‘La suerte de Omensetter’, de William Gass

La suerte de Omensetter

William H. Gass

Traducción de Ce Santiago

La Navaja Suiza

Madrid, 2019

418 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

En la relación de autores que influyeron en la literatura de William Faulkner, alguien se atrevió a añadir al traductor de la Biblia que leyó en su juventud, con un afán y una vehemencia que no deja lugar al aliento más suave. Es probable que se trate de una edición semejante a la que cayó en manos de William H. Gass (1924 – 2017), pues deja un rastro semejante en esta novela donde uno se pierde entre lo real y algo que, a falta de otro término, llamaremos lo alegórico en cada resquicio de cada frase. Gass utiliza, casi de forma generalizada, frases cortas, casi mínimal, en el que la hipnosis surge por acumulación y por derivación. Las asociaciones son libres, sin olvidarse de su función: mostrar que debe haber una cara oculta de la realidad y que ésta, forzosamente, se parecerá bastante a la materia de la que están hechos los sueños. El estilo nos lleva a la impresión obsesiva: obsesión por las palabras con las que se construye el texto, por los personajes con los que se construye el conflicto, por los efectos con los que se construyen las sensaciones. Es barroco, porque atiende al detalle, pero es impresionista, porque piensa en las emociones que levantará en el lector.

Pero las referencias a la Biblia no se limitan al estilo, a la estrategia, pues también existen en la idea base: Omensetter es un tipo con atributos tal vez sin definir, o cuya definición se hará por contraste con los demás, pero de una presencia lo bastante impactante como para levantar las ampollas más escondidas. Llega a una población más o menos remota, a un entorno más o menos rural, más o menos arcaico, y allí provoca los descubrimientos de la dualidad emocional que todos llevamos dentro. Los habitantes originales descubren su Míster Hyde y se rebelan. Sobre todo, quien detentaba el bastón de mando moral, el reverendo Jethro Furber. La piedra en el estanque de la que parte la novela nos remite al Nuevo Testamento: la sola presencia de Jesús despierta las dobles morales, ante las que no podemos sino levantarnos con miedo, porque solo tenemos miedo a la parte que no conocemos de nosotros mismos. Y, lógicamente, surge el rechazo. Sobre esta emoción es sobre la que Gass construye la novela, sobre el rechazo. Nos encontramos frente a lo imprevisible, al espejo que nos refleja como no desearíamos vernos, ese que sin querer porta un personaje que “vivía no observando, uniéndose a lo que sabía”.

“Ni un zorro gritaría belleza antes de haber masticado”, escribe Gass. De La suerte de Omensetter no estamos seguros de extraer algún tipo de belleza, pero estamos convencidos de estar masticando y volviendo a masticar, sin terminar de definir el sabor de los bocados. Ni siquiera si no será el mismo bocado al que estemos dándole vueltas, una y otra vez, tras los carrillos.

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