Sor Marcela de San Félix, poesía del siglo XVII bajo hábito y cruz

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Por Pilar Martínez Manzanares. @pilar_manza

La poesía alcanzó en el siglo XVII una de sus etapas más gloriosas. España vibraba con cada verso de Lope de Vega, pero fue su hija, Marcela, quien puso el broche de oro a una era dónde la prosa quedó relegada a un segundo plano.

Su padre llamaba a nuestra autora en verso Camila Lucinda, Lucinda o Luscinda. Al igual que su hermano Lope Félix, Marcela fue cuidada por una criada hasta que falleció su madrastra Juana de Guardo (1613). Allí vivió hasta el 2 de febrero de 1621 cuando, con 16 años, ingresó en el convento de las Trinitarias Descalzas (Madrid) bajo el nombre de sor Marcela de San Félix.

Aunque mantuvo una muy buena relación con su padre -al que imitaba en costumbres literarias a la hora de componer versos y comedias de tema religioso, en las que ella misma actuaba-, Marcela desempeñó casi todos los oficios del convento: fue tres veces madre superiora, maestra de novicias, provisora, refitolera y gallinera.

Dejó cinco volúmenes de escritos y una autobiografía espiritual, que fue quemada junto con cuatro de los volúmenes por consejo de su confesor personal. Lo que ha quedado son veintidós romances, dos seguidillas, un villancico, una décima, una endecha, ocho loas, una lira y seis obras teatrales denominadas Coloquios espirituales. Destaca en su obra una extraordinaria mordacidad satírica y un singular uso de la métrica y del lenguaje. Cabe destacar Las virtudes, Muerte del apetito o La estimación de la religión, así como un Breve festejo, pieza alegórica representada la noche de Reyes de 1653.

La mayor parte de la obra de sor Marcela se dirigía exclusivamente a sus compañeras del convento bajo la advocación de madres, hermanas e hijas, pero para otros poemas escritos en celebración de fiestas religiosas y de las profesiones se puede encontrar un público más amplio, entre ellos podemos destacar a  los feligreses que venían a la iglesia del convento y, por supuesto, los familiares de las monjas, parte fundamental en la vida y desarrollo del convento. Sus poemas, especialmente los de Navidad, se acompañaban de música cantada y compuesta por ella.

Pese a lo que gran parte del público puede creer, sus fuentes son tanto sagradas como profanas. Cabe destacar de sus escritor la utilización de la mitología pagana ofrece el Cupido de ojos vendados; el Cantar de los Cantares hebreo basado en canciones folclóricas de fiestas matrimoniales (interpretado alegóricamente por los rabinos y por los padres de la iglesia)  provee tonos, elementos estilísticos e imágenes; los romances cortesanos, las canciones populares de cortejo y las descripciones de la experiencia extática de santa Teresa también contribuyen a los temas y el estilo de sor Marcela. En “Romance a un afecto amoroso”, uno de sus más bellos y pulidos poemas de amor divino pueden ligarse trovadoresca estrofas.

Una vida con el hábito por bandera y la cruz como símbolo, y una obra desbordada de talento le sirvió a Sor Marcela de San Félix para erigirse como una de las escritoras más influyentes de la literatura de siglo XVII.

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