Patrias

FRANCISCO CERVILLA.

Hay que seguir a los poetas, rastrear sus huellas, pues allí, en sus escritos, una sorpresa, un aviso, un saber nuevo espera. Eso lo notas cuando las palabras hacen diana en ti. 

Hojeando algunos libros encontré unas elocuentes y diría que hasta relajantes palabras sobre la sensible cuestión de la patria: “Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos. Tampoco el jinete que rige un corcel de bronce por el tiempo, ni los que prodigaron su bélica ceniza. La patria es un acto perpetuo como el perpetuo mundo. Nadie es la patria, amigos, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento. Nadie es la patria pero todos lo somos.” Así dice Borges en estos fragmentos extraídos de su Oda escrita en 1966.

Esta inmensa patria borgiana, breve como un acto destinado a renovarse cada vez, o evanescente como el instante de una enunciación, implica la ética de un pacto inseparable de una posición clara respecto a la propia satisfacción. Pero esa ética parece que no se renueva más: se ha apagado la dignidad de los antiguos juramentados, así como su acto y su enunciación.  

La patria, o su eufemístico país, es en primer lugar palabra, y como tal sujeta a las leyes de la polisemia, abierta a múltiples significados, lo que la convierte en una entidad inaprensible, siempre inacabada. 

Será por ese carácter escurridizo del lenguaje y por las pasiones que desata, que la palabra patria, o sus sustitutos, ruedan en demasía por la lengua. Algo se escapa en los intentos por atraparla. Cuanto más se habla de la patria menos existe ésta. Más se grita a la patria más se la hace desaparecer. 

Así pues, esta patria borgiana de tan ricas dimensiones puede ser muchas cosas. Puede ser la escritura. O la lengua. “Mi patria es la lengua portuguesa”, decía Pessoa, como el lugar en el que hospedaba su intimidad. 

Puede ser la infancia, el hogar, la familia, la tierra. La patria también pudiera ser el exilio como aseguraba María Zambrano, hablando de la experiencia esencial de su existencia. O por el contrario, la patria es lo perdido y surge en el momento que deja de ser el sitio donde permanecer, como afirmaba Sebald. Y cómo no la patria puede ser el sustituto de la identidad perdida, el empeño inquebrantable de restablecer la identidad imposible de todo ser humano, convirtiéndose entonces en una construcción, un ideal, o un dogma.

Para Ceronetti, en el mundo actual, la patria es un peligro, una impostura, porque el destino común se ha hecho universal y sobre sus símbolos soplan los demonios.

Los mismos demonios que hacen de la patria un instrumento opresor, que la convierten en un enunciado blindado, en una sólida sustancia geográfica, -crematística con frecuencia-, o en una institución no concebida como una posibilidad sino como una imposición, no una contingencia sino una necesidad, y la patria entonces queda instituida como un arquetipo cual pétreo hormigón al que se exige amar, como si el amor -sutilezas fuera- se pudiera decretar. 

Esa patria dictada con vehemencia y confusión de sentimientos es la patria generadora de violencia y barbarie, y a la que se le profesa no un amor patrio sino un amor bastardo que igual la exalta que la inmola. 

Decía Antonio Machado, en términos quizás no muy habituales hoy, que “en los trances duros, los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.” 

En la actualidad aquellos señoritos machadianos persisten bajo otras vestiduras, y habiendo hecho de las esencias patrias oficio o negocio, apelan a una patria que pretenden común, una patria que han pervertido, y que de ninguna manera se puede sentir ni compartir. Pues una patria, pudiendo ser muchas cosas, puede ser incluso un jirón subjetivo de existencia que contiene el pálpito de un deseo o el empuje de una pasión, y eso, el señorito, el potentado, cuya verdadera patria es el paraíso fiscal, o el nacionalista genético, esa rara avis, tal vez no lo consigan aprehender. Ya que la patria siendo palabra, agitada sobre todo por el discurso de los autoproclamados patriotas hasta hacerla enfermar, es como la patria borgiana: incompleta e inacabable.

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