Solitudes, un espectáculo en el que el silencio vale más que mil palabras

Por Ana Riera

Tuve la inmensa suerte de conseguir una entrada el último día de la última temporada de éxito de la Compañía Kulunka con Solitudes en Madrid. La sorpresa fue mayúscula. No conocía el inmenso talento de estos autores-actores-productores para dar forma teatral sin palabras a conflictos cotidianos muy importantes, manteniendo constante interés con acertado humor y notable emotividad.

En estos tiempos de palabras vacías y ecos viciados retumbando a todas horas en nuestras cabezas, lograr atrapar no solo la atención, sino también los cinco sentidos, del espectador es toda una heroicidad. Eso es precisamente lo que consigue con su obra Solitudes la compañía vasca Kulunka, que Garbiñe Insausti y José Dault crearon allá por el 2010.

Durante los 80 minutos largos que dura la pieza no se pronuncia ni una sola palabra. Tan solo algunos sonidos de fondo rompen el silencio. Entre ellos la música, que refuerza de vez en cuando una escena; un televisor con su tono anodino; el tic  tac y las campanadas de un viejo reloj de pared, que más que marcar el paso del tiempo  nos muestra su capacidad cruel de hacerlo transcurrir a voluntad; los graznidos de unas gaviotas, que parecen reírse de la ingenuidad humana; los ladridos de un perro que no se deja domar; el timbre de la puerta o el teléfono, que suenan insistentes aunque casi siempre a destiempo; y el zumbido de una mosca, un invitado aparentemente insignificante que acabará adquiriendo cierta relevancia. Eso es todo.

Tampoco la escenografía tiene un gran protagonismo. Es sencilla y no cambia en toda la obra. Se limita a mostrarnos dos espacios: al recibidor salón de un piso algo anticuado, que casa bien con sus inquilinos, y un poco del vecindario en el que se encuentra la vivienda del protagonista.

Y para que el ejercicio resulte más complejo todavía, los actores llevan la cara cubierta con unas preciosas máscaras que han sido elaboradas con cariño artesanal por la propia Garbiñe Insausti y que les impiden recurrir a las expresiones de sus rostros para comunicar lo que sienten. Así pues, el único recurso que les queda a José Daullt, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo, los tres actores que ejecutan la obra, es la expresión corporal, que explotan hasta el límite con gran maestría y minuciosidad.

 A pesar de la ausencia de lenguaje verbal siempre tenemos la sensación de que nos hablan, y es que el método expresivo por vía gestual resulta a todas luces extraordinario. Entre los tres insuflan vida a varios personajes. A los tres principales, un abuelo, su hijo y su nieta, y a varios secundarios que enriquecen la trama, como la abuela, una prostituta experimentada y otra recién llegada al oficio, un proxeneta despiadado, un adolescente rebelde que apunta maneras de delincuente y un transeúnte de rostro imposible.

Poco a poco, entre silencio y silencio, la trama va desarrollándose, combinando retazos de drama y de comedia, que nos tocan el alma y nos dan que pensar. Y de camino, nos habla de la soledad, de la impotencia que genera el hecho de no sentirse comprendido y de la tristeza y el sentimiento de culpa que nos atenaza cuando por fin comprendemos y descubrimos que ya es demasiado tarde.

Solitudes es, sin duda, un ejercicio valiente y muy bien calibrado, fruto del profundo conocimiento de la expresión corporal y el arte de la mímica, que hace suya de nuevo la máxima de que a veces, o casi siempre, un silencio vale más que mil palabras.

 

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