Emilio Gancedo: «Me interesa la gente normal, sobre todo aquella que está en los márgenes»

REDACCIÓN.

Tras el éxito obtenido con tu anterior libro, Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural, en el que recorres la historia de España a través de las expertas voces de varios ancianos, ahora publicas tu primera novela: La Brigada 22. ¿Por qué has decidido iniciarte en este género literario?

No estoy muy seguro de que Palabras mayores no fuera, en parte al menos, una novela. En realidad era una mezcla un tanto extraña de diversos géneros, libro de viaje, crónica, entrevista, cuento… algo difícil de encasillar, sí, pero en todo caso con un lenguaje y una vocación decididamente literarios. Vamos, que no tengo la sensación de haber decidido nada, sino que más bien se trató de un paso adelante natural, espontáneo. Además, ya había habido antes algunos intentos –infructuosos, claro–, de armar una novela al estilo de aquellas que tanto me marcaron cuando era un joven lector, aquellas novelas de sólido fondo y sugestiva forma que hoy, al menos yo, echo tanto en falta.      

A pesar de que te adentras en un nuevo género narrativo, en La Brigada 22 vuelves a enfocarte en el mundo rural. ¿Qué es lo que te llama la atención de éste?

Es una pregunta complicada. ¿Qué me puede atraer a mí, o a otros, del mundo rural? Supongo que es imposible responderla sin desgajar una parte importante de mi historia personal, sin acudir a mi pequeña e intransferible mitología familiar. Hay quienes se preguntan, hoy, por qué los autores que andamos empeñados en ver la potencia narrativa del mundo rural, o en subrayar el hecho histórico que ha supuesto la destrucción de esas culturas milenarias, seamos gente básicamente joven y –en mayor o menor medida- ligada a la ciudad. Personalmente creo que el enorme contraste entre esos dos mundos, el rural y el urbano, que vivimos especialmente en la infancia, ha sido responsable de estas inquietudes. No puede olvidarse que la literatura, el arte, acostumbran a nacer del contraste, de la oposición, de la fractura, del dolor…              

Concretamente, tu novela se sitúa en 1980, en vísperas del golpe de Estado, y en ella está presente un grupo de maquis que piensa que nada ha cambiado. ¿Te has inspirado en algún testimonio de la época?

No directamente. Me llamó mucho la atención el caso del guerrillero Pablo Pérez Hidalgo, alias Manolo el Rubio, que fue localizado el 9 de diciembre de 1976, por tanto, más de un año después de la muerte de Franco. Pero ya antes, y bastante antes, creo que tras ver una película cómica en la que aparecían unos antiguos miembros de las Brigadas Internacionales, ancianos pero indómitos, concebí la estampa de ese grupo de maquis que, como ellos mismos dicen en el libro, solo conciben la vida “en términos de resistencia”.    

¿De qué otras fuentes has bebido durante el proceso creativo de tu obra?

Primero, del extraordinario libro en el que aparece el caso de Manolo el Rubio, Los Topos, de dos maestros del viejo periodismo como Manu Leguineche y Jesús Torbado, verdadera “Biblia de la memoria histórica”, un monumental ejercicio de reporterismo que hoy debería reeditarse y leerse más, mucho más. Pero también de títulos específicos sobre el tema, como Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista, de Secundino Serrano, o El canto del búho, de Alfonso Domingo. De todos modos, para componer los escenarios y personajes de la novela, para recrear aquel ambiente tan especial, tan irrepetible, de los años ochenta, probablemente hayan pesado más las conversaciones familiares, los borrosos recuerdos, las lecturas sin orden ni concierto y el visionado de películas de la época que cualquier otra cosa.          

Uno de los protagonistas de La Brigada 22 es Paquito Munera, un oficinista que vive con su madre y que lleva una existencia anodina. ¿Te atraen los personajes grises?

Yo no diría eso, más bien diría que me gustan las historias de la gente normal, de la gente que vemos todos los días, de nosotros mismos en definitiva; porque esos héroes de las epopeyas y de las hazañas no existen en realidad, debajo del terciopelo siempre hay un ser humano inseguro, acomplejado e incompleto. Por eso me interesa la gente normal, y sobre todo aquella que está en los márgenes, en las cunetas, los desplazados y los supervivientes, aquellos de los que no se espera nada pero que cualquier día, quizá hasta todos los días, son capaces de protagonizar hechos heroicos sin pretenderlo siquiera. Creo que el personaje de Paquito Munera alude precisamente a eso, a que todos, a nuestra manera, somos imprescindibles, a que sin nosotros todo hubiera resultado de otro modo.      

¿Por qué razón crees que se escribe tan poco sobre el ámbito y la historia rural?

No diría que se escribe poco: en nuestro país existe un formidable caudal de publicaciones –unas más humildes, otras más ambiciosas– en torno a pueblos concretos y comarcas, o que intentan registrar unos modos de vida ya extintos pero relativamente vivos hasta hace no muchos años. Lo que pasa es que la mayoría de ellos apenas cuentan con visibilidad a nivel nacional. De todos modos, si pensamos en la larga y excepcional lista de autores que han convertido nuestra realidad rural en espléndida literatura (de Aldecoa a Sampedro, de Ferlosio a Delibes, de Cunqueiro a Cela, pasando por los Benet, Llamazares, Mateo Díez y tantos otros), decididamente lo rural sí ha tenido quién lo escriba. Otra cosa es que, ahora que está en las agendas políticas, se haga –de verdad– algo por su futuro.     

De nuevo repites editorial (Pepitas de Calabaza) para publicar tu libro. ¿Qué ventajas consideras que tiene publicar con una editorial independiente? 

Principalmente, y hablando del caso específico de Pepitas de Calabaza, que es el que mejor conozco, destacaría el hecho de que cuidan, apoyan, defienden, miman y acompañan todos y cada uno de los títulos de su catálogo. Que no publican nada que no sean capaces de defender. Que son unos profesionales cuidadosos hasta el extremo con el propio texto, así como con el diseño y la composición del libro. Que realmente les importa la literatura, la creación, el pensamiento, la crítica… Y sobre todo, y ya refiriéndome a ese extraordinario grupo de editoriales independientes que hoy tenemos en España, que dan ejemplo a las grandes y que son un refugio y a la vez una esperanza.

¿Qué parte hay de periodista en el Emilio Gancedo escritor?

No lo sé. Supongo que mucha. Supongo que es bastante difícil separar una faceta de la otra, aunque en estos momentos haya dejado la primera en estado, diríamos, latente. Es como que la primera se ha sentido de pronto exhausta y, mientras toma aliento, le ha dicho a la otra: “Vamos, sigue tú”.    

Tras tu experiencia escribiendo novela, ¿tienes ganas de repetir este género?

Sí, por supuesto. Me parece un género estupendo: plástico, vigoroso, potencialmente ilimitado… me siento muy cómodo y estimulado con él. Le tengo de veras aprecio al género, crecí con él, estimo en mucho los grandes clásicos de la novela, y por eso me resulta lamentable contemplar cómo, hoy en día, productos de un nivel ínfimo se intentan hacer pasar por novelas cuando no lo son en absoluto. En realidad carecen de género: una mera acumulación de palabras carentes de criterio, de ritmo, de tono… escribir una novela, lo que hemos venido entendiendo por novela, ese artefacto que nos extrae del aquí y el ahora para que con la punta de los dedos rocemos la libertad, es muy, muy difícil.    

¿Nos puedes adelantar cuál será tu próximo proyecto literario?

Mejor no. Dejemos a la planta que eche buenas raíces, que medre, antes de que le dé el aire.   

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