‘Hombres de verdad’, un manual para sobrevivir a la masculinidad tóxica

CARLOS BAREA.

La nueva obra de Alberto Marcos (Madrid, 1977) ya comienza, desde su título, a jugar con el lector a través del humor y la ironía. Hombres de verdad (Páginas de Espuma, 2020) es un canto, o un homenaje si los preferimos, a esos hombres que nunca se ha identificado con —o han sido expulsados de— la masculinidad dominante. Ellos son, precisamente, esos hombres de verdad.

Hay varios puntos en común en los relatos de Alberto Marcos que hacen que la obra adquiera una mayor consistencia más allá de la construida en la temática y la estructura interna de cada uno de los cuentos. Como primer elemento común, podemos encontrar la constante presencia de la homosexualidad como eje vertebrador. En muchos de los casos son, podríamos llamarlo así, gais atípicos que se desenvuelven en situaciones más o menos anormales: un jovencito incapaz de amar pero que se pilla de un desconocido de internet, un futuro matrimonio de homosexuales del PP en peregrinación a Fátima con sus respectivas suegras, una húmeda historia de amor contada, paso a paso, a través de Facebook, una accidentada quedada de Grindr —o aplicación similar—, la vida de un niño mediocre que se enamora de su compañero del campamento católico… y así hasta completar un coro de nueve voces disidentes, que, en muchos casos, ni siquiera son conscientes de que lo son. 

El segundo elemento en común es el escenario. Todas las historias transcurren, en su totalidad o en gran parte, en la ciudad de Madrid. Alberto no solo se limita a referenciarla, sino que la convierte en un lugar importante. Incluso, a veces, en un personaje más. Así que, de pronto, Hombres de verdad se transforma en una particular guía turística de los barrios de Madrid por donde desfilan zonas como Prosperidad, La Latina, el Barrio de Salamanca o el edificio España, en la plaza con el mismo nombre.

Por último, hay otros elementos comunes que son recurrentes y que se imbrican entre el tejido de la obra para crear un corpus sólido y funcional. Son, por ejemplo, asuntos como la religión —o, mejor dicho, el folclore católico, de gran peso—, la búsqueda del amor en la era digital, los slips blancos o las descripciones de cuerpos de hombres.

En relación con la estructura, el libro cuenta con una evolución, tanto de fondo como de forma, bastante estudiada. La prosa comienza con una austeridad inusual en los relatos, pero, aun así, cómoda, ya que elimina lo superfluo. Además, permite ir trenzando, según avanza la narración, historias con mayor complejidad sintáctica, así como un mayor número de figuras literarias y, cómo no, unas imágenes que cobran concreción y aciertan como en una diana lexicológica. 

Por otro lado, las descripciones son esquemáticas, para así dibujarnos un personaje sin las florituras de la literatura recargada. Algo que se agradece, ya que permite que nuestra imaginación haga el resto. 

Por su parte, las tramas son deliciosas, creíbles dentro del riesgo que supone transitar por la fina línea que separa lo cómico de lo paródico, y el realismo de los diálogos —uno de los grandes puntos fuertes de la obra— permite, además, aportar grandes citas, carne de futuros tweets: «La Virgen es la primera feminista de la historia», llega a decir un personaje en el relato Peticiones a la Virgen de Fátima

Y este es el estilo de Marcos: sobrio, de una austeridad que permite viajar por la narración con el equipaje justo para así tener una buena travesía literaria. Esta forma recuerda a esos palacios mozárabes donde la sobriedad de sus fachadas contrastaba con la riqueza de su interior, ya que trata, desde una posición relajada, temas tan transcendentes como las dobles morales, la ilusión del neoliberalismo o la necesidad de la constante expresión en redes.

De especial relevancia me resulta —por, voy a confesar, mi interés personal— el relato sobre la figura de Iván Zulueta que se entrelaza con un retrato del antaño fantasmagórico edificio España y que, aunque resulta ser el penúltimo relato, se antoja como la guinda final de un delicioso pastel —y que ya acompañó una antología de la editorial Dos Bigotes en 2015—.

Pero después de Zulueta —¡quién lo iba a decir!— aún había más y, cuando parece que la cosa no podía mejorar, resulta que emerge un último relato que es una explosión de sentimientos. Una especie de oda vital que refleja el ocaso de una vida entregada al anhelo del amor. Y, de pronto, esta última historia me lleva a pensar que Hombres de verdad avanza in crescendo hasta explosionar en un ultimo retrato, honesto, como los hay pocos. Además, también me ayuda a encajar la última pieza del puzzle para descubrir que acabo de recorrer el ciclo vital de muchos hombres y que todos esos soy yo, o los seré algún día. 

Como último detalle, remarcar que el libro empieza con la historia de un niño de 18 años incapaz de enamorarse y acaba con la de otro de 65 incapaz de no desearlo con todas sus fuerzas. Desde luego, esta disposición no es casualidad, como tampoco lo es ninguno de los elementos de esta obra, perfectamente tejidos en su estructura y su poética. Definitivamente, Alberto Marcos ha hilado una tela de araña de la que resulta difícil escapar.

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