Voces de angustia y soledad en busca de una acogedora “Placenta”

Por Horacio Otheguy Riveira

La soledad de una mujer y sus recuerdos de infancia, su solidaridad hacia una chica desconocida que busca su camino y un padre de familia, expolicía en Euskadi: tres solitarios que nunca hablan entre sí, pero que acaban comunicándose a través del misterioso encanto de la invención escénica del autor y director Julio Provencio. Dos actores veteranos como Aurora Herrero y José Luis Alcobendas dan una lección de teatro con la que arropan a la joven Neus Cortès.

 

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Al principio son los movimientos los que van contando una historia: un bosquejo interesante en el que una chica malherida es curada por una mujer mayor que además le ofrece su cama de sábanas rojas, siempre en silencio. En medio del escenario, una silla vacía. El espacio ya tiene una cobertura sonora vagamente inquietante, y cuando las palabras empiezan a surgir lo hacen en boca de la mujer que recuerda su infancia doliente en un pueblo lejano, y la satisfacción de haber sido amamantada y cuidada por un ama que a su vez ofrecía muy solicitados servicios sexuales. El desprecio y la necesidad formaban pareja en aquel vecindario, pero la niña, luego mujer que también aprende el oficio, ya está envejeciendo sola y se cuenta a sí misma episodios buenos y tortuosos de su pasado.

La memoria y el presente. Habla consigo misma. Nosotros la escuchamos con mucha atención porque la actriz Aurora Herrero vuelve a ofrecernos una lección muy grande, hermosa: cada palabra, cada silencio, en el complejo arte de interpretar con la respiración adecuada, nos permite entrar en un mundo provinciano, con aire rural, muy poco tratado en el teatro español de los últimos años. Cada aparición suya es un remanso de paz, incluso o más aún en los momentos más dramáticos de su remembranza.

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La silla del centro será ocupada por un hombre rabioso en busca de su hija desaparecida; cuando llega a la casa de “la vieja puta” la golpea para sacarle información pues la joven ya se fugó de allí. Es un policía retirado que acaba reclamando la ayuda de sus compañeros. Un tipo muy violento que ira desgajándose como las capas de una cebolla.

José Luis Alcobendas (Doña Perfecta, Rinoceronte, Hedda Gabler) recorre las aristas del personaje logrando atraer nuestro interés constantemente: su historia se plantea con buena síntesis y situaciones interesantes. A diferencia de la mujer, nunca habla consigo mismo, sino con otros policías (personajes imaginarios ubicados en dirección al público) a quienes reclama con dureza, con nerviosismo, y con serena vulnerabilidad cuando se abandona a los recuerdos más íntimos y dolorosos.

En otro sector, la muchacha golpeada por la policía en una manifestación y socorrida por azar, habla sola e interroga a un padre imaginario en busca de verdades. Es el personaje más flojo, con demasiados puntos convencionales que Neus Cortès defiende con holgura. En realidad las debilidades de construcción de su personaje son también las de la obra, ya que fuera de la riqueza de la mujer y el policía, el desarrollo termina siendo endeble, apuntando temas políticos y sociales importantes que no se rematan, abandonándonos con un final abierto insustancial.

Sin embargo, incluso en este final poco elaborado, hay un punto de interés que, en manos del magisterio de Alcobendas, permite una reflexión valiosa: una comunicación padre-hija en el aire. No se hablan cara a cara, pero los dos saben lo que deben hacer, cada uno en beneficio de sí mismo y del otro. Un resultado poético que compensa el desnivel del texto, a su vez muy bien dirigido por el autor, creador de una atmósfera siempre en su punto justo de inquietud y perplejidad.

 

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Placenta

Autor y director: Julio Provencio

Intérpretes: José Luis Alcobendas, Aurora Herrero, Neus Cortès

Iluminación: Juanan Morales

Espacio sonoro: Nacho Bilbao & Juan de la Fuente

Prensa: Raquel Berini

Producción: Becuadro Teatro. Érase una vez Cultura

Ayudante de producción: Manuel Benito

Teatro Guindalera hasta el 29 de mayo de 2016.

 

 

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