que se puede dudar de todo sin dejar de apostar.

En la segunda parte de la novela, vuelves una y otra vez a la cuestión de la ceguera como asunto necesario e imprescindible para hallar la verdad, como si para llegar a la realidad verdadera hubiera que negarla, no aceptarla… ¿cuánto hay del periodista que eres en este tema?

En este tema habrá seguro mucho del periodista que soy, pero también del padre, del marido, del hijo, del amigo, del hermano, del melómano… Es cierto que en el oficio del periodismo la verdad es algo sagrado y que a veces resulta difícil identificarla. Casi siempre aparece sopesada, cuestionada, atravesada de intereses. Pero la verdad es un axioma, un contenido categórico, atañe a todo el mundo y todo el mundo es responsable de ella. Por eso, el hecho de que sea tan dada a la corrupción constituye una tragedia, quizá la gran tragedia. Comparto la apreciación que hace Stanislaw Lem en Solaris: tal vez el hombre, por sus limitaciones físicas y mentales, nace incapacitado para conocerlo todo, y todo es la verdad. Pero su naturaleza parece afectada por el instinto de ir siempre un poco más allá. ¿Es posible la felicidad en esa especie de condena? Albert Camus respondió con un “no” rotundo en El mito de Sísifo. Pero quizá tenemos aquí una idea para otra novela…     

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