Las inesperadas cartas de amor de Franz Kafka

El amor es indisociable del lenguaje. Posiblemente, así como el lenguaje nos constituye como seres humanos, así también, en parte, ofrece la estructura sobre la cual se construye el amor. Quizá por eso no es casual, por ejemplo, la invención la poesía amorosa, o el hecho de que personas con inclinaciones por la escritura y la literatura hayan sido también grandes amantes.

El caso más atípico en ese club imaginario de escritores volcados a las artes amatorias es Franz Kafka. En general, la idea que tenemos del checo es la de un hombre atormentado, enfermizo, débil, poco voluntarioso, cualidades todas que van en contra del arquetipo del amante. Incluso se perfila como una especie de némesis de, por ejemplo, el legendario Giacomo Casanova, pues ni siquiera demuestra un interés por el sexo y aquello que lo rodea.

Con todo, existen al menos dos testimonios que dan cuenta de sus incursiones en dicho ámbito, ambos reunidos en forma epistolar y sellados por los nombres de las mujeres a quienes Kafka tributó correspondencia: las Cartas a Milena y las Cartas a Felice.

Milena Jesenská fue una escritora y periodista con quien Kafka comenzó a intercambiar cartas en 1919, a raíz de que ella quiso traducir el cuento “El fogonero” al checo. Durante casi 1 año, Kafka se volcó hacia Milena con pasión aunque también con sufrimiento, pues sus declaraciones de amor casi siempre estaban acompañadas por una suerte de petición de auxilio frente a todos los tormentos que lo aquejaban.

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El día es tan corto. Transcurre y termina con usted y fuera de usted solo hay unas pocas nimiedades. Apenas me queda un rato para escribirle a la verdadera Milena, porque la Milena más verdadera aún ha estado aquí todo el día, en la habitación, en el balcón, en las nubes.

Milena, sin embargo, estaba casada, y a pesar del peculiar ardor de Kafka, nunca consintió a dejar a su marido para embarcarse en una aventura con el escritor. De hecho, durante ese año de correspondencia, se encontraron en persona únicamente un par de ocasiones, una en Viena, en donde pasaron 4 días juntos, y después en Gmünd, donde convivieron solo 1 día.

Tienes razón en formularme reproches, en nombre del miedo, por mi conducta en Viena; pero es que el miedo es realmente peculiar, desconozco sus leyes internas, solo conozco su mano en mi garganta y eso es realmente lo más terrible que he vivido jamás y que jamás viviré. […]

De modo que esa era la tormenta que amenazaba continuamente en el bosque. Y, sin embargo, nos fue bien. Continuemos viviendo bajo su amenaza, ya que no puede ser de otro modo.

Con todo, las cartas a Milena se consideran un tanto menores a las que Kafka dirigió a Felice Bauer, la única mujer con quien el checo estuvo a punto de casarse hasta en dos ocasiones. Cronológicamente, la relación con Felice es anterior y también más duradera, pues comenzó en 1922 y terminó en 1927.

En este tiempo, Kafka escribió a Felice más de 500 misivas, en las que igualmente ofreció su extraña forma de amar, un camino sinuoso y escarpado hecho de enfermedad, literatura y una excesiva rigurosidad para sí mismo. Al estudiar estas cartas, Elias Canetti denominó a la tormentosa relación entre Franz y Felice “el otro proceso de Kafka”, en alusión a la novela del checo pero sobre todo por la manera en que este veía su compromiso con Felice: opresivo, fatal, como un juicio que pesaba sobre su cabeza y que sucedería inevitablemente.

Cuando deseo algo imposible, lo quiero en su totalidad. Mi deseo era por tanto estar completamente a solas contigo, mi amor, tú y yo completamente solos en la tierra, completamente solos bajo el cielo, y mi vida, que te pertenece, hacer que se concentre por entero en ti, sin nada que la distraiga.

[…]

Si los personajes de mi novela se dan cuenta de tus celos huirán de mí […]. Mi novela soy yo, yo soy mis cuentos; ¿dónde habría, te pregunto, el más mínimo lugar para los celos? […] El escribir es lo que me mantiene vivo, lo que me hace aferrarme a esa barca en la que tú estás de pie. Bastante triste es el que no consiga izarme a bordo. Pero entiéndelo, querida Felice, si pierdo el escribir tendría que perderlo todo, incluida tú.

¿Esto cuenta como carta de amor? Quizá no sea el mejor ejemplo dentro del género, pero difícilmente podrá decirse que haya una forma adecuada de amar, o de escribir desde el amor. Y esta es una lección, en esencia amorosa, que Kafka nos legó de forma inesperada y seguramente involuntaria.

 

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