La ‘sinrazón’ del feminismo

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Ahora que estoy del otro lado del charco tengo la posibilidad de conocer otros feminismos, otras mujeres, otras problemáticas y otros contextos. Ahora que estoy del otro lado del charco me dejo impregnar y desbordar por nuevas experiencias que rompen mis esquemas y mis conceptos y que me advierten de la existencia de otras realidades diferentes que, aunque teóricamente se puedan llegar a conocer, me cambian cuando me tocan.

He tenido recientemente la posibilidad de asistir al EFLAC (Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe) que tuvo lugar en Montevideo y que reunió a más de 2200 mujeres de todo el territorio. Aunque sin duda son varios y subjetivos los objetivos de este encontrarse, podría decirse que uno de ellos era compartir un espacio físico, y el otro era dialogar, reflexionar y pensar de forma colectiva qué queremos y cómo lo queremos. Este pensar tuvo lugar en torno a más de 150 temas, desde prostitución, cuerpos, aborto y transexualidad hasta el derecho a la tierra, al agua y al aire, pasando por la lucha de las mujeres palestinas, feminismo seguro en internet, comunicación y género, mujeres y catolicismo, discapacidad y erotismo, mujeres rurales y ciudades feministas. Se produjeron cientos de conversaciones y diálogos entre miles de mujeres (entre las que asistieron físicamente y las que seguían el encuentro por las redes) que dieron durante tres días vida a la Rural del Prado y que, además, lograron incluso elaborar diez documentos en los que están recopiladas las ideas clave en torno a cada eje temático.

Después de esos emocionantes y fructíferos tres días empecé a sentirme desbordada por cientos de preguntas y de reflexiones que jamás me había planteado antes. La idea que tenía del feminismo, las reivindicaciones de las mujeres que se llevan a cabo dentro de esta lucha, los reclamos, los derechos conquistados y, en fin, mi posición privilegiada de mujer blanca de clase media y heterosexual, se veía achicada a la nada, cuestionada por una experiencia diferente y golpeada por otras realidades. Solo podía sentir, hasta ahora que logro verbalizar (esa “gran virtud”), los besos de tantas y tantas mujeres cada mañana por todo el recinto, el acento de las brasileñas y los llantos que descargaban el dolor de toda una vida en estas jornadas, junto con otras. Me pareció un fenómeno potente (la-potencia-del-ser) lo que allí había sucedido y no podía dejar de pensar en algo similar a nivel europeo. Sin embargo emergía de mí una negativa que rápidamente difuminaba y abandonaba esa posibilidad.

En Europa no podría pasar algo similar porque el feminismo se ha constituido allí de otra manera, y uno de los elementos que aquí, en este lado del globo, posibilita encuentros de este calibre, es el origen de los pueblos de América Latina, su condición rural, menos urbana, más allegada a la tierra, al agua, al derecho de las mujeres de ocupar el espacio que trabajan, a no ser esclavas, a no ser vendidas, a no ser olvidadas. Las mujeres de los pueblos indígenas luchan contra las nuevas tecnologías, contra la comunicación sin cuerpo, contra el lenguaje como mero intercambio mecánico de códigos. La Ilustración que llegó a Europa, prometida y cegadora, nos ha convertido en las feministas que nunca quisimos ser: en las académicas y urbanas que se olvidaron de las negras, de las ‘salvajes’, como se autodenominaba alguna guatemalteca, de la tierra que, al igual que las mujeres, no es territorio de conquista, y del plano solidario y comunitario.

Entendí lo que otras veces ya había pensado, y escrito: el feminismo no se articula discursivamente, se hace. Considero más que nunca la urgente necesidad de dejar de articular discursos cuyo fin sea ser entendidos por todas a nivel conceptual y recurrir más a aquel código que todas entendemos: el encuentro de nuestros cuerpos. Esta idea puede parecer tan bella que peque de utópica pero no lo es, pues en el acto mismo del encuentro se articularon ideas, claro, pero sobre todo se genera una comunicación diferente, empoderadora y real, tangible y emocionante que no piensa solo en tácticas y estrategias políticas, sino en dolores, en sexualidad, en placeres y en resistencia con la única herramienta de la que todas las mujeres disponemos: el cuerpo.

Hemos depositado tanta confianza en los pilares que sostienen las instituciones y hemos deseado tanto que dentro de dichas instituciones el feminismo “gane”, que se nos ha olvidado tejer una red paralela que nos sustente a nosotras. Cuando esos pilares se tambalean no nos queda más remedio que sujetarlos con nuestros cuerpos, en lugar de usar esos cuerpos para resistir las unas con las otras. La posibilidad del feminismo pasa por un cambio cultural, y éste pasa por transformar las subjetividades. El encuentro permite impregnarse de aquello que otra forma de comunicación despojada de la presencia corporal y de las miradas no permite, y modificar la propia subjetividad desde el trabajo colectivo construyendo potencias distintas.

Que nos queremos vivas ya lo sabemos, pero es hora de pensar cómo nos queremos vivas. En este sentido quizá sea necesario valerse del feminismo para, no solamente reivindicar nuestros derechos y denunciar que nos están matando, sino para pensarnos desde una perspectiva más libertaria y positiva, y para priorizar de una vez por todas el contenido de los procesos, y no sus formas.

Y en esas ando, entre el desborde y la ‘irracionalidad’, porque el feminismo también es eso: abandonarse a la incansable necesidad de entenderlo todo.

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Una respuesta a La ‘sinrazón’ del feminismo

  1. Me parece un artículo excelente, claro, muy claro, y sin reveses, esto último casi literal, ya que habla de exposición y comunicación desde el cuerpo, o con, el cuerpo.
    A mi entender, las palabras también envejecen, o se consumen en su propio significado, y la palabra “feminismo” lleva a interpretaciones equivocadas y antiguas.
    No sé qué término podría usarse, pero habría que cambiarlo para cambiar también las connotaciones que trae desde mucho tiempo atrás. También es importante en la medida que es significativa la lucha y es necesario que se sepa de una vez que no es una lucha en contra de nadie, es a favor del buen trato, de la consideración, de la justicia que deberían tener ambos géneros en cualquier parte del mundo.
    Qué pena que no tengamos ya a un Cortázar para consultarle sobre qué palabra nueva inventar.

    Norma Aristeguy
    3 diciembre 2017 at 18:07 pm

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