Nymphomaniac Parte 2 (Lars von Trier, 2013)

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por Jordi Campeny

 

 

Y quitó el freno de mano. Lo que en su primera parte parecía casi un ejercicio de contención, enjundioso y provocador -obviamente- pero sin llegar a desbocarse, en su segundo volumen, Nymphomaniac pone toda la carne en el asador; Joe (Stacy Martin / Charlotte Gainsbourgh) desciende a ritmo polifónico -bello, complejo, antiguo- a los bajos fondos de sí misma. Von Trier eleva la batalla dialéctica de sus protagonistas (Gainsbourgh y Skarsgaard) a cotas raramente contempladas -disfrutadas, padecidas- con anterioridad; la dureza de algunos tramos del camino llega a ser despiadada; el sexo, más explícito; la autoparodia, más evidente; las reacciones suscitadas, como no podía ser de otra forma, más dispares que nunca.

Resultado: para unos, Nymphomaniac no deja de ser un autocomplaciente y despreciable ejercicio de psicoanálisis con la única finalidad de exorcizar los fantasmas de su creador; para otros (entre los que uno se incluye sin dudarlo), nos hallamos ante una obra mayúscula, maestra, difícil, desconcertante, intelectualoide -sí-, honda y reflexiva -también-, que, si bien no ofrece satisfacción inmediata (uno no puede no salir aturullado de su proyección), su genio y grandeza van colándose por entre las rendijas de nuestra ignorancia e, indudablemente, acabamos con la sensación de haber aprendido algo, intangible y oscuro, pero esencial.

 

Nymphomaniac volumen 2 juega sus mejores bazas en su primer tramo (de la misma manera que el primer volumen las jugaba en el último), teniendo así justo enmedio lo mejor, los tramos más elaborados y memorables, de su totalidad. Y es que cuando Lars da rienda suelta a su enfermiza y apabullante brillantez, a su discurso más espinoso y provocador -olvidándose levemente de la narración de sucesos- logra atravesar los edificios de nuestras endebles e hipócritas certezas; y los resquebraja. ¿Somos mejores o moralmente superiores de aquellos que se rigen por unas pautas de comportamiento distintas a las nuestras? ¿Acaso nuestra escala de valores no tiene sus cimientos en los dogmas de una cultura cristiana y punitiva, estrecha e inamovible? Los que se creen ajenos a los infiernos interiores -sexuales o no- ¿se atreven a juzgar o aconsejar a los que sí viven acechados por fantasmas? ¿Queda todavía algún ingenuo que no se crea un árbol torcido en medio de una lacerante nada?

NYMPHO 2.B.

 

Son varios los interrogantes que quedan flotando tras el visionado de Nymphomaniac (recordemos que en el montaje final para los circuitos comerciales se dejó fuera una hora y media de metraje). De más está repetir que, obviamente, no obtenemos respuestas en la película; se le podrán reprochar muchas cosas al loco danés, pero no el adoctrinamiento. Las incomodísimas y brillantes disquisiciones de la pareja protagonista acerca, por ejemplo, del tema de la pedofilia, son sólo un ejemplo del nivel -altísimo- del discurso que nos ofrece Von Trier. Cómo no, el director sigue situando al espectador en los límites y márgenes de sus cánones morales. Y los ensancha. Resulta, claro está, muy incómodo, y estamos muy poco predispuestos a que nadie se atreva a cuestionarlos. Y muchos optan por mirar hacia otro lado. O huir. Y repudiarle.

 

Este segundo volumen cuenta con tres capítulos (como hemos apuntado, el mejor, el primero). Son varias y constantes las referencias musicales, históricas, cristianas. Y eruditas. Von Trier resulta cínico y pretendidamente blasfemo (emparenta el viacrucis de Jesucristo con el de la ninfómana Joe; las humillaciones, el sacrificio, los latigazos) y dispara sin piedad contra el rancio y pestilente territorio de la corrección política. A ratos es hard; otros, soft. Y deliciosamente irregular. Poético.

 

Y entre sexo moderadamente explícito, brutales secuencias de sadomasoquismo y sumisión (crudas y salvajes) y continuas autorreferencias -si uno no lo amara, se sentiría tentado de mandarlo a su pueblo- a su filmografía (la más evidente, a Anticristo (2009) -la secuencia del niño Marcel, desatendido, en la terraza frente a la nieve y al abismo con las notas delicadas y envolventes del Lascia ch’io pianga de Haendel-, pero también a Rompiendo las olas (1996) -las demandas de un marido para que su mujer practique sexo con otros-, a Dogville (2003) -la irrealidad y teatralidad de los escenarios que abren y cierran Nymphomaniac; los circunloquios acerca de la sociedad y su hipocresía-, a Melancolía (2011) -su particular Ofelia tumbada en un escenario expresionista-, a Manderlay (2005) -los lacerantes castigos físicos sobre los cuerpos desnudos-, a Los idiotas (1998) -personajes radicalmente situados en los márgenes de la sociedad; un fino halo autoparódico- etc.), el director nos conduce hacia un final pretendidamente incoherente, una boutade en toda regla.

 

Y Lars Von Trier sale victorioso del polvo de este gran edificio que ha acabado derribando. Nos ha removido a su antojo y ha zarandeado nuestras apolilladas conciencias. Nos ha ofrecido una pieza innegociablemente relevante, a pesar de su irregularidad (un metraje tan quilométrico no puede hallarse perpetuamente en la cumbre) y del rechazo de muchos al enfrentarse a ella (uno no ve Nymphomaniac; se enfrenta a ella). Como ya se ha dicho y escrito muchas veces, sólo situándose en primera línea de fuego uno puede rozar la excelencia, la trascendencia. Nadie podrá discutir que es precisamente en este fino territorio suicida donde sitúa el danés sus ficciones, y por donde se mueve Nymphomaniac.

 

Concluyendo: Von Trier nos ha hecho un maravilloso corte de mangas. Y ha seguido a lo suyo. Ha dejado para la posteridad una gran piedra en nuestros viejos zapatos. Que hiere levemente al caminar.

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