Florbela Espanca en Évora

Fotografía: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez. En el poema “Tus ojos” Florbela Espanca expresa toda su ansia de vitalidad ilimitada, toda su pasión por sentir. Me la imagino con los ojos enormes y la piel tan sensible:

Yo quisiera más altas las estrellas,

el espacio más ancho, el sol más fértil,

más brillante la Luna, el mar mayor,

más cóncavas las olas y más bellas.

Quería que su vida fuera un relámpago, un sueño intenso y breve, como dijo Rimbaud en un poema. Vivir de verdad la vida antes de matarse a los 36 años: “Y acabado el trabajo, en paz, contenta, / un día adormecer serenamente, / como duermen los niños en sus cunas” (traducción de Miguel Ángel Manzanas, editorial Dalya).

Yo paseaba por las calles de Évora, con sus recuerdos de todas las edades, y la evocaba como un fantasma lleno de vida en las esquinas. Seguramente nadie sintió y vivió tanto como ella, como un espectro de Ibsen. Y a Évora, donde estudió el Bachillerato, le escribió:

He recorrido en vano tantas ciudades

y solo aquí recuerdo tus besos

y solo aquí yo siento que son míos

los sueños que soñé en otras edades.

Fue rebelde, amó apasionadamente, vivió apasionadamente. Habló de nostalgia sin fin en “Libro de quejas” y “Hermana saudade”. Pero también en “Lentisco en flor” expuso su vitalidad indomable. No se resignó, tuvo una especie de existir visionario y trágico. La vida le brotaba de los abismos: “Escucho bocas silenciosas / murmurarme palabras misteriosas / que perturban mi ser como caricias”.

Yo iba por las calles de Évora y me acordaba de ella. En las afueras un círculo de piedras asombroso conectaba con el cosmos como Stonehenge. Las columnas corintias del templo de Diana se levantan impetuosas. En el Jardín de las Casas Pintadas una sirena nos invita. Anunciaba a Florbela Espanca.

 

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