Kathleen Raine en las Highlands

Fotografía: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez. Íbamos por las Tierras Altas de Escocia hacia el castillo de Eilean Donan, en la carretera que llevaba a la isla de Sky y de repente vimos un desvío que llevaba a la playa de Sandaig, en Glenelg, donde Kathleen Raine escribió los poemas inolvidables de “En una desierta orilla”. Allí vivió una temporada su amor enigmático por Gavin Maxwell, pero este estaba más interesado en una nutria sobre la cual escribió un best seller. Y entre las montañas y la niebla pensé nostálgicamente en Kathleen Raine.

Pensé en los poemas de “En una desierta orilla” donde habló de nostalgias y plenitudes, unió el platonismo con las playas de Escocia, sugirió increíbles riquezas ignoradas. Nos habló de coronas perdidas gastadas por la marea, de cómo la noche lo alberga todo y no predica, en unos poemas cortos que se intensificaron como perlas y se llenaron de vida pasmosa.

Me acordé de  “Adiós, prados felices”, esa autobiografía mágica donde nos contó como siempre estuvo más allá de los aspectos más vulgares de la modernidad, como vivió en un entorno mágico, como sintió todavía el encanto del mundo que Max Webber había negado. Como vivió una vida aún no agarrotada por el mecanicismo, como escuchó a las hadas y a los poetas celtas, como latió en una naturaleza todavía misteriosa y creadora.

Pero, sobre todo, me acordé de aquel poema inolvidable que me dije a mí mismo millones de veces, lamentando que Gavin Maxwell estuviera tan sordo ocupado en su nutria:

¿Qué algo infinitamente precioso

buscábamos por la orilla?

¿Qué rúbrica,

promesa en nacarada concha, sabiduría en piedra?

¿De qué rey muerto dorada corona gastada por la marea,

qué perdida, imperecedera estrella?

 

Y me cocí a mí mismo con la nostalgia infinita.

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