‘Censo’, de Jesse Ball

Censo

Jesse Ball

Traducción de Carlos Mayor

Rata Books

Barcelona, 2019

250 páginas

 

«Soy una persona pragmática. Siempre hago las cosas por algún motivo. En mi trabajo, que es sobretodo crear textos, he creado libros que a menudo se han criticado porque me dicen que son demasiado delgados o minimalistas. Y es cierto que hay parte de eso. ¿Por qué razón? Pues porque las palabras cuestan dinero. Cada vez que usas una palabra es porque quieres decir una cosa. Pero luego viene una empresa con dinero y poder, coge tu palabra y la usa de manera completamente diferente. Por eso procuro ser elusivo y no usa demasiadas palabras. Alguien incluso ha llegado a decir que no uso más palabras porque no las conozco, que no sé adjetivos.

En definitiva, yo entiendo mis libros no como libros sino como recipientes donde guardar pensamientos. Y como lugares donde se guardan pensamientos, su principal objetivo es dar algunas herramientas al lector. Intento hacer libros que estén llenos de herramientas que puedan servir de algo en el drama de la vida.

Creo que la ambigüedad es la condición básica de la vida, y creo en la utilidad de la experiencia, por eso en mis libros siempre encontraréis múltiples perspectivas confrontadas. Nunca vais a encontrar la verdad explicada desde un solo punto de vista.

Hace un tiempo me di cuenta de que, a pesar de haber escrito sobre personajes con casi todos los perfiles, nunca había escrito sobre alguien con síndrome de Down. Mi hermano Abram tenía este síndrome y murió hace un montón de años, después de dieciocho operaciones. Su vida no fue larga, pero tampoco sabemos muy bien cómo debemos juzgar una vida. No podemos afirmar que es mejor una larga que otra corta. Ni tampoco qué belleza puede haber en cualquier vida.

El corazón de Abram era muy fuerte. Su manera de encarar la vida era intensa y vitalista. Él está muy presente en mí. El corazón de mi obra es él y, por lo tanto, debía escribir un libro sobre mi hermano.

Eso no era nada fácil porque nuestra sociedad es patética en todo lo que rodea a las personas con síndrome de Down. Por lo tanto, este era el reto: ¿cómo puedo escribir sobre él sin usar una manera de hablar que considero claramente peyorativa?

Así que decidí hacerlo de esta manera: escribiría un libro en una especie de lugar vacío donde se pudiera ver con claridad cómo actúa el afecto de alguien como mi hermano sobre otras personas.

Decidí que el protagonista sería un padre, un médico, que recorre un territorio elaborando un censo acompañado de su hijo. Es un hijo relativamente mayor, que representa a mi hermano. En la narración, yendo de visita casa por casa, puedes sentir el afecto que produce ese muchacho en las demás personas.

¿Os importa que lea un fragmento del libro? Me gusta preguntar antes de leer algo.

«La mujer que fue a abrir la puerta tendría unos treinta y cinco años y llevaba un vestido holgado sin mangas. Nos hizo pasar a mi hijo y a mí y nos sentamos como tres conspiradores en su sala de estar, con las cabezas juntas.

¿Cómo es posible que tres personas aprendan a reírse, de repente, de todo lo que se dice? Eso nos pasó, nos sentimos atraídos implacablemente por una alegría inexplicable y después recorrimos agradecidos sus límites. La mujer respondió a mis preguntas. Aún no se había tropezado con el censo; yo era el primer mensajero que veía, así que antes de irme dejé nuestra marca en su piel. Se abrió el vestido: una de esas cosas que podrían confundir o inquietar a una persona normal y corriente, pero para mí, que había sido médico, resultaba de lo más normal. Encontré la costilla y dejé la marca. Hubo algo que dijo, una historia que contó: fue que una vez habían entrado a robar, entre ellos, aseguró, un hombre que conocía. Ella estaba en casa en aquel momento y se escondió detrás de la cortina. Al ir de un cuarto a otro, los ladrones, mientras cogían cosas, hablaban entre sí, de la casa y de ella. No le importó en absoluto, aseguró, lo que se llevaron. Había recibido alguna herencia y no necesitaba gran cosa. O, más bien, todo lo que necesitara podía volver a comprarlo, e incluso podía acabar gustándole la molestia. No se trataba de eso: oírlos hablar, escucharlos mientras veían sus pertenencias y hablaban de ellas, le resultó delicioso. Casi había estado a punto de prorrumpir en carcajadas, según aseguró.

Cuando el hombre que la conocía la describió a los demás y ella se imaginó que sus mentes la asociaban a su casa y sus posesiones, le entraron ganas de reír, de reírse de una situación permanente y decorosa dentro de lo desviado. Aún hoy, no me han abandonado, afirmó. Cuando nos marchamos, le dio un beso a mi hijo en la mejilla y a mí un abrazo feroz. Algo terrible, creo, le había pasado en el brazo derecho en un momento dado, pero no dijo nada y nosotros tampoco. De las fotografías que tenía al lado de la puerta nos contó: «Y aquí estoy en mi boda, y aquí en mi boda también, y aquí de niña, y aquí ya viuda. Pero usted es viudo, seguro que me reconoce en esta foto, aunque lleve ropa oscura».

Es un ejemplo de la sintonía mental perfecta que surgió entre nosotros, entre los tres. Me bastó con cruzar el umbral, me bastó con presentarme y mostrar mi documentación para desencadenar algo así. Me di cuenta de ello un rato después, en el coche, mientras repasaba la visita mentalmente, pero, mientras estábamos allí apiñados en torno a la mesa de la sala de estar, había alargado la mano para agarrar la mía y no me había sobresaltado, y mi hijo le había agarrado el brazo maltrecho. No hay nada que no pueda ser natural.»

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