Relato Culturamas: Gracias por no reproducirte, de Mónica Sánchez

Esta semana os ofrecemos un relato de la barcelonesa Mónica Sánchez que entra de manera sutil e indirecta en un tema delicado.

Esperemos que los disfrutéis y os animéis a comentarlo.

Podéis descargarlo aquí Gracias por no reproducirte, Relato Culturamas 11 de mayo

También, autor@s, os animamos a seguir enviando vuestras propuestas.

Lector, escritor, los relatos de Culturamas te esperan

Gracias por no reproducirte

 

 

Mónica Sánchez

 

Usaba ropa ancha, nada de escotes, colores negros, no podía olvidar pedir cervezas sin alcohol, decía que últimamente tenía mucha hambre y ese era el motivo por el cual engordaba cada día más, era conveniente que me viesen a todas horas con bolsas de patatas fritas o chocolatinas entre las manos, otra opción podría ser advertir de un posible problema de tiroides y, como último recurso, irme a vivir a otra ciudad durante un tiempo. Había escrito una lista de tácticas para ocultarlo. Llevo una pegatina en la parte trasera del coche en la que se puede leer: Gracias por no reproducirte.

 

Conocí a Darío en una reunión del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria. Era la primera vez que asistía a un acto de ese tipo, aunque había oído hablar de ellos porque una compañera de la facultad se había hecho seguidora. Carlota me aseguró que no era nada más que una toma de conciencia con el medio ambiente, que iban a hablar sobre los efectos perniciosos de la superpoblación. Yo preparaba una tesis sobre la explotación del suelo y la deforestación, y fue principalmente ese el motivo por el cual decidí acercarme. Se celebraba en el primer piso de un edificio de tres plantas con una zona delantera ajardinada, cercada por setos y con un par de palmeras. Había en la fachada lateral una llamativa escalera de incendios de hierro, pintada de rojo y algo oxidada, más propia del barrio neoyorquino de Harlem que de Sant Gervasi. Era en la parte alta de la ciudad, cerca de la Torre Bellesguard. La sala donde se iba a celebrar el encuentro tenía aspecto de aula, con mesas y sillas en hilera, y con ventanas grandes, abiertas de par en par, por las cuales se colaba el canto de los mirlos y el grito agudo de una cotorra alterada. Darío entró tarde y se sentó a mi lado, en la primera fila, cerca de la mesa donde estaba instalado el proyector que durante dos horas hizo desfilar, sobre una pizarra blanca, imágenes de fábricas humeantes, de una Groenlandia sin hielo y de campos de lodo seco y agrietado. La reunión duró más de lo previsto. Hablé con Darío durante la pausa, y mientras lo hacía me fijé en sus pestañas espesas y en sus iris verdes con pequeñas motas marrones. Tenía acento andaluz, llevaba unas gafas al estilo de John Lennon y una camiseta de colores muy vivos. Me preguntó si me había hecho voluntaria y le conté que lo que me había llevado hasta allí era la preparación de mi tesis. A la salida caminamos juntos hasta el ferrocarril e intercambiamos los teléfonos. En el andén me dijo que me podía echar una mano porque durante años había recopilado una gran cantidad de datos sobre los programas de irrigación en España. Yo acepté encantada, volveríamos a vernos.

Una semana más tarde quedamos y descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Conectamos. Los dos habíamos estudiado Ciencias Ambientales, él en Cádiz y yo en Barcelona. Aquella noche nos lanzamos a la cama con la intención de hacer el amor como bestias, pero nuestros cuerpos resultaron torpes, un puzle confuso de brazos y piernas. Los mismos cuerpos nerviosos que poco a poco, mientras giraban las manecillas de reloj, fueron encajando y recreándose en las caricias.  

Después de algunos meses de estar juntos, noté que Darío radicalizaba sus ideas. Tal vez al principio de la relación no se había mostrado tal y como era, suavizando sus creencias, o tal vez sencillamente, como se sabe, el tiempo es el único elemento que te va desvelando qué guarda dentro una persona. Aunque yo no era dada a sus discursos apocalípticos, al comprometerme con Darío lo hice a su vez con el movimiento del que él formaba parte. Lo cierto era que no me disgustaba el propósito, porque lo consideraba noble. ¿Quién no desea un mundo mejor? Aunque en realidad hasta la ideología colectiva más brutal, más sangrienta, la del terrorista que viaja en el metro con una mochila repleta de explosivos, sujetándose a la barra cilíndrica y rodeado de una multitud inocente, también cree combatir para vencer el mal.

