Reivindicación del vicioso: “LA PRIMA BETTE”, de Honoré de Balzac

La prima Bette, dibujo de Charles Huard para una edición de la novela homónima de Balzac.

La prima Bette, dibujo de Charles Huard para una edición de la novela homónima de Balzac.

Por Ignacio González Orozco.

Historia aleccionadora surgida de una capacidad de observación prodigiosa; sazonada con las especias de la propia inventiva y obediente al gusto insaciable por el detalle. Tal podría ser el comentario general a La prima Bette, novela que Honoré de Balzac (1799-1850) publicó en 1848, en el marco de una de las grandes sagas literarias de todos los tiempos, La comedia humana (un majestuoso plan de 137 obras, de las cuales solo pudo concluir 87, a pesar de su casi mítica capacidad de trabajo). Con esta colección de libros, el autor quería legar a la posteridad un retrato fiel de la sociedad francesa entre la caída de Napoleón Bonaparte (1814) y la revolución liberal de 1830.

Acerca del argumento de La prima Bette, baste saber que la aludida, solterona alsaciana y pariente pobre de un alto funcionario del Estado, el barón Hector Hulot, se sirve de la bella Valérie Marneff –esposa de un funcionario de baja categoría– para arruinar la vida del crapuloso caballero, solo por envidia hacia su esposa, la cándida y resignada prima Adeline. Hulot picará como un pececillo incauto en el anzuelo que le tiende Bette; echará a pique toda su fortuna y prestigio, y a la postre, ganado ya el oprobio público, habrá de ver cómo su amada lo abandona por un hombre más rico, el comerciante Crevel… a quien también ha puesto Bette en relación con Valérie. Los entuertos que jalonan la historia provocarán un cambio final de las posiciones sociales originales: los Hulot se arruinan mientras la prima Bette asciende en peculio y estatus.

Esta novela recrea con humor cruel, pero no exento de empatía y desolación, un magnífico cuadro de las relaciones y los sentimientos de toda laya que pueden darse en el seno de cualquier familia. Ahora bien, los protagonistas principales son en su mayoría burgueses acomodados, estos cargados de vicios, aquellos de candidez, pero todos vitalmente marcados por el dinero, que si en unos genera codicia, en otros tan solo representa la simple necesidad de decoro. Basta leer que “Antaño el dinero no lo era todo y había cosas superiores a él; había la nobleza, el talento, los servicios prestados al Estado; pero hoy la ley lo convierte en peldaño general, en base de la capacidad política”; por eso, como dice el opulento Clevel, “Yo soy de mi tiempo y honro al dinero.” Citas que no solo denuncian la falta de moralidad de la sociedad de su tiempo (y del presente, cómo no), sino la constatación de que la tiranía ejercida por derecho de sangre o de estamento, propia del Antiguo Régimen, había dado lugar a otra nueva, burguesa, donde el vil metal marcaba la calidad de los sujetos y era garantía de supervivencia no solo en el ámbito material, sino también en el orden jurídico.

La pintura de almas –Balzac refleja con maestría los pensamientos de sus personajes– pone los cimientos para una crítica punzante de usos, costumbres y valores sociales. Al respecto cabe decir que el autor va a contracorriente del discurso oficial de la moral tradicional, intransigente en su tiempo. Por ello muestra indulgencia cuando escribe que el barón, “como todas las gentes viciosas, es muy amable y realmente un buen muchacho”. Transmite el crápula a su prójimo una simpatía que sin duda irradia de la felicidad reportada por el vicio. Además, la conciencia de su falta inspira al pecador una noble virtud, la magnanimidad: ”El moralista no sería capaz de negar que, generalmente, las personas bien educadas y muy viciosas son mucho más amables que las gentes virtuosas; teniendo crímenes que purgar, solicitan por previsión la indulgencia mostrándose benévolos con los defectos de sus jueces, y pasan por ser excelentes.”

El vicio, prosigue el autor, está ligado a la naturaleza humana a modo de “impetuosidad natural”. Como la sociabilidad (recuérdese aquel impulso congénito, la sympathy de los filósofos de la escuela escocesa del siglo XVIII), también es hijo del sentimiento. Si lo asumimos así, la comprensión de esta realidad nos mueve a la indulgencia. Sin embargo, la transigencia y su secuela, una distante tolerancia hacia el vicioso, no impide una consideración ulterior que bebe por igual de los manantiales de la moral y de la utilidad. Balzac manifiesta convicciones antiroussonianas al afirmar que la única manera de domar ese impulso basal radica en “el conocimiento de las leyes y del mundo. Quizás consiste en esto la diferencia que separa al hombre natural del hombre civilizado. El salvaje no tiene más que sentimientos; el hombre civilizado tiene sentimiento e ideas”. Por ello, el protagonista tuvo que dejar “el servicio del Estado cuando se convenció de que ya no era un hombre, sino un temperamento”. Es decir, que el raciocinio y la templanza –esta, garante y sostén del anterior– son las grandes virtudes del hombre, y en especial del hombre público.

(¿Se entiende aquí por “ley” la disposición sabia surgida del desarrollo del conocimiento racional o un ordenamiento concreto, propio de ciertas culturas? Habría de aclararse este punto, porque los salvajes también tienen ley; de hecho, no existe comunidad humana en la que los individuos actúen guiados por libres sentimientos, y cuando así ocurre se desemboca en el caos y la disgregación.)

Otra de las caras de ese poliedro anímico que es el vicio, tal como Balzac lo describe, consiste en su condición de reciclable, si se me permite la licencia de expresarlo así, con un término tan actual. Y en esta virtualidad adaptativa reside una de sus posibilidades de redención, debido al efecto positivo que surte sobre una de las instituciones más reputadas de nuestra sociedad (al menos, de la sociedad de tiempos de Balzac): el matrimonio. Gracias a la imaginación, el vicioso puede convertir a la esposa en amante; de hecho, ”es una inmensa prueba de inferioridad en un hombre el no saber hacer de su mujer su querida. La variedad en este género es un signo de impotencia. (…) ¡La mujer propia debe encarnar a todas las mujeres, como los poetas pobres del siglo XVII hacían de sus Manons, Iris y Cloes!”.

Lástima que la moral impida este juego de fusión –y grata confusión– entre sentimiento y deseo, porque “el amor, ese inmenso desarreglo de la razón, ese viril y severo placer de las almas grandes, y el placer, esa vulgaridad que se compra y se vende en la plaza, son dos fases diferentes de un mismo hecho”. La escisión que la moral impone obtiene el resultado menos apetecido por su interdicción: la deriva del marido fuera del hogar. ¿Cuántos matrimonios se han salvado en el tálamo? Seguramente tanto como se han perdido entre sus sábanas.

En suma, Balzac hace un llamamiento a la tolerancia ante las gentes de su tiempo. Viene a decirles: la responsabilidad personal de los actos individuales solo queda bajo la jurisdicción de las leyes cuando afecta a personas que ninguna relación quieren mantener con tales acciones; dejen al vicioso que se consuma en su pecado sin aumentar los dolores que la propia falta conlleva, como peaje físico y metafísico; cultiven los virtuosos las bondades, porque estas los justifican ante sí mismos (y también ante la sociedad, dado el caso), gracia que resulta inaccesible mediante la desolladura del proceder ajeno; recuerden, en suma, que es preferible “un despilfarrador apasionado como tú por las mujeres, que no esos fríos banqueros sin alma que se creen virtuosos y que arruinan a millares de familias con sus rieles, que son de oro para ellos y de hierro para los tontos”.

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *