La criada, de Gemma Munné

Inauguramos Los relatos de Culturamas 2018 con el cuento de La Criada, de Gemma Munné.

“La Señora es caprichosa. Bien lo sabe la criada”. Menudo contraste. ¿Dónde situarnos? ¿Con quién identificarnos? Con tales personajes, difícil nos lo pone la autora. Pero tal vez aquí sea más interesante otro juego diferente de la mera identificación. Envuelto en una prosa exquisita, este relato gótico, muy negro, acorrala a sus lectores. Están emplazados todos los amantes de cuentos oscuros y damas con regusto a feudo.

 

 

La criada

Gemma Munné

 

    La Señora es caprichosa. Bien lo sabe la criada. Esta mañana, mientras peinaba sus largos cabellos rojo sangre, ha observado su rostro reflejado en el espejo del tocador. Parecía molesta y sus ojos no han tardado en empañarse. ¿La Señora está bien? No ha contestado y ha abandonado la estancia para arrastrar su presencia, igual que un fantasma con sus cadenas, por los interminables pasillos del castillo. Soy impura, gritaba, y elevaba sus brazos, apenas hilillos, hacia el techo, como si quisiera que Dios la acogiera en su seno. Pero la criada está acostumbrada a esas crisis religiosas, que la acometen cuanta más sangre se esconde entre las grietas de los muros. Ha esperado hasta la noche para que regresara y se volviera a sentar delante del espejo, y al observar de nuevo sus ojos ha topado con dos perlas frías y perfectas de puro granito. Así debe ser. Le ha ungido las manos con agua de rosas y, antes de retirarse, ha dejado entrar a un hombre con apariencia de gigante, que la desnudará y la cubrirá con su piel de lobo. No obstante, la Señora no es ningún cordero. Esto también lo sabe la criada. Lo supo la primera vez que vio partirle el cuello a una cría de gato  sin ninguna vacilación, por puro aburrimiento, y el castillo no tardó en convertirse en un cementerio de animales muertos. Si la criada sintió algo de piedad al principio, ya no lo recuerda. También ha olvidado el nombre de la primera muchacha a la que la Señora ordenó desnudar y azotar hasta rasgarle casi toda la piel, para después sorber la sangre de su cuerpo. Se rumorea que la sangre de jóvenes vírgenes la impide envejecer, y el castillo es lugar de leyenda y horrores. Incluso se comenta que el propio Rey, harto de la desmesura de la Señora y de que la capital esté infestada de campesinos y habitantes del bosque que huyen de su crueldad, ha ordenado apresarla y ejecutarla. La Señora se ríe de los rumores. Su familia es de una estirpe centenaria. Ni el propio Rey osaría ponerle la mano encima. La criada calla. A ella sólo la han enseñado a servir. Es su guardiana más fiel, una figura que se agazapa en las sombras desde… quién sabe cuándo. Ella misma ha perdido la cuenta de los años.

    Antes de retirarse a su propia alcoba, deposita el candil en el suelo y observa el paisaje a través de una de las ventanas. Le gusta la panorámica… El castillo se eleva sobre un pequeño promontorio y desde sus torres apenas se alcanza a apreciar el final del bosque que lo rodea. Los antepasados de la Señora han gobernado y presidido el bosque con mano de hierro. Es el lugar más silencioso que se pueda encontrar. Parece que todos los animales contengan el aliento, incluso el silbido del viento resulta igual de lastimero que el maullido de un gato, todo sea para no perturbar el sueño de la Señora cuando no retoza con un gigante. Todo sea, por qué no decirlo, para que la muerte no alcance a las jóvenes incautas. En una de las aldeas que circundan el bosque nació la criada. Otra vida. Los pocos recuerdos de esa vida que yacen en algún lugar de su pretérita memoria la hieren como cien alfileres clavados en el brazo. Coge el candil del suelo y lo acerca a la ventana como si quisiera iluminar los recuerdos con esa luz. O quizá cegarlos. ¿Por qué volver a evocar la soledad y las burlas? Su rostro desfigurado con saña por las marcas de la viruela, su figura contrahecha. Tal vez en alguna ocasión soñara con que alguien la quisiera, pero hace mil años que ya no se mira en el espejo, que enterró todas sus ilusiones en los senderos embarrados sobre los que anduvo. La Señora la encontró en uno de aquellos caminos. Una muchacha virgen y sola en el mundo. Tierno manjar sino fuera porque su fealdad repelía a todo el mundo. Tú serás mi guardiana más fiel, le dijo. Y la criada se vistió de negro y empezó su nueva vida, esta vida que es una perpetua contemplación de la muerte y la lujuria. Esta vida en la que adora y se entrega a un ser tan caprichoso como cruel.

    Los rumores sobre la hartura del Rey resultan cada vez más fundados, a pesar de que la Señora insista en que el monarca nunca osaría ordenar que la ejecutaran. Quizá tenga razón… La criada entra en su habitación y clava la vista en la pared desnuda. Su alcoba es un cubículo sin apenas ningún adorno ni mueble. No quiere distracciones. Sólo en algún momento, cuando el silbido del viento se cuela por los recovecos de los muros y se entremezcla con los gritos de las muchachas para tejer una melodía tan bella como fatal, algo dentro de ella se remueve. Es una emoción muy lejana, aunque incómoda. Se acuesta en la cama, pero no consigue dormir. Sí, recuerda a una muchacha en concreto… Aguardaba su hora en una de las mazmorras del castillo desde hacía semanas. Finalmente, un día la Señora le ordenó que la condujera a su alcoba. La criada lavó a la joven, secó sus lágrimas, limpió la mugre y la cubrió con un hermoso vestido de seda blanca, que realzaba su piel, las venas azules. Había en aquella muchacha un desvalimiento, una renuncia que le provocaron una sensación extraña, un malestar al que no estaba acostumbrada. Se atrevió a recomendar a la Señora que le diera una decocción de semillas de adormidera y flores de lavanda para inducirla al sueño. Sin embargo, ésta le respondió que la sangre no tenía el mismo sabor si no podía mirar a los ojos a las jóvenes y deleitarse en su terror. La Señora no tolera la piedad, sólo su propia pantomima de arrepentimiento en sus volátiles crisis religiosas. Aquel día ordenó azotar a la criada. No le faltaba razón. ¿Qué sentido tiene la piedad? A veces las jóvenes le hablan. Ha dejado de oírlas. Comprende que la Señora necesita de estas jóvenes para vivir. Pero ningún hombre, por muy Rey que sea, lo puede entender.

