‘Subestimado’, de Leonard Woolf

JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA.

El matrimonio formado por Leonard Woolf (Londres, 1880– 1969) y la también escritora Virginia Woolf (Londres, 1882 – Lewes, Sussex, 1941) supuso una reunión de mentes afines. La amistad de los lazos literarios ayudó a estrechar los vínculos afectivos, envolviendo a ambos en una comunidad libre de la vigilancia de una sociedad pos-victoriana atormentada por el sexo y la religión. Tal vez el placer del artículo de enero de 2019 que la revista londinense Standpoint dedica al teórico político y editor, a los cincuenta años de su fallecimiento, resida en transmitir su cálida humanidad, en esencia, una forma de resistencia. Su relación acabaría transformando su época, a base de crear sus propias reglas en nuevas formas de expresión.

De las involuntarias declaraciones románticas a las silenciosas agonías, de los intentos de suicidio de la autora de La señora Dalloway (1925) al esnobismo del tratadista de Gobierno Internacional (1916), el biógrafo, literario, crítico de arte y cine estadounidense Jeffrey Meyers (Nueva York, 1939) analiza el desprendimiento de la sexualidad en favor de un compañerismo que les permitió permanecer ajenos a las minuciosas discriminaciones del grupo de Bloomsbury. Tomando como pretexto el recién aparecido volumen de Fred Leventhal y Peter Stanksy dedicado a Leonard Woolf (OUP), en “Un escritor subestimado” se nos ofrece un retrato de dos íconos del siglo XX, brillantes pero fríos, perturbadores aunque partidistas, siempre excéntricos.

El político de izquierdas sacrificó su arte por el amor de la feminista, sostiene el Doctor en Filosofía por la Universidad de California, “tras su muerte supervisó la publicación póstuma de sus trabajos, asignó a su sobrino Quentin Bell su biografía y vendió sus manuscritos a las bibliotecas universitarias”. Medio siglo después de su deceso, es la del co-fundador, junto a su esposa, de la prestigiosa Hogarth Press, “que editó el “Preludio” de Katherine Mansfield, La tierra baldía de Eliot junto a otras no menos importantes obras literarias”, una figura llamativa, que invita a la remembranza: los pequeños detalles no eluden los grandes eventos, “fue un miembro activo de la Sociedad Fabiana, el Partido Laborista y contribuyó a crear la Sociedad de Naciones”, las políticas del bibliófilo entusiasta preceden a las precauciones y la sagacidad de alguien capaz de afirmar que “solo al reconocer lo inevitable, el propio destino se vuelve impersonal. Es entonces cuando uno puede alzarse contra el universo”. 

Un hereje, en opinión del Premio Academia Americana de Artes y Letras 2005, aunque humilde: es la suya una postura existencialista más que práctica, una lucha por la identidad más que por la justicia. No es su presencia imponente, sino su ausencia, la que moldea al dúo, desde la distancia: “Te debo toda la felicidad de mi existencia” reza la nota de suicidio de la ensayista de Una habitación propia (1929), “Has sido extremadamente paciente conmigo, invariablemente indulgente”. Paladines de la cultural desorganización que nos asola, los Woolf creían estar inventando la modernidad y, en cierta forma, lo consiguieron. Pioneros del pensamiento libre, la charla desatada, la hiperconexión y el autoexamen, la obra de Leonard y Virginia supone la masacre edípica de figuras paternas, un asalto al represivo establishment del que habían surgido, mediante la invocación constante al apocalipsis.

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