Títulos de películas que pueden llamar a engaño (I)

Por Gaspar Jover Polo.

La princesa prometida.

Además de por el título, esta película puede llamar a engaño porque su director utiliza la mayoría de los tópicos del cuento para niños, ya muy estudiados por parte de la crítica literaria; se puede incluir por tanto en el género del cine infantil y juvenil, pero también se puede concluir todo lo contrario si tenemos en cuenta que Rob Reiner, el director, incorpora algunos elementos muy novedosos y que rompen por varios lados el esquema clásico del cuento.

Por un lado, parece un cuento, pero, por otro, el director y el guionista introducen todo tipo de experimentos, de audacias, algo mucho más propio del cine para adultos que del cine infantil y juvenil. Se trata de un producto ambiguo porque en parte es un cuento llevado al cine; pero también parece evidente que el resultado final queda lejos de este género, que lo que pretende La princesa prometida cómo objetivo principal es la desmitificación y la parodia. Siendo una creación con todos los componentes tradicionales del relato para niños −la princesa, el héroe, el antagonista malvado, la fantasía, la aventura, el feliz desenlace…−, puede considerarse también una película de cine para todos los públicos, una obra que incluso podríamos incluir dentro del cine de autor por la cantidad de elementos originales que incorpora. Se acercan mucho más al cuento infantil películas también consideradas de autor como Eduardo Manostijeras, de Tim Burton, o Inteligencia Artificial, de Spielberg, aunque esta última aparezca arropada por la envoltura del género de la ciencia ficción. 

Los elementos que convierten La princesa prometida en algo más que un relato para niños serían el distanciamiento, las grandes dosis de humor, incluso de humor absurdo, y la profundidad, digamos filosófica, en alguno de sus temas y de sus diálogos, en el tema del amor y en el tema de la venganza. Es una película desmitificadora porque se aleja de los cánones del género al que parece pertenecer, e incluso llega a romperlos mediante el uso del humor absurdo y también por medio del distanciamiento que se consigue gracias al mecanismo de las continuas interrupciones. La película empieza con un abuelo que visita al nieto enfermo y en cama. El nieto no puede levantarse y el abuelo le empieza a leer un libro de aventuras para que se entretenga, un libro también titulado La princesa prometida; luego las palabras del libro se convierten en imágenes, y es entonces cuando la película consigue distanciarse de la historia principal gracias a que el niño convaleciente interrumpe varias veces. Además del efecto del distanciamiento, esas interrupciones tienen también como finalidad desenmascarar convenciones típicas del género como que el protagonista no pueda morir, o como que el final feliz tenga que estar asegurado a pesar de los muchos inconvenientes y de las situaciones dificilísimas por los que atraviesa el protagonista. El niño interrumpe la lectura cuando parece que la narración ha desembocado en un fatal desenlace para el héroe, se queja al abuelo con razón de que eso no es posible en ese tipo de historias fantásticas y de aventuras. O dicho con otras palabras, la película incluye el componente metacinematográfico −se trata de cine que habla sobre cine−, un contenido que rompe el carácter lineal que suelen tener las historias para niños o adolescentes y que, con toda claridad, va dirigido a un público adulto.

Por lo que respecta al humor absurdo y desmadrado, este aparece sobre todo en los diálogos. El héroe de la película, que se llama Westley, se hace pasar por el pirata Robert durante una gran parte del metraje, durante el tramo de película en que lleva el rostro oculto tras un antifaz. Cuando la cuadrilla de bandoleros al servicio del noble déspota, del antagonista, se da cuenta de que Westley los persigue, decide que sea Montoya, el mercenario de origen español, el que le pare los pies; pero antes de que el espadachín Montoya se dirija a la pelea, el gigante del grupo aconseja a su compinche: ”Ten cuidado: los enmascarados no son de fiar”. “Mi estilo (de combate) no es demasiado deportivo”, advierte el gigante en otro momento, justo cuando le toca enfrentarse a Westley; pero como el concepto de lo deportivo resulta un claro anacronismo en el contexto medieval en el que más o menos se sitúa este argumento, tenemos que pensar que  se trata de un recurso humorístico que el director incorpora de manera consciente, de humor absurdo pues está basado en la interrupción de la lógica.

La profundidad filosófica o sicológica en el tema del amor aparece también en los diálogos, en este caso entre el héroe y la princesa prometida, sobre todo en el momento en que ella, Buttercup, después de una larga separación, reconoce a su amante bajo el antifaz del pirata Robert: “¿Por qué no me has esperado” le pregunta Westley a su enamorada. “Porque me dijeron que habías muerto” responde la princesa. “La muerte no detiene al amor” continúa el pirata, “lo único que puede hacer es demorarlo”. O también en este otro momento en el que la expresión favorita de Westley, “Como desees”, da un juego extraordinario al presentar un doble significado: el significado habitual, denotativo y el significado connotativo de una declaración de amor por parte del héroe. Es emotivo el momento en que los enamorados se vuelven a encontrar pues, como él va disfrazado de pirata, la princesa no lo reconoce en principio, todo lo contrario, como cree que es el pirata Robert, lo empuja hacia una pronunciada pendiente. Mientras va rodando cuesta abajo, el protagonista saca a relucir la muletilla, grita lo de “Como desees”, que es como una contraseña entre ellos, y solo entonces la princesa se da cuenta de a quién ha tirado por el terraplén. También resulta intensa y poética la consideración final del narrador, del abuelo, que intenta destacar la importancia del beso definitivo entre la princesa y Westley para que el nieto oyente se quede prendado también de la parte más sentimental del argumento: “Desde la invención del beso, ha habido cinco besos que han sido calificados como los más apasionados, los más puros: este los superó a todos”.

Con todas estas interrupciones, parodias, filosofías que atacan directamente al hilo argumental, a la apariencia de verosimilitud, podría pensarse que el espectador corre el peligro de desconectar del todo y de perder el interés por el desarrollo de la acción; pero sucede también que se respetan algunos contenidos esenciales a lo largo de la película: el amor entre Westley y Buttercup, la abnegación del espadachín español en su intento por  vengar el asesinato de su padre; es decir, temas importantes, de peso que se mantienen por debajo o al lado del brillante juego distanciador y humorístico. 

Se trata de una película ambigua por encima de todas las cosas, y en esa ambigüedad reside gran parte de su atractivo. Es ambigua porque algunos espectadores sí pueden encontrar dificultades con tanta variedad de componentes, con tantas vueltas y revueltas, y esa es también la razón por la que el título de La princesa prometida resulta engañoso, por la que, a pesar del título, podemos considerar esta película mucho más cercana al cine para adultos que al cuento para niños. 

 

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