    La criada se revuelve incómoda en la cama. Las noches siempre son largas, y la luz se confunde con la oscuridad porque las minúsculas ventanas que escalonan los muros del castillo apenas dejan asomar los rayos de sol. Son los ojos de un dragón dormido. O despierto. Sí, las noches son largas. El mundo a su alrededor se va volviendo más silencioso con el tiempo y sólo escucha una voz, nítida y cavernosa. La de su Señora. Esta noche percibe su presencia muy lejana… Adivina la piel blanca casi transparente sucumbir engañosamente bajo las garras del gigante, imagina sus pechos redondos y perfectos, su boca sensual y quisiera que, una vez cubierto su goce, ordenara ensartar la cabeza de ese desgraciado en una pica. Sin embargo, la Señora nunca mata a sus gigantes. La sirven de una manera que nunca podrá servirla ella, por eso la criada los odia. No es momento para el placer. Maldita sea…La intranquilidad la carcome. Ya lo dicen. Las noches también son tiempo de vigilia. Teme que la seguridad y el orgullo de su Señora sean su perdición. Aunque la mayoría se aterroriza ante su presencia, sólo ella sabe que no es inmortal y que los muros de la fortaleza tampoco son insalvables.

    Esta noche es más silenciosa que ninguna otra. Chsssss… Las telarañas cubren las esquinas de las paredes. La criada se siente atrapada como las minúsculas criaturas que han cedido a la trampa mortal de la araña. Es la inquietud la que la tiene atrapada. Tantos años sirviendo a la Señora le permiten oler la fragancia fresca y virginal de la muchacha que camina por uno de los senderos que conducen al castillo y sopesarla como a la vianda más exquisita. Y tantos años le permiten también intuir y adivinar los peligros que acechan a su Señora. Jamás la certeza del peligro la había aguardado con tanta claridad como hoy. Se incorpora y se sienta en el borde de la cama. Escucha durante horas. Escucha el silencio. Los ojos se le entrecierran. No sucumbirá al sueño. Pero sucumbe. Despierta alertada por una jauría de perros que se acerca al castillo. Un eco en la lejanía, en el fin del mundo que está por venir. Da igual, los puede oír. Asoma la cabeza por la ventana. Cientos de hombres con antorchas y machetes siguen a la jauría. Puntos centelleantes en la línea infinita del horizonte. También los puede ver. Un ejército entero para aniquilar a su Señora. Centenares de luces en medio de la noche para ensombrecer las estrellas que penden del cielo. Jamás hubiera imaginado tantos hombres postrados ante un Rey, tantas dagas señalando el castillo. ¿Cuánto tardarán en llegar? Corre por los pasillos interminables para avisar a la Señora hasta quedarse casi sin aliento. Los pies desnudos sobre el frío suelo de piedra. ¿Es su corazón el que late tan fuertemente? ¿Ese tic tac es el suyo? Se detiene un instante, expectante, al llegar a la habitación. La alcoba está vacía. Imposible… Oye el relincho de un caballo y mira por la ventana. Contempla a la Señora subirse a un carruaje acompañada por su gigante. No, tranquila, no se irá sin ti. Ha de apresurarse a bajar porque la jauría se acerca y la Señora debe abandonar el lugar ya. Pero… ¿qué hace? El carruaje inicia la marcha sin ella. No, no puede ser… La Criada se queda de pie frente a la ventana. Un momento, horas. Lo ignora. El mismo dolor que miles de alfileres clavados en el brazo. El mismo dolor que si la aplastaran miles de gigantes. Escucha a los perros avanzar por los pasillos. Sí, la Señora es caprichosa, tan cruelmente caprichosa como para sorber la sangre de una virgen o retozar con un gigante mientras la muerte cabalga hacia ella. Tan infinitamente caprichosa como para huir y a abandonarla a ella, que durante años tan fielmente la ha servido. La misma sensación de desvalimiento de los tiempos en que vagaba sola por los caminos embarrados la invade. Empieza a amanecer, una ligera luz se filtra por la ventana y su propia imagen se refleja a traición en el espejo de su Señora. No quiere reconocer a la vieja bruja reflejada en él, a ese ser de rostro monstruoso y de ojos patéticos. Cuatro lágrimas duras y frías, las únicas que recuerda haber vertido en toda su vida, se deslizan por sus mejillas mientras dos enormes perros negros se abalanzan sobre ella.

 


Sobre la autora

Me llamo Gemma Munné y desde siempre me ha gustado escribir. Hace cinco años empecé a realizar algunos cursos en la Escuela de escritura del Ateneu Barcelonés. Mi sueño es, paso a paso, conseguir que me lean y poder publicar un libro de relatos en el que llevo tiempo trabajando. Hace dos años, uno de mis cuentos fue seleccionado para la antología Iceberg II, de la Escuela de escritura del Ateneu Barcelonés. Recientemente otro de mis cuentos ha sido publicado en el nº 7 de la Revista Literaria Visor.

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