Entre misterios y temores, el coraje de una niña en «La casa del estanque»

Por Horacio Otheguy Riveira

La primera novela de Ana Riera consolida una intensa carrera entre narraciones impresas de muy diverso signo. Se trata de una traductora de grandes obras teatrales, así como responsable de obras de divulgación y creadora de numerosos relatos breves. Escritora pujante. Filóloga enamorada del devenir de las palabras que no paran de buscarse a sí mismas para contar historias envueltas en sugerentes atmósferas. La casa del estanque es una de ellas.

Eugenia nos conduce por el lejano paisaje de su infancia: una niña entre adultos, bajo el rigor de una abuela implacable que expande miedo a su paso. Con riqueza de cinematográficas imágenes y lenguaje preciso que combina la frialdad de quien recuerda a distancia con el ensueño de un verano plácido, de repente inquietante.

«A mi abuela no le gustaban las niñas, así que el día que nací no encontró ningún motivo para celebrarlo. No sintió deseos de cogerme en brazos, ni de hacerme ninguna carantoña. De hecho, ni siquiera se acercó a verme. En lugar de eso decidió hacer una visita al podólogo, para que le arreglara una uña que venía fastidiándole desde hacía una semana. Me la imagino sonriendo, aliviada, de vuelta a casa. Seguro que después se sentó un ratito en su rincón favorito, una galería estrecha y acristalada que se abría al jardín. Allí podía disfrutar sin interferencias de los últimos rayos de sol del atardecer. Según ella, los mejores del día, porque llevaban concentrada toda la energía de la jornada y porque se esforzaban en ser amables con quien sabía apreciarlos antes de ser engullidos definitivamente por la tiranía implacable de la noche».

 

Atreverse a husmear en los misterios de una casa poblada de adultos —con solo una amiga de compañera de viaje, ajena en realidad a la familia—, implica enfrentarse a temores que se agudizan a medida que se conocen nuevos. Nuevos miedos que acaban fortaleciendo a la criatura, forjada en el palpitante corazón de la necesidad de saber. De conocer. De indagar más allá de lo posible.

Todo empieza en el bucólico ambiente de un rito tradicional con un personaje clave en la historia: el abuelo:

«Tendría ya seis o siete años cuando me di cuenta de que mi abuelo no había comido ni una sola trufa.

–¿Por qué no has comido ninguna? ¿Te duele la tripa?

–Sí, me duele un poco la tripa. Además—añadió bajando la voz–, como en realidad celebramos tu santo, me gusta que seas tú quien las disfrute.

–Ah…pero es que yo quiero que las comamos juntos. Aunque si te duele la tripa…

–Mira, a ti no quiero mentirte. ¿Quieres saber la verdad?

–Sí.

–Pero no se lo vayas a contar a tu abuela.

–Vale. Será un secreto, como lo de Sara.

–Eso es, chica lista. Verás, es que a mí en realidad no me gusta el chocolate. ¿Pero sabes lo que sí me gusta? Limpiar contigo el estanque.

Ese era otro de mis días preferidos: la víspera de San Juan, precisamente porque ese día tocaba limpiar el estanque de los peces. La ceremonia se repetía año tras año, inalterable, como si fuera el pistoletazo de salida que marcaba el inicio del verano.

Mi abuelo decía que los peces se sentían desorientados al llegar la noche y encontrarse en un entorno distinto, y que debíamos reducir su suplicio al mínimo. Por eso el estanque debía limpiarse durante el solsticio de verano, es decir, la noche más corta del año. Participábamos todos, desde la hija de los guardeses hasta mi abuela, aunque ella jamás se mojaba».

 

Pequeños detalles se irán sumando entre sugerentes emociones y Eugenia trabará profundas relaciones inesperadas. El tiempo de crecer se asoma por el cálido ambiente que la rodea en una casona que parece aislarse del mundo en la ceremonia familiar del verano . Tal vez todo suceda a propósito. Para que Eugenia se convierta en un ser menos inocente, a través de las situaciones ajenas que irá comprendiendo en una suerte de puzzle con retratos fotográficos, represiones ocultas, amores contrariados, secretos dolorosos y gente muy especial que hará de su aprendizaje una aventura sorprendente.

En Mujeres que nacieron diferentes, Ana Riera dio muestra fehaciente de su pasión por la literatura y el teatro, del que da cuenta como crítica en estas mismas páginas (por ejemplo: Cuidados intensivos; Hermanas). En su prolífica obra como escritora y traductora cuenta en su haber 85 cuentos publicados en el blog del Taller Literario El placer de escribir. 

Al final de La casa del estanque nos queda la sensación de que necesitamos seguir leyéndola en relatos, ensayos y críticas, mientras a nuestras espaldas, en la también misteriosa soledad de la escritura, va urdiendo su siguiente novela.

 

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