Llegué a la conclusión de que se trataba de una forma de reinventarme a mí misma a través de los ojos de él, como la moza labradora que Don Quijote, con las mejores intenciones, transforma en Dulcinea del Toboso. Yo le amaba, y me gustaba pensar que los dos juntos peleábamos contra gigantes. La cuestión es que una noche cenábamos en su casa viendo el telediario, y hacía unos instantes Darío acababa de celebrar la noticia de que la crisis económica había provocado unos diez mil suicidios. Eso nos sumergió en un silencio de los que pesan en el aire. Fue en aquel momento cuando el olor de las acelgas del plato me provocó una enorme náusea que intenté contener. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Bebí un poco de agua, pero las hojas verdes y viscosas seguían allí, apelmazadas entre los pequeños garbanzos. Entonces Darío me comentó que había pedido hora en la clínica para empezar las pruebas para hacerse la vasectomía. Las náuseas continuaban. Tapé el plato con la servilleta porque no podía soportar ni un segundo más el hedor. Me levanté y le dije apresurada que iba al cuarto de baño. Cuando entré, eché el pestillo y me abracé al retrete. Vomité un líquido grumoso. Yo no había querido darle importancia al retraso, pero era cierto que hacía días que los tejanos me apretaban en la cintura más de lo normal. Frente al espejo, me subí la camiseta de tirantes que llevaba puesta. Tenía los pechos hinchados. Me toqué los pezones y me dolían como si me estuviesen clavando alfileres. Regresé al comedor y le dije a Darío que me marchaba a casa porque no me encontraba bien. Me preguntó qué me ocurría y le expliqué que no era nada, que seguramente se trataba de una gripe intestinal. Me llevé la mano a la frente para simular que tenía unas décimas de fiebre. Insistió en acompañarme en su coche y no pude convencerle de lo contrario. Cuando me dejó frente a mi casa, esperé unos minutos en el portal para asegurarme de que no me viese salir de nuevo. Fui hasta la farmacia de la esquina, que abría las veinticuatro horas, a comprar el test de embarazo.

Pasé la noche sin pegar ojo. Era más fiable hacer el test con la primera orina de la mañana. Aún no había amanecido cuando me levanté de la cama. Después de mojar la tira sentada en la taza del retrete, dejé pasar un par de minutos hasta que apareció un símbolo. Positivo. Un signo de suma que palpitaba y berreaba que uno más uno pueden llegar a ser tres, y así una y otra vez hasta formar los millones de habitantes que forman la humanidad. Había vulnerado la norma principal, de obligado cumplimiento para cualquier simpatizante del movimiento: no traer otro ser humano a la Tierra. Lagrimones enormes me empezaron a caer por las mejillas. Decidí no contárselo a nadie a pesar de saber lo que acaba ocurriendo siempre con las mentiras. De ellas, siempre me ha fascinado la metáfora de la bola de nieve que rueda desde la cumbre haciéndose cada vez más grande.

 

