El peligro de los libros póstumos

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Por María Laura Bech

 

El escritor argentino Roberto Arlt tenía 30 años cuando viajó a Brasil por primera vez. Sus aguafuertes ya eran populares, por ese motivo el diario El Mundo, decide enviarlo como corresponsal por algún tiempo al país limítrofe. La estancia de Arlt en Brasil duró dos meses, podría haberse extendido algún tiempo más, pero su novela Los 7 locos obtiene un tercer premio y él decide regresar a Buenos Aires.

Las aguafuertes Cariocas mantienen la ironía y la perspicacia de sus homónimas porteñas. Seis años después cuando el (tal vez) más porteños de los escritores llegue a Madrid, enviado por el mismo diario y con el mismo fin, sus aguafuertes se volverán compulsivas y sorprendentes. Arlt se maravilla con Madrid y lo plasma en sus textos.

Arlt fue y es incorrecto. Incomodaba a los lectores que, por aquellos años 30, encontraban en él un referente del porteño de ley. Hombre de amigos, de lunfardo, autodidacta, sabelotodo, observador. Su estilo: marcar defectos, errores y otras situaciones mal acaecidas, tenía un tiempo y un lugar. Sin embargo, al editarse este año la recopilación de aquellas aguafuertes que a diario publicó El Mundo una, lectora amante y poco objetiva del autor, descubre que la publicación de estos relatos puede convertir al narrador fallecido en 1942 en el más irreverente de los difuntos.

“Nosotros los porteños decimos “trabajar como negro”. Pero en Buenos Aires los negros no laburan como no sea de ordenanza, que es el trabajo más cómodo que se conoce y que parece exclusivamente inventado para los grones porteños…

El negro brasileño. ¡Este sí que trabaja como negro!…”

“…¿Con quiénes hablan? ¿Tendrán un Tótem que el blanco no puede nunca conocer? ¿Distinguirán en las noches los espectros de sus antepasados? ¿O es que recuerdan los tiempos antiguos cuando, felices como las grandes bestias, vivían libres y desnudos en los bosques, persiguiendo simios y domando serpientes?…”

Publicar las Aguafuertes Cariocas,  73 años después, en plena conciencia de los derechos humanos y las igualdades sociales es injusto. Quien llegue a Roberto Arlt por ellas, y siempre hay una primera vez, lo creará un déspota capaz de discriminar entre razas, credos y clases sociales.

Lector desprevenido, Arlt era ante todo, un escritor. Observador de su contexto, crítico de todo sistema. Parece mentira que siete décadas atrás, no hiciera falta explicar que las licencias literarias son las que permiten la libertad de expresarse sin el temor de ser catalogado de racista y  xenófobo.

Inventar y provocar, fueron los juegos predilectos de Roberto Arlt. Tanto le gustaba inventar, que murió intentando fabricar medias de nylon irrompibles para mujeres.

Lector desprevenido, lea las Aguafuertes Cariocas y descubra un Brasil natural, sin caipiriña, ni empanada de calamar. Un Brasil de negros y no de mulatos, un país que tenía apenas 42 años sin esclavitud y en donde las razas aún no se mezclaban.

Descubra un Arlt fuera de Buenos Aires, por primera vez. Que luego llegarán las Aguafuertes Madrileñas y entonces, aparecerá otro Arlt.

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