Primer capítulo de ‘El hombre analógico’, de Daniel Fuentes Casado

REDACCIÓN.

«A la mierda se va quien puede, no quien quiere»: Vio la tapa del inodoro abierta. Se imaginó que la tapa y el asiento eran una boca  boquiabierta de dos labios, uno apoyado en