‘El codo de la torcaz’, de Damián Cordones

El codo de la torcaz

Damián Cordones

El Transbordador

Málaga, 2020

160 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Al codo de la paloma torcaz se ataban los mensajes que pretendían hacerse llegar sobrevolando las filas del enemigo. Aunque el enemigo no tuviera nombre, fuera un riesgo sin definir, un espacio bajo el que habitan personas que no sabemos si son de fiar. Con esta desconfianza por sustrato, Damián Cordones (Arjonilla, Jaén, 1980) idea una novela de situación en la que somos conscientes de estar asistiendo a una batalla, pero desconocemos las medidas reales de la misma. Es una batalla de una escala bastante cotidiana: unos pocos resistentes aislados en un piso, contra unos pocos asaltantes que, aparentemente, van desarmados. Las herramientas de la lucha son las palomas y las drogas, incluida la sustancia con la que pretenden desintoxicarse. Pero esa, tal vez, no sea la esencia de la novela.

Como mencionamos, se trata de una novela de situación, en la que apenas avanza la acción y sí lo hace una suerte de flujo de conciencia. ¿Flujo de conciencia? La expresión resulta cómoda, pues está narrada en primera persona, pero la forma que adquiere no es la que estamos habituados: aquí el monólogo interior se va rompiendo, desmenuzando, pierde el hilo y resulta un tanto onírico y al narrador no se le permite divagar. Al principio de la obra se recuerda a Kafka, y nosotros añadiremos, por momentos, a Cortázar (y su Casa tomada) y a Carlos Castaneda y sus experiencias con el peyote. A lo que cabe añadir el mundo personal del autor, que se coloca dentro de un narrador encerrado y dibuja un paraje al que, por conveniencia, le atribuiremos los atributos que se atribuyen a la locura. Se trata de una locura de nuevo cuño, no algo propio de El Bosco o del realismo sucio. El relato está colmado de un miedo que no nos atrevemos a definir y una guerra cuyas intenciones se nos ocultan.

Lo que se genera alrededor del narrador es un laberinto, del que solo reconocemos las tuberías con sarro, un detalle que abunda y que configura, en la mente del lector, una idea de lugar desapacible. Intuimos, también, que estamos casi ciegos ahí dentro, que no podemos ver el mundo exterior, del que apenas sabemos nada a la espera de que llegue una paloma con un mensaje atrapado en el codo. La incomunicación se extiende por la novela, sin llegar a expresarse como denuncia. Es, más bien, una característica propia del submundo al que viajamos, ese en el que el narrador se expresa con una libertad característica del último hombre vivo sobre la Tierra, esa que se define a través de algún comentario: “Todo y cerrado son en realidad sinónimos. (Un tipo de sinónimos que Sawa denomina sinónimos de elucubración)”. Cualquiera de los sinónimos de elucubración -y todos a la vez- podría aplicarse a esta obra: divagación, digresión, vigilia, vela, reflexión, esfuerzo, fantasía…

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