‘Hacer el mal’, de Julia Shaw

AASHTA MARTÍNEZ.

Friedrich Nietzsche tenía una mente brillante. También tenía fama de ser un tipo bastante mujeriego que, a la vez, sufría un ramalazo de misoginia. Y, para más inri, lidió durante un tiempo con el sambenito de antisemita. Pero, a fin de cuentas, todos tenemos un lado oscuro. Nadie es completamente bueno o malo. Y del concepto de maldad, precisamente, trata Hacer el mal, un libro editado en español por el sello Temas de Hoy y plagado de citas de Nietzsche en el que la psicóloga Julia Shaw —que comparte con el filósofo alemán su peculiar análisis del mal aunque no sienta ninguna simpatía por la persona— ahonda en la ciencia de un concepto tan cotidiano como desconocido y destroza las nociones preconcebidas del mal y la gran cantidad de información errónea que la gente recibe de forma rutinaria.

Tanto Nietzsche como Shaw entienden el mal como una experiencia subjetiva, no como algo inherente al individuo, al objeto o a la acción. Para Shaw, que en la actualidad trabaja como investigadora en la Universidad London College, las personas deberían hacer un ejercicio de empatía con el mal. Piensen en lo peor que hayan hecho en su vida. Algo de lo que probablemente estén avergonzados y que seguramente haría que los demás pensaran mal de ustedes. Un robo, una mentira o una infidelidad, por ejemplo. ¿Soportarían que la gente se enterase y que todo el mundo les juzgase e insultase por ello? «En nuestras propias decisiones sí vemos los matices, las circunstancias, las dificultades. Para las decisiones de los demás solo vemos el resultado de sus actos. Esto nos lleva a definir a los seres humanos en su infinita complejidad, con un solo término atroz. Asesino. Violador. Ladrón. Mentiroso. Psicópata. Pedófilo«, relata la autora en su libro. 

Para la psicóloga, esas son etiquetas que colgamos a los demás «basándonos en nuestras percepciones de lo que ellos deben ser, dado su comportamiento». En definitiva, llamar mala a la gente es perezoso. Por eso, argumenta, conviene entender que todas las personas piensan y hacen con frecuencia cosas que los demás calificarían de despreciables. Seguramente hacerlo ayudaría a la gente a comprender la verdadera esencia de lo que llamamos el mal. No sean ilusos. Siempre habrá alguien en el mundo que piense que sus vidas son malvadas. Siempre habrá alguien que tilde de hijoputa al que come carne, al que trabaja en los bancos o al que tiene en su casa un pájaro enjaulado.

Quizá todos somos malvados. O quizá nadie lo es. Ahora bien, ¿por qué la gente hace cosas terribles? Shaw habla en el libro del caso de Hitler, considerado por muchos como el paradigma de la maldad humana. ¿Matarían al bebé Hitler, si pudieran viajar en el tiempo? La respuesta podría decir mucho de ustedes. Si apostaron por el sí, comenta Shaw, es probable que crean que nacemos con la predisposición a hacer cosas horribles —esto es, que el mal se encuentra en el ADN — . Si apostaron por el no, es probable que «tengan una visión menos determinista del comportamiento humano y quizá crean que el ambiente y la educación cumplen un papel crítico en ese desarrollo en el que terminamos siendo adultos». Eso, o que son políticamente correctos y entienden que no está socialmente aceptado lo de ir asesinando bebés por ahí (que todo puede ser, oiga).

La doctora en Psicología por la Universidad de British Columbia, en Canadá, es de las que piensa que todos los cerebros son un poco sádicos. Y que todos somos capaces de hacer el mayor daño posible, lo que no significa que sea probable que lo hagamos. En su libro, Shaw esboza los principales intentos de búsqueda de una ‘neurociencia de la maldad humana’, citando el trabajo de psicólogos científicos como Martin Reimann y Phillip Zimbardo, que intentaron establecer en su escrito de 2011 El lado oscuro de los encuentros sociales qué partes del cerebro son las responsables de permitir el mal. Según ellos, son dos los procesos más importantes: la desindividuación y la deshumanización. «La desindividuación ocurre cuando nos percibimos como entes anónimos», explica la autora. «La deshumanización cuando dejamos de ver a los demás como seres humanos y los empezamos a ver como menos que humanos”. Los mismos autores explican que la deshumanización es una catarata cortical “una percepción borrosa en la que dejamos de ser capaces de ver en realidad a los demás». Algo que ocurre en fenómenos como el nazismo o el terrorismo.

El curioso libro invita a repensar el Mal. Y, de paso, su autora desmonta algunos mitos en torno a la maldad a golpe de documentación y sentido común. Por ejemplo, sostiene que la tecnología puede amplificar la peligrosidad. «La ciberdelincuencia es más fácil porque podemos deshumanizar más fácilmente a las personas en línea. Y cuando dejamos de ver a las personas como seres humanos nos podemos sentir más libres de hacerles cosas más terribles. Estar en línea es experimentar una desconexión con las ideas», argumenta. Pero el hecho de que todos podamos convertirnos en personas horribles no significa que tengamos una justificación para hacerlo. Si no eres un gilipollas fuera de la red, entonces no lo hagas.

Hacer el mal también derriba mitos en torno a un tema tan delicado como la pedofilia, recurriendo a una explicación en torno a por qué existe la atracción sexual hacia los niños y cómo pueden las personas evitar actuar de acuerdo con los impulsos. Shaw rescata datos de estudios como la encuesta de 2014 Sexual interest in children among an online sample of men and women: Prevalence and correlates —que  reflejaba que el 6% de los hombres y el 2% de las mujeres indicaron alguna probabilidad de tener relaciones sexuales con un niño si se les garantizaba que no serían capturados o castigados— para hablar de un fenómeno  — el de la desviación sexual —  que siempre ha existido y siempre existirá. Sin tolerar ni normalizar el problema, la autora considera llamativo el hecho de que la sociedad desee la muerte a los que sienten atracción por los niños que aún no han llegado a la pubertad — al deshumanizarlos de algún modo —  pero, en cambio, suela aceptar, e incluso alentar, la atracción sexual hacia los adolescentes —lo que se conoce como efebofilia—.

La doctora aclara que no todos los que cometen delitos sexuales contra los niños son pedohebéfilos —o personas interesadas tanto en los niños como en los pubescentes—, y no todos los pedohebéfilos son delincuentes sexuales infantiles—. También recuerda, apoyándose en diversos estudios académicos y científicos, que los delincuentes sexuales infantiles no suelen ser extraños —la mayoría, de hecho, son conocidos de sus víctimas—, que la mayoría de los abusadores de este tipo no fueron ellos mismos víctimas de abuso sexual y que muchos de los que ven pornografía infantil nunca ofenden sexualmente a los niños en el mundo físico.  «Incluso si muchos sugieren que sus acciones son malas, los pedohebéfilos no son monstruos, son seres humanos. Nacieron con una tendencia sexual inaceptable, no eligieron tenerla. Este es un llamado a detener las creencias, políticas y terapias que sugieren lo contrario», apostilla Shaw. Al final va a resultar que todos los monstruos son humanos. Sea como fuere, la psicóloga alemana tiene claro que hacemos el mal cuando etiquetamos algo de esa manera. Y apostilla: «El mal existe como palabra, como concepto subjetivo. Pero creo con firmeza que no existe una persona, ni un grupo, ni un comportamiento ni una cosa que sea objetivamente malo. Quizá el mal solo existe realmente en nuestros miedos». 

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