Sumario reaccionario de la identidad española

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Por VÍCTOR MORA GASPAR

La campaña de Campofrío propone un supuesto en el que los españoles, ya cansados de escuchar que estamos a la cola en todas las listas de países, tenemos la opción de “hacernos extranjeros”. 

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La ficción, también la publicitaria, nos plantea un estilo de vida y trata de convencernos de que es el mejor. El anuncio muestra a través de breves intervenciones de cómicos, actores y cantantes famosos españoles, que la ciudadanía se queda con sus valores nacionales por muy atrás que esté en esas “colas” (que se refieren de soslayo a temas como la economía o la educación).

Esos valores por los que los españoles deciden “no hacerse extranjeros” son un compendio repulsivo de lugares comunes sin fundamento, como el sentido del humor, el abrazarnos o el estar todos juntos. Transcribo una frase literal: “Esa manera nuestra de ser y sentir a la que no puedes renunciar”.

El ser y el sentir tienen tanta carga poética como nulo contenido lingüístico, y la cuestión de los hechos que azotan de verdad a la sociedad española brilla por su ausencia en esta propaganda. Una vez más los únicos argumentos para convencernos de que nuestro estilo de vida es el mejor son la capacidad de reírnos de los problemas, de nosotros mismos, y juntarnos en los bares hasta altas horas de la madrugada.

Dirigido por Icíar Bollaín, este canto al conformismo bondadoso, que apesta por todos lados a nacionalismo vacuo, propone en subterfugio esquemas retrógrados y peligrosos.

No sólo estamos ante una estructura que nos insta a querer quedarnos como estamos, sino que levanta el muro de las fronteras nacionales señalando al extranjero como peor.

Ahora me pregunto también dónde quedan los extranjeros que viven en España, porque parece que no son parte de la sociedad. También me pregunto la calidad moral de aquellos que han participado, propuesto y llevado a cabo esta publicidad.

Se ha cruzado la línea de la condescendencia y tratan a los consumidores directamente como idiotas.

Lo único que podemos hacer al respecto (como por suerte se está haciendo desde las redes sociales), es rechazar el mensaje; utilizar la palabra y los medios de los que dispongamos para mostrar el desacuerdo mientras podamos hacerlo.

Yo rechazo abiertamente que, invitándonos a que nos riamos de nosotros mismos, se rían de nosotros y de nuestros problemas diarios. Rechazo abiertamente señalar a otro para sentirme mejor. Rechazo abiertamente que esos valores sean españoles: no me identifico, no me representa.

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