Análisis de sangre azul (2016), de Gabriel Velázquez y Blanca Torres

 

Por Miguel Martín Maestro.

Como relato científico y de aventuras, el uso del falso documental anticipa el carácter onírico y falsario del contenido, sustentándolo sobre una armazón de imágenes de apariencia fidedigna, que pretenden confundir sobre si lo que vemos es real o una recreación de lo que nunca existió. Y en esa mezcla de real y ficción; el conjunto del blanco y negro, del 16 milímetros y el super 8, la textura avejentada de las imágenes juegan con los precedentes cinéfilos para contar su propia historia. El sanatorio mental del pirineo oscense, en un inexistente valle de Valdelomar, pero que recupera, y homenajea así, a uno de los nombres más injustamente olvidados de nuestro pasado, el del cineasta José Val del Omar, uno de los pioneros de nuestro cine, un experimentador de la imagen para recoger lo más atávico y más telúrico de nuestro carácter, lo más siniestro y lo más festivo, un retrato originalísimo que Velázquez y Torres asumen para adentrarse en el mal genético de un valle asolado por la enfermedad mental.

Sobre la base de unas filmaciones médicas iniciadas en 1933 (Val del Omar inicia su obra cinematográfica en 1932) el hilo conductor es un extraño personaje, “el Inglés”, rescatado en mitad del Pirineo tras sufrir un accidente, del que despierta habiendo perdido la memoria de su propia identidad. El inglés destaca por sus rasgos antropológicos tanto como por su educación y cultura, “lo conoce todo del mundo, salvo quién es él mismo”. Cuidado y recluido en una institución psiquiátrica por el Dr. Pedro Martínez (otra falsedad más), la historia va envolviendo al rescatado en una suerte de experimento donde, de ser sujeto de observación y estudio, pasa a convertirse en espécimen repoblador de la zona para mejorar la raza. El humor inherente al comportamiento del médico con sus pacientes, y la evolución de estos en relación con el propósito último de mejorar la salud mental del valle, no oculta la existencia de un experimento eugenésico precursor de las clínicas de fertilización artificial donde los genes pueden manipularse para excluir enfermedades hereditarias. A falta de laboratorios la experimentación se torna empírica, ensayo y error para demostrar que el problema del valle es su aislamiento, el constante cruce de personas todas ellas emparentadas que empeoran progresivamente la genética del lugar, de ahí que la llegada del extranjero se utilice por el científico como la aparición de una nueva sangre, la “sangre azul” del título que funciona como elixir regenerativo de la zona.

La deriva analítica del experimento, iniciado, no se olvide, en la década de los 30, reconduce la película, tratada visualmente como si consistiera en un hallazgo cinéfilo y un documento gráfico del momento, al contexto histórico en el que este psiquiatra experimenta; es la época de las teorías raciales centroeuropeas, pero también la segunda parte y final de la película, con presuntas filmaciones de la década de los 40, conecta el fin de la experiencia con otros “ilustres psiquiatras” nacionales, como el del régimen franquista, Antonio Vallejo-Nájera, admirador nada secreto de los ideales fascistas alemanes y españoles, creador de tesis delirantes sobre los genes comunistas y su forma de erradicarlos. Así, la obra de Velázquez (siempre sugerente) y Torres, basada en una ficción continua, entronca con una realidad mucho más preocupante y castradora, apenas apuntada, pero presente simplemente por el hecho de situar la acción en ese periodo funesto de la historia de Europa que se aproxima poco a poco a nuestro presente. Una raza enferma que puede ser salvada mediante un nuevo ejemplar saludable y diferente, alto, atlético, rubio, en contraposición al español de la zona,  una forma de selección tratada con brillo, ironía y mala leche por los directores, que realizan una obra plena sobre los idearios alucinados de científicos con buena intención, que pueden construir teorías que sirvan para lo contrario de lo inicialmente querido. Las imágenes homenajean a Val del Omar, sí, de manera expresa más que visual, pero recuerdan enormemente al tratamiento del cuerpo y del movimiento de Eadweard Muybridge, y como en casi todo este cine que juega a avejentar la imagen, sobrevuela la influencia de la inextinguible Tren de sombras. No son pocos, por lo tanto, ni menores, los referentes. Una curiosidad y evolución en el cine siempre interesante del director salmantino Gabriel Velázquez.

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