Batalla literaria en el Everest

ANDRÉS G. MUGLIA.

Si tuviera que elegir una virtud del ser humano destacaría una que, si consideramos a la virtud como un ejercicio, no podría llamarse en rigor como tal, porque es una cualidad más parecida a un rasgo físico o de carácter sin concurso activo del poseedor. Esa virtud es la curiosidad. Ingobernable y siempre activa, gracias a ella he leído, averiguado, investigado sobre los más diversos (casi siempre inútiles) temas. La curiosidad impulsa, cuando enciende su mecha, a abundar las pesquisas sobre cualquier tópico que haya motivado nuestra obsesión. A veces lleva por caminos sin salida, agotadas las fuentes. Otras, inaugura terrenos fascinantes e interminables.

Presa de esta virtud o defecto (según cómo se mire) me vi impelido a leer todo el material que pudiese, concerniente a una tragedia ocurrida en el Monte Everest en el año 1996, tras una tormenta de nieve que sorprendió a un grupo en pleno asalto de la última etapa de ascensión, dejando el saldo de ocho muertos. 

La tragedia habilitó la publicación de varios libros y documentales, así como películas. Yo conocí el hecho por la de 2015, Everest, de Universal Pictures.

Hay que hacer aquí una digresión para referir un aspecto ya tristemente conocido y es el de las consecuencias que la difusión del turismo de aventura, en particular la ascensión al Monte Everest, han tenido en los últimos años. En 2019 se produjo el record de once muertes ocurridas en menos de diez días en el último tramo de la escalada. Esto se debió a la congestión, en ocasiones de más de doscientas personas en fila india en la “zona de la muerte”, y a la sobreventa de licencias para realizar la proeza. 

La de 1996 fue una de las consecuencias de convertir un destino peligroso en un paseo turístico. La relativa “facilidad” en términos técnicos para la ascensión del Everest, en comparación de por ejemplo el K2; y su poder simbólico (conquistar el techo del mundo), hizo que su comercialización como paquete turístico (que incluye actualmente un sherpa que lleva de la mano al cliente hasta destino) se convirtiera en una industria peligrosa. 

Pero volvamos a 1996. La tragedia hubiese pasado quizás desapercibida como muchas otras, si el escritor Jon Krakauer de la revista Outside, no hubiera sido invitado por el experimentado montañista Rob Hall, director de la compañía especializada en expediciones de montañismo Adventure Consultans, a realizar el ascenso del Everest. Krakauer, además de publicar su trabajo en Outside, Playboy y otros medios, trascendió más tarde al haber editado el libro In to de Wild (conocido en castellano como Hacia rutas salvajes), que contaba la historia real de Christopher McCandless, un joven norteamericano fascinado por la prédica del singular Henry David Thoreau, que se lanzó a vivir en medio de la salvaje naturaleza de Alaska y murió en el intento. Su vida fue llevada a la pantalla en 2007 con Sean Penn como director.

La historia de Krakauer acerca de la tragedia del Everest, reflejada en Into thin air (Mal de altura para la traducción al castellano) fue durante un tiempo la “versión oficial” de lo ocurrido. Reflejaba en cierta medida la improvisación, la negligencia y cierta temeridad por parte de los organizadores impulsada por el deseo de que la ascensión se convirtiera en una exitosa manera de ganar dinero. La suerte tampoco ayudó a Hall y los suyos, que se vieron atrapados por una tormenta que tuvo el saldo conocido.

Antes del día fatal, Scott Fisher, al mando de otro grupo de expedicionarios–clientes similar al de Hall, acuerda con éste que los dos equipos trabajen juntos para potenciar la posibilidad de que todos sus clientes lograran hacer cumbre. Aquí entra a jugar un tercer personaje, que por sus características quizá sea el más atractivo de toda esta historia; su nombre: Anatoli Boukreev. Boukreev era una ruso nacionalizado kazajo, quien a los 38 años no era conocido por los montañistas occidentales pero tenía ya varios ochomiles en su haber, algunos de ellos sin asistencia de oxígeno; la de 1996 era su tercera ascensión al Everest.

Boukreev era un producto de la Unión Soviética y había sido miembro del equipo nacional de montañismo de Kazajistán. Después de la caída de la URSS había quedado, como muchos deportistas y especialistas de variadas profesiones que estaban insertos en el enorme aparato estatal, librado a su propia suerte y a su talento para acoplarse de algún modo en un mercado laboral que no conocía del todo. Había sido contratado como ayudante por Fisher, pero pertenecía a una tradición de montañistas que no compartían la idea de que los guías debían ser además una especie de niñeras todoterreno para allanar las dificultades de los clientes. Tal vez por eso se ganara la antipatía de Krakauer.

En su libro Krakauer carga con fuerza sobre Boukreev atribuyéndole numerosos defectos, entre ellos no ayudar a los expedicionarios en apuros. Lo pinta en sus páginas como un hombre egoísta que esquiva sus responsabilidades y al que sólo le interesaba hacer cumbre (incluso sugiere que no utilizar oxígeno era una falta de responsabilidad para con los clientes porque eso reducía su capacidad física). 

Sin embargo hay un detalle en todo este cotilleo a más de ocho mil metros de altura. Boukreev será, en plena tormenta y en medio de la noche, después de que varios de los montañistas y sherpas se negaran a salir con él en busca de los expedicionarios extraviados, quien rescate en solitario y arriesgando su propia vida (en realidad su afán era casi un suicidio) a cuatro de ellos que de otro modo también hubiesen muerto.

Para responder las acusaciones de Krakauer, que luego se comprobaría había incurrido en numerosos errores al redactar su libro, Boukreev acude al escritor Gary Weston DeWalt y juntos escriben su versión de los hechos, que se publica en 1997 con el nombre La escalada. Trágicas ambiciones sobre el Everest, dónde Boukreev hace su descargo. Ese mismo año, luego de recibir en EE.UU. el premio Memorial David A. Sowles por su heroísmo durante aquella dura jornada de 1996, Boukreev muere en su ley, bajo una avalancha de nieve, intentando escalar la cara sur del Annapurna; otro célebre ocho mil que cuenta con su propio libro de leyenda: Annapurna, el primer ocho mil de Maurice Herzog. 

Krakauer se haría famoso por Mal de altura, que vendería millones de ejemplares y más tarde por Hacia rutas salvajes. Actualmente trabaja como escritor y conferencista. 

Por lo menos media docena de libros más, escritos por protagonistas o testigos de lo que ocurrió en el Monte Everest ese día fatídico de 1996, darían sendas versiones de lo ocurrido. Pero esa ya es otra historia. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *