‘Pinturas de guerra’, de Ángel de la Calle

Por Pedro Pujante.

La autoficción (término acuñado por Doubrovsky en 1977) es un subgénero literario o un procedimiento mediante el cual el autor se convierte en personaje de su propia obra de ficción. Aunque tradicionalmente está asociado a la novela, otros géneros se han apropiado de esta fórmula, como es el caso de esta historia gráfica.  Ángel de la Calle (Salamanca, 1958) ha colaborado con un gran número de revistas, como Zona 84 o Heavy Metal y está considerado uno de los precursores de la novela gráfica en España. Estas Pinturas de guerra, tan pulcramente editadas por Reino de Cordelia, suponen su segundo gran trabajo.

En Pinturas de guerra resuenan ecos del Cortázar de Rayuela y de Libro de Manuel. El propio autor se convierte en materia literaria y gráfica y desciende al relato como personaje, un escritor que se ha desplazado a París para escribir la biografía de la enigmática actriz Jean Seberg. En su periplo se tropezará con una galería de personajes, reales e inventados, de una y otra época, que le servirán para trazar un impactante fresco de la efervescencia cultural de un París fuera del tiempo. Personajes del mundo de la cultura, contrabandistas, pintores y escritores, activistas cultuales y políticos, espías, ladrones y borrachos, mujeres misteriosas…

La novela se puede leer como una sátira de los abusos de poder y del control al que muchos ciudadanos, pero en especial los intelectuales, han padecido a lo largo de la historia. Pero también como una fábula delirante, un thriller cultural con ciertas aventuras, ideas geniales y diálogos brillantes sobre arte, literatura y política entre seres tan reales como sorprendentes.

El personaje principal, Ángel de la Calle, lee constantemente el libro El hombre en el castillo de Philip K. Dick que, como todos sabemos, versa sobre una realidad paralela en la que la historia ha acontecido de un modo distinto al real. Este cuestionamiento de la realidad histórica también es una suerte de guiño-crítica al relato oficial que determina el curso de los acontecimientos políticos de nuestra realidad, pero también una alusión al poder de la ficción. En este sentido, los anacronismos, la invención y las aventuras que se narran en Pinturas de guerra cobran más sentido y se iluminan.

A ritmo casi cinematográfico –las escenas parecen en ocasiones el storyboard de un film de Godard–de la Calle (personaje y autor) nos invita a pasear con él por las avenidas de  una historia en la que la tranquilidad de un escritor se ve alterada por una serie de situaciones pintorescas marcadas por el ritmo frenético de las vanguardias, agitaciones contraculturales y movimientos secretos de espionaje internacional.

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