Hacía tiempo que Carlota había programado un viaje de fin de semana al Parque Nacional de Doñana. Me puse un vestido de corte recto para estar más cómoda en el trayecto en coche. El doctor me había asegurado que, siendo una madre primeriza, alrededor de las dieciséis semanas me empezaría a crecer la barriga. Carlota y su novio Juan, junto con Darío y yo, íbamos a una congregación de ecologistas para detener el proyecto “Costa Doñana” y pedir una ampliación de la zona de protección que rodea el parque natural. Llevábamos el maletero cargado de cajas con gorras, panfletos y pegatinas del movimiento. Durante el recorrido, me puse las gafas de sol e intentaba todo el rato mirar hacia delante para no marearme. Veía balancearse de un lado a otro el ambientador que colgaba del retrovisor y me irritaba el olor artificial de bosque de eucaliptos que desprendía; luchaba contra la tentación constante de arrancarlo de un manotazo y tirarlo por la ventanilla. A medio camino hicimos una parada en un área de servicio enmarcada por campos de trigo. Un paisaje amarillo con olivares al pie de las colinas rojizas, donde el silencio se rompía por el canto sordo de las chicharras y los camiones que circulaban a gran velocidad por la autovía. Al salir del coche, el aire caliente nos abrazó. Juan, que llevaba conduciendo más de dos horas, quiso dar una pequeña caminata para estirar las piernas bajo un sol implacable. Él se mantenía alejado de las arengas ecologistas. Pocas veces, quién sabe por qué, se pronunciaba al respecto, pero sí había dejado siempre claro que no quería tener hijos. Nos acompañaba porque necesitábamos un segundo conductor si queríamos llegar a tiempo al evento. Carlota no tenía el permiso de conducir y yo me había negado aludiendo un problema cervical. Cuando los demás entramos en el área de servicio, sentimos una corriente helada que brotaba de los aparatos de aire acondicionado del techo. Había una tienda que vendía la prensa y productos del país, y una cafetería tipo buffet. Darío fue a comprar el periódico, y Carlota y yo hicimos cola para pedir los cafés. Yo cogí de los mostradores un bocadillo de jamón, una bolsa de patatas fritas, una porción de pastel de zanahoria y una bebida energética. ¡No paras!, me gritó Carlota. Le pregunté, mostrando una endeble sonrisa, a qué se refería y me contestó que me llevaba la mano a la barriga cada dos por tres, que no paraba de tocármela. Le dije que debía empezar una dieta porque en las últimas semanas había engordado. Los nervios de la tesis, ya sabes, añadí. Ella miró de reojo mi bandeja y, sin venir a cuento, empecé a disertar en voz alta. La idea de control es una mera ilusión, afirmé. El hombre cree haber conquistado el mundo y ahora lo quiere proteger, arreglar, pero en realidad todo está donde tiene que estar, que no es otro sitio que el más absoluto de los caos. Juan entró en la cafetería y nos sentamos los cuatro a merendar.

Llegamos a Doñana de madrugada. El bar restaurante del hotel aún no había cerrado. Era un salón rústico, con las paredes y el suelo de madera, y estanterías con jarrones y platos de estilo nazarí. En una esquina colgaban varios carteles de corridas de toros que, al entrar, los cuatro miramos con desdén. A pesar de que era uno de los alojamientos más económicos de la zona. Esa pared, con dibujos de banderilleros al lado de un animal bravo dolido, habría sido motivo suficiente para no escogerlo, si la hubiéramos visto en las fotografías de la página web. Tomamos asiento en la barra. En el taburete de mi lado había un chico alto y delgado que bebía lo que parecía ser un ron con cola. Darío y Juan hablaban de fútbol. Juan no tenía muy claro en qué división jugaba actualmente el Cádiz Club de Fútbol. El chico del cubata nos miraba con insistencia,  sin molestarse en disimular. Estaba atento a todo lo que decíamos. Al final se decidió a interrumpir nuestra conversación. Disculpa, ¿eres Darío Cruz?, preguntó. Darío, con semblante de sorpresa, asintió con la cabeza y le preguntó de qué le conocía. El chico, que dijo llamarse Daniel, le había reconocido por sus gafas. Comentó que muy pocas personas utilizan hoy en día ese tipo de gafas que pusiera de moda años atrás el creador de Imagine. Yo aborrezco esa canción azucarada, siempre que la escucho pienso: otra vez esa estupidez de ser un soñador. La fotografía de Darío había salido en el último boletín de la Confederación Ecologista Pacifista Andaluza. Darío le estrechó la mano y nos presentó a todos. Cuando llegó mi turno, me invadió una tristeza con tintes de soledad. Tan sólo mencionó mi nombre, ni siquiera dijo “mi pareja”, “mi novia”, “mi chica”, y yo desde hacía semanas sentía que en mis entrañas nuestra unión crecía y se hacía poco a poco más fuerte. No tardé en retirarme, les deseé buenas noches y ellos se quedaron tomando una copa más. En la habitación encendí la televisión para conciliar el sueño. Muchas veces ese aparato actúa en mi cerebro como un potente somnífero. A esas horas retransmitían un talent show para cocineros. Caí dormida viendo a los participantes cortar cebollas y setas en trozos diminutos.

Al día siguiente, después de las charlas ecologistas, tuvimos tiempo para hacer una visita guiada por el parque. Recorrimos las salinas y nos adentramos en un bosque por caminos estrechos y rocosos. Era alrededor de las seis de tarde, el sol aún quemaba. Íbamos en fila india junto a un grupo de escolares que hacía poco habían dejado de cantar, por orden del monitor, para no ahuyentar a los animales. Carlota y Juan transitaban los primeros. Él siempre silbaba, a todas horas, como un pájaro en un perpetuo amanecer. Ella también le mandó callar, y el silencio cubrió la espesura dejando sólo el ruido del calzado de los caminantes sobre la tierra. Darío y yo nos quedamos los últimos. Entre los pinos, a pocos metros, vimos un lince ibérico en actitud huidiza. Sus patas eran largas y firmes. El felino se detuvo unos segundos y giró la cabeza hacia nosotros mostrándonos las orejas puntiagudas y la barba blanca. Nos miró fijamente. Con la emoción, le apreté la mano a Darío y le dije que sería precioso que los hijos de nuestros hijos pudiesen contemplar aquel animal.

Al llegar al hotel, no tardé mucho en acostarme. El colchón era viejo y los muelles rechinaban. Cuando Darío salió de la ducha, se sentó en la cama y me preguntó si se me estaba pasando por la cabeza la idea de tener un hijo. Tenía el pecho desnudo y la cintura envuelta en una toalla blanca con el nombre del hotel bordado en hilo gris. Olía a crema de afeitar, se había hecho un pequeño corte justo debajo de la barbilla. Le dije que no, que no dijese tonterías. Darío se quitó la toalla y se tumbó a mi lado. Me explicó que había estado hablando con Juan después de la comida, le parecía un tipo simpático, muy leal, recalcó. Juan le había contado que cuando conoció a Carlota le pareció muy graciosa la forma que ella tenía de hablar sobre dar a luz, como si fuese algo bárbaro, como si la silla de parto fuese dirigida por el mismísimo Jason Voorhees de Viernes 13. Juan estaba a punto de cumplir los treinta y ocho, y siempre había tenido relaciones con mujeres con un alto instinto maternal, de esas que nada más empezar a salir comentan los nombres que tienen pensado poner a sus futuros hijos. Si es niña, Inés, y si es niño, Víctor, me dijo Darío imitando el tono con retintín con el que se lo había dicho él. Le pedí que apagase la lamparilla de noche y programase el despertador del móvil. Al día siguiente partíamos a primera hora de la mañana. Darío pegó su cuerpo contra el mío y me abrazó por la espalda. En ese instante me vino a la memoria la imagen exacta de una madalena esponjosa, rellena y cubierta de trozos crujientes de chocolate negro, con su molde de papel rizado. El espejismo se trasladó al paladar y empecé a salivar. Darío me metió la mano por debajo de la camiseta y empezó a tocarme los pechos, pasaba la mano de uno a otro con cierta metodología. Le pregunté si se había fijado en si las máquinas expendedoras del vestíbulo tenían madalenas de chocolate. Me dijo que no lo recordaba mientras me giraba hasta colocarme bocarriba. Se puso encima de mí. Le dije que era tarde y que estaba cansada.

De regreso en Barcelona, lo que hasta el momento había sabido llevar con cierta calma se convirtió en una obsesión. Veía por todos lados a embarazadas, niños, biberones, chupetes y anuncios de papillas. Incluso estando sola en casa, sentada delante del ordenador, me abordaba ese olor cremoso y pasteurizado tan característico de los bebés. Tenía problemas de concentración, y retrasaba constantemente la preparación de la tesis. Las cifras y gráficos bailaban en mi cabeza. Leía y pensaba: en el 2050 seremos diez mil millones de habitantes, se tienen que mantener las grandes áreas forestales intactas, se tiene que duplicar la producción alimentaria… Pero me costaba escribir sobre ello. Un día en que me había pasado toda la mañana metida en Internet, descargando informes demográficos elegidos con cierta suerte melancólica, porque últimamente todo lo que hacía, lo hacía así, envuelta en nubes, me telefoneó Darío. Me contó emocionado que desde los Estados Unidos, donde tiene la sede el movimiento, le habían propuesto colaborar en la realización de un documental que presentaba cómo sería la Tierra sin humanos. La semana que viene cogeremos un avión a Porland, me dijo. Yo ya me había dado cuenta de su afán de notoriedad y del gran deseo que albergaba de ser reconocido y admirado. Al colgar, escribí “cómo abortar” en el buscador y aparecieron cuatrocientos cuarenta y tres mil resultados. Las opciones eran muchas. Sabía que era fácil encontrar una excusa para no acompañarle y librarme de las catorce horas de vuelo, pero finalmente tecleé el número de mi tarjeta bancaria y compré un tratamiento de tres días que aseguraba bloquear una hormona y desintegrar el revestimiento del útero, y todo ello sin apenas efectos secundarios. Me vino a la cabeza un refrán que me produjo una sensación de fatalidad: “Muerto el perro, se acabó la rabia”. La frase se quedó en mi mente dando vueltas hasta que, de repente, por un momento tuve la vanidad de pensar que si Darío conociese lo que iba a llevar a cabo, lo vería como un verdadero acto filantrópico.

La entrega del paquete se retrasó un par de días y la espera había significado para mí una especie de tregua. Eran tres pastillas al día. Mañana, mediodía y noche. A la segunda toma empecé a sentirme mal. Vomité una masa espesa y salpiqué los azulejos del baño. En el aire flotaban puntitos blancos, un conjunto de destellos en una danza satánica que me impedían ver con claridad. Perdí el equilibro, caí al suelo y me noté mojada. Por mis muslos resbalaban gotas de sangre. Me arrastré como pude hasta llegar al teléfono. Cuando oí la sirena de la ambulancia, rompí a llorar. Primero en silencio. Más tarde ya no pude, ni quise, aguantar los quejidos.

Acostada en una cama de un box de urgencias, rodeada de paredes blancas, sábanas blancas y personas vestidas con batas blancas, me imaginé escondida en el corazón de lo que había sido mi gran bola de nieve. A través de la abertura que dejaban las cortinas, vi cómo el médico caminaba en dirección a Darío, le ponía la mano sobre el hombro y le daba la noticia. El niño se había salvado. Cuando el doctor se marchó, Darío dio unos pasos hacia donde yo me encontraba, dejando atrás el control de enfermería. Después se quedó quieto en mitad del pasillo. Allí, en aquel punto, choqué con sus ojos huidizos de color verde con pequeñas motas marrones. En ese momento, una enfermera con rasgos asiáticos entró a cambiarme el suero, que hacía rato que había dejado de gotear. Corrió las cortinas con delicadeza, me sonrió, y yo perdí a Darío de vista.

Desde entonces no le he vuelto a ver. El bebé pesó casi cuatro kilos al nacer. Todo el mundo dice que está hecho un toro. En la universidad rechazaron el proyecto de tesis que presenté, y al final decidí cambiar de tema. Ahora me decanto por la biodiversidad animal, es asombroso darse cuenta de las tan distintas formas de vida que pueden llegar a existir en la Tierra. Enfrentadas o entendiéndose. Hoy, al lado de la pegatina de Gracias por no reproducirte, he pegado la que me regalaron con la sillita del coche: Bebé a bordo. Y me gusta que permanezcan juntas. Porque la vida, a medida que pasan los años, va revelando todas sus contradicciones.

 

 

SOBRE LA AUTORA:

Mónica Sánchez (Barcelona, 1979). Tiene estudios de Historia del arte y Humanidades y trabaja en el Departamento de Comunicación y Márqueting de un teatro de la ciudad condal. Ha realizado los cursos de creación de cuento en la Escola d’escriptura del Ateneu Barcelonès con los escritores Rolando Sánchez-Mejías y Pedro Zarraluki. Publicó «Especies de luz» en el número 17 de la revista literaria Prosofagia (2013) y el relato «Ni rastro» en la Antología de cuentos Iceberg de la editorial Leqtor Universal (2014). En la actualidad acaba de terminar su primer libro de relatos Aquí para siempre (2017).

 

 

 

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2 respuestas a Relato Culturamas: Gracias por no reproducirte, de Mónica Sánchez

  1. Es un relato buenísimo! Esta escritora dará mucho que hablar… y yo mientras tanto hablaré sin parar de ella. Mónica Sánchez, felicidades!!!

    Natalia
    15 mayo 2017 at 1:43 am

  2. Gracias por tu lectura y tu entusiasmo, Natalia. Difunde la palabra, sin duda.

    Los Relatos de Culturamas
    17 mayo 2017 at 19:42 pm

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