José Ángel Valente

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CRUZO UN DESIERTO

Por Bruno Marcos

 

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José Ángel Valente

Antología poética

Selección y Prólogo de Tomás Sánchez Santiago

Alianza Editorial, 2014

294 págs.

 

Pasados ya 14 años de la muerte del poeta José Ángel Valente su poesía no para de elevarse y encontrar un sitio cada vez más alto. Parece que la distancia de él acortase la lejanía a su poesía y que esta se volviese así cada vez más clara y luminosa. Extintas las llamas de aquellas luchas paródicas entre las poéticas de la experiencia y las otras por hacerse con el exiguo foco que la sociedad le concedía a la poesía toda y vueltos, unos y otros, a las catacumbas lo auténtico es lo único que brilla.

Es esta una antología urdida no por un experto en taxonomías de los que dejan a los poetas como a un animal disecado sino por un poeta también, Tomás Sánchez Santiago, cuya fina sensibilidad ha sabido no sólo agrupar lo más bello de la poesía valentiana sino implementarla del discurso hondo que emana toda ella.

Se fija Sánchez Santiago en una declaración que el poeta hizo en 1999 en la que aseguraba que toda su obra estaba ya contenida como un núcleo germinal en los dos primeros versos del primer poema de su primer libro. Son aquellos iniciales de A modo de esperanza que dicen: «Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre».

Efectivamente aquel poema de 1954 se presenta, a la postre, como epítome perfecto de la obra de Valente. Un poema que se levanta con los pies puestos en el Quevedo más existencial, conmovedor y vital, el del soneto aquel que termina: “serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”. Valente lo reescribe, lo vive, lo confirma y lo continua. Existir es para Valente, ya desde joven, cruzar un desierto lleno de secretos sin nombre en el que, después de tanto y tanto, no hay ningún pensamiento capaz contra la muerte y en el que, sin embargo, no estamos solos.

Pese a esa voluntad apartadiza Valente no es un pesimista como sería de esperar en quien se va de la manada sino, más bien, alguien que huye de la retórica porque ansía lo esencial aunque eso implique acabar casi desnudo y bastante solo. Incluso cuando su tema es el fin y la propia muerte no se deja llevar por la angustia sino que se muestra dueño de una ingente cultura de la vida. Escribe: «Arde lo que ha ardido. / No se consume la encendida llama / porque nadar aún sabe el agua fría.» Otra vez Quevedo. En este libro se ve cómo el poeta supera toda esa literatura que tan solo llega a ser un documento de que el hombre es desgraciado para equiparar sombra y luz en la intensidad de la existencia.

De alguna forma Valente viene a darse la razón a sí mismo en lo que concierne al alejamiento del poeta ya que, en su caso al menos, este ha sido fructífero. Caminó muy solo y enfadado con sus contemporáneos y prefirió a Unamuno, Cernuda, San Juan de la Cruz, o Miguel de Molinos más que a los de su generación. Seguramente se dio cuenta muy pronto de que la poesía se alimenta de frutos que nacen por la senda por donde casi nadie pasa.

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