Renunciar a la última palabra

FRANCISCO CERVILLA.

“Quien no inventa no vive”  escribió Ana María Matute en su discurso para la ceremonia en la que recibió el Cervantes, en el 2010. La frase, reseñada por la mayoría de los periódicos del momento y que guardé por las evocaciones que me traía, la recuerdo en estas semanas de confinamiento, cuya dureza la acentúa las falsedades que la caverna política pone en circulación en un entorno árido de por sí, al que uno desearía dar la espalda. 

El clima que logran originar es digno de la sentencia que Jules Renard escribiera en su Diario: “La política debería ser la cosa más hermosa del mundo: un ciudadano al servicio de su país. Es la más baja.”

Pero falsear no es inventar. Con su frase se refería Matute a algo más noble y balsámico que nos alivia los días: la invención literaria. Hablaba de su experiencia como creadora de ficciones, compartida por otros escritores: forjar una historia, una construcción literaria, a partir de un vacío previo, en cuyos bordes, entiendo, se sitúa la escritura. 

Cuestión incesante en su obra, Vila-Matas lo explica así: escribir es “arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”.

El verdadero escritor, si es que tiene sentido semejante afirmación, da curso con su trabajo a lo que, en los límites de su escritura, pugna por expresarse, permitiendo respirar al escritor y a su obra. También al lector, cuando llega a encontrarse con un decir que resuena con el suyo propio, con la división subjetiva que lo atraviesa, y reconoce como propias las palabras que lee.  

Hay libros, fragmentos o personajes literarios que proporcionan oxígeno y se quedan un tiempo en el pensamiento. Dejan una marca porque tocan algo íntimo. Me sucedió hace años con un personaje cuya presencia en la narración se reduce a un mero instante, la señora Micu. Silueta fugaz de una novela de Herta Müller de título espléndido, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma. Título que, dicho sea de paso, es toda una declaración, una aseveración de su relación con el deseo, al que no se sustrae.  

La señora Micu, al ser nombrada por su creadora adquirió existencia en el lenguaje. Una existencia efímera y marginal, condenada a una eterna repetición de esperanza y desdicha en poco más de una página. Y allí permanece silenciosa hasta que distintos lectores reparen en ella, lean con interés su brevedad y le den un lugar inédito, un soplo nuevo que convierta en infinitos esos sucintos párrafos que ha obtenido gracias a la escritura, y poder escapar así a los confines que le impuso su autora y lograr transcenderla. 

Algunos creadores logran producir este resultado ilimitado, un efecto artístico que causa una tenue diferencia que separa lo mismo de lo mismo, siendo un único objeto. Contemplas una obra de arte, te marchas con una impresión estética, una huella, vuelves y encuentras algo nuevo que de nuevo te impacta. 

Se cierra el libro tras finalizar su lectura, y allí queda encerrado un mundo, un universo inane susceptible de ser descubierto por un nuevo lector. 

“Escribir es una miseria” decía hace tiempo Herta Müller. Supongo que se refería a ese deseo propio que la mantiene atada al folio en blanco, metáfora del vacío, bolígrafo o teclado en ristre, fuente de su satisfacción pero también de su desasosiego, y que confiere sentido al título que dio a su citada novela, un enunciado que cualquier analizante haría suyo después de una agitada sesión de psicoanálisis: Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma. 

El escritor trabaja con las palabras -trabajo tedioso, decía Balzac- las persigue, las escribe, las borra y las sustituye. Con el lenguaje busca acercarse a lo que no termina de alcanzar. Otorga a las palabras un valor fuera de todo cálculo. Esa es la ética de su posición, la “miseria” noble que ata al escritor a la función creadora de la palabra, ad libitum, a puro deseo.

Esa escritura dirigida a nadie en particular, eventualmente encuentra su lector en quien no está interesado por una última palabra que le cierre un texto o el punto final de una ficción; un lector permeable a una narración incompleta, en la que pueda encontrar el espacio propicio para hacer su propia invención con lo que lee, o para inventarse a sí mismo en ese momento efímero de la lectura, y tomar como propios esos fragmentos del texto que le atañen, de forma que pasen a formar parte de su memoria. A fin de cuentas también se es lo que se lee. 

“Quien no inventa no vive”, decía Ana María Matute, lo que me sugirió lo que antecede, una evasión. Y me encuentro después, no sin contrariedad  por más que me atraiga, con una cita de Beckett, en Paris no se acaba nunca de Vila Matas, que de entrada se me opone: “No inventamos nada, creemos inventar cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados, la vida sin lágrimas, tal como la lloramos. Y a la mierda”. 

Tal vez en la escritura o en la lectura, el invento sea momentáneo en el acto mismo de escribir o leer y después sólo queda la huella de ese momento, de forma que el invento es una vez y otra, y otra, y otra… igual que ese balbuceo beckettiano. Un invento inacabado, como una migaja arrancada al vacío que señala Vila-Matas.

No sé si se trata, o no, de creer en una ficción, en una creación literaria y tomarla por un instante como verdadera. ¿Por qué no? ¿No se acerca la ficción a la verdad más que cualquier representación de la realidad?  ¿No dijo Lacan que la verdad tiene estructura de ficción y que  en su materia el artista le lleva la delantera al psicoanálisis con su saber hacer con el vacío? ¿No le dio acaso Herta Müller existencia a la señora Micu al nombrarla e incluirla en el lenguaje, aunque no haya materialidad que la contenga?

Quizá eso forme parte de la creación literaria, ese no-todo que impide cerrar el invento y que en caso contrario mataría a la literatura. En este sentido un libro no deja de ser un texto incompleto que no acaba nunca de inventarse y que sitúa, por tanto, al autor y su obra en constante formación. 

Una buena ficción sería renunciar a contar con la última palabra. Creerse en poder de ella es peligroso, es un tributo a los dioses oscuros, es una miserable falsedad, aunque como invento literario resultaría incompleto.

4 comentarios sobre “Renunciar a la última palabra

  • el 20 mayo, 2020 a las 3:36 pm
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    Querido Paco:
    Me alegraste el día con tus palabras, poéticas y sabias, lúcidas y brivantes. ¡ Que necesarias en estos días!
    Me diste ganas de seguir leyendo y nostalgia de los tiempos que hablábamos de lo que leíamos.
    Un gran abrazo

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    • el 20 mayo, 2020 a las 4:37 pm
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      Gracias, Nieves, por tus palabras. Siempre en el recuerdo los tiempos imborrables. Un fuerte abrazo

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  • el 20 mayo, 2020 a las 4:37 pm
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    Querido Paco, que texto mas bonito, he disfrutado con su lectura, siempre supe que eras un «valor» y añoro tiempos pasados. Buen momento para la lectura, y para la escritura, sigue inventando, oxigenando, un abrazo

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    • el 20 mayo, 2020 a las 4:40 pm
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      Querida ML, qué alegría leer tu comentario. Gracias. Yo también recuerdo mucho aquellos años. Y a vosotros también.
      Un fuerte abrazo

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