Gentes de Santa María: “JUNTACADÁVERES”, de Juan Carlos Onetti

Croquis de la ciudad de Santa María realizado por Juan Carlos Onetti.

Croquis de la ciudad de Santa María realizado por Juan Carlos Onetti.

Por Ignacio González Orozco

Allá por 1930, el uruguayo Juan Carlos Onetti (1900-1984) desembarcó en la que era una de las ciudades más atractivas del mundo a efectos literarios, la Buenos Aires “capital de un Imperio que nunca existió” en palabras de Jorge Luis Borges, por entonces uno de los habitantes más ilustres de su Parnaso, donde también moraban Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga (uruguayo también), Oliverio Girondo, Raúl González Tuñón y Roberto Artl, entre otros muchos. Una ciudad de cafés bohemios (Los Pinos, Domínguez, Iglesias, Japonés, Guaraní, Apolo…) y revistas vanguardistas (Martín Fierro, Prisma, Proa, Claridad, Inicial), pero también la urbe popular iluminada por la estrella de Carlos Gardel; la metrópolis portuaria y febrilmente activa de la mano de obra inmigrante, con sus bajos fondos repletos de modestos boliches por donde merodeaban los “compadritos muertos” con “su puta y su cuchillo” (de nuevo en palabras de Borges). Buen ambiente para un aspirante a narrador que se sintió dolorosamente embelesado por los conflictos psicológicos nacidos al calor de los ambientes urbanos, en un momento histórico en que el crecimiento económico, tan raudo, iba dejando el camino de la prosperidad jalonado por los mojones de los perdedores.

En esta empresa literaria, Faulkner, Céline y Arlt oficiaron como guías de Onetti, cuyas obsesiones tuvieron su primera muestra impresa en la novela El pozo (1939), donde puede leerse una frase determinante para el curso posterior de su narrativa: “Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender”.

Para ambientar estas preocupaciones, Onetti creó su propio escenario de ficción, la ciudad de Santa María, inexistente en los mapas pero de inequívoca atmósfera rioplatense. Allí transcurren las andanzas de Junta Larsen, protagonista de El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), precuela de la anterior. Y si el autor charrúa nunca fue de lectura amable, la novela que motiva estas líneas, Juntacadáveres, se acoge sin excepción a la regla, porque al tono descarnado de su escritura se suman el mensaje pesimista, común al mundo onettiano, y ciertas exigencias de atención e interpretación, por tratarse de un texto de estructura compleja, intenso en sus escenas y hondo en sus personajes. La novela cuenta con dos narradores: uno oficia en tercera persona y habla de lo ya ocurrido, el otro usa la primera para referirse a lo que está viendo pasar, y se dan voz alternativamente, siempre en turnos de tempos largos, repujados de cuadros descriptivos minuciosos y de reflexiones que exigen la atención despierta del lector. En suma, un ejercicio insinuante para letraheridos.

El argumento se despliega en tres frentes: Junta no reúne muertos sino putas viejas en una casa a las afueras de la muy tradicional y católica Santa María, definida en un pasaje de la obra como “normal y astuta”; Julia, trastornada por la muerte prematura de su marido Federico, proyecta su vacío de amores, pero también su deseo carnal, en el hermano menor del difunto, Juan, un jovenzuelo incapaz de entender la situación sobrevenida; y Marcos, el idealista, empuja un proyecto de falansterio que a la postre quedará frustrado, como la permanencia del burdel o los amoríos de Julia, abocada al suicidio. Tres fracasos que no se deben a la fatalidad, sino al ambiente deletéreo en que los protagonistas malviven anímicamente. Para Onetti, nada está escrito en las estrellas; todo se cuece lentamente, hasta su consunción, con el fuego sofocante de unas normas sociales opresivas.

Las putas arrinconadas, Junta el emprendedor, Juan y sus amoríos ocultos, por no hablar de la alucinada Julia… Juntacadáveres es una historia colectiva de la soledad, porque sus personajes quedan al margen de la normalidad socialmente establecida y viven su otra y más genuina existencia, la de los anhelos y las pasiones, bajo la censura de una circunspección sin duda impuesta, pero también aceptada con fatalismo, que suele ser buena excusa para disimular la pereza o la cobardía “que nos hacen indignos de la libertad”, como piensa el doctor Díaz Grey. Y añade el galeno: “El hombre es disipación, postuló, y el miedo a la disipación.”

La mecánica íntima de los sentimientos es una de las claves temáticas de Juntacadáveres. Así, Onetti presenta una visión animal del amor. Si Hegel comparó la síntesis entre opuestos con la digestión, que hace propio lo recibido desde el exterior, no parece muy diferente el juicio del charrúa, para quien carece el sentimiento erótico de otro fin que no sea “imponerse a los demás, abolirlos, ser en ellos y obligarlos a ser en nosotros.” Cuando no hay vínculo de sangre, el amor sin pretensión de apropiación solo es temor a la flaqueza de las propias fuerzas o la parvedad de las propias dotes; síntoma de un desencuentro profundo con uno mismo, en suma.

Con el amor suele relacionarse el matrimonio, pero Onetti también lo emparenta con la cobardía: “todas las parejas humanas, todas las amistades están motivadas por el miedo”. Miedo a la soledad, miedo a la escasez en la provisión de sexo. Pero el sexo tampoco garantiza la perdurabilidad del vínculo, porque su deseo es una imagen huidiza, como el escalofrío que nos turba de repente, cuando la brisa ataca por sorpresa nuestro cuerpo sudado; así de brusco, fugaz y frustrante, “corta furia anónima” además de mezquina, por emparentarnos con “cualquier vaca, cualquier paloma, cualquier perro”. Y cuando falta, ¿en qué pilar reposa la unión? No es Onetti el primero en pensar ni sugerir que las grandes bazas del matrimonio se custodian en la costumbre y la memoria, las cuales, de poder cuantificarse, serían por lo menos dos terceras partes de la actividad mental del ser humano. Por eso suele costar tanto poner fin a un matrimonio: abandonarlo es como matar nuestros recuerdos y experiencias (es decir, matarnos a nosotros mismos).

Tan fuerte como el amor es el odio, o así lo cree nuestro autor, sobre todo cuando se siente como una pulsión, impulso sin prenda, rabia en estado puro que enfurece y desconcierta a Junta por “no encontrar, mediodía tras mediodía, un objetivo concreto”. Y es que, a menudo, el odio es un sentimiento interno en su génesis; no debido a una acción o presencia exterior, sino fruto tan solo de una insatisfacción íntima que proyecta su dolor, a modo de animadversión, sobre algo o alguien que eventualmente haya contrariado al emisor. Entonces, odiar es síntoma de huida e/o ignorancia –a menudo dolosa– de nuestro desapacible clima interno, y si no podemos enfocar ese desencanto en alguna concreción exterior, nos martiriza por dentro como la presión del gas sobre las paredes de una olla sin espita.

Ante tanta desolación, la creación literaria puede ser una vía de escape, o mejor aún, de perfeccionamiento personal, seguramente para mantener viva la convicción íntima –y tramposa– de no participar de tanta ruindad; no por ”el ansia de gloria”, sino con “ganas de afirmarme, de crecer, de tomarme en serio”. Puro pretexto cuando no se pretende romper con el medio opresor, sino encaramarse a su cresta mediante la atención ajena; aunque no sea por presunción, sino como remedio –o, por lo menos, bálsamo– de la propia debilidad de espíritu. Se cae así en una forma enfermiza del deseo de trascendencia que sin duda mora en todo escritor, pero es de humanos buscar escapatorias al dolor, y como bien indica Onetti, quien tal hace ”no está loco; se abandona a su porcentaje de estupidez con más furia que los demás”.

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Una respuesta a Gentes de Santa María: “JUNTACADÁVERES”, de Juan Carlos Onetti

  1. Grata evocación de un Imperio que nunca existió, porque ya estaba el Imperio yankee, e interesante comentario sobre el amor en una de las novelas que más me han sugerido. Buen artículo.

    Juan Ruggeri
    11 junio 2014 at 19:55 pm

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