Cernuda en Glasgow

Fotografía de Consuelo De Arco

Por Antonio Costa Gómez. A mí me encantó Glasgow. Me gustó mucho la tetería con celtismos dinámicos diseñada por Mackintosh, ya que no pude ver su Escuela de Arte que estaba en obras. Me encantó la catedral gótica ennegrecida y misteriosa. Me encantó aquel pub donde había un barril con ventana y encima un caballo. Me encantaron las pinturas callejeras como aquel coche levantado por globos. Me encantó la creatividad y el aire travieso.

Luis Cernuda vivió allí en plena guerra mundial y dijo que no le gustaba nada. Dijo que añoraba los jazmines sensuales y la exuberancia de Andalucía. Sin embargo, él era callado y solitario, y no tenía nada de exuberante. Su poesía es más pensativa que barroca y aprendió mucho de las brumas del norte. Y curiosamente en Glasgow sintió tal inspiración que empezaba un poema antes de acabar el anterior, hasta que terminó Como quien espera el alba. Pero incluso cuando escribe exaltando a Góngora lo hace de la manera más antibarroca, con un tono solitario y meditativo. Su Góngora se parece más a un Luis II de Baviera, solitario y soñador, que a un poeta barroco.

Y en el libro puso uno de sus más grandes poemas, “A un poeta futuro”, donde su soledad orgullosa, profunda y nostálgica llega a lo más intenso. Se siente incomprendido por sus contemporáneos y se dirige a un poeta futuro que lo comprenda y lo viva. Se siente incomunicado e imagina un flujo de comunicación inusitado:

Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses

fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo

unida con la tuya se acordaría en cadencia.

Con toda su pasión callada vivía más en el presentimiento:

Ámame con nostalgia

como a una sombra, como yo he amado

la verdad del poeta bajo nombres ya idos.

Decía que añoraba el sol estridente del sur, pero fue la lluvia del norte la que le inspiró sus versos más hondos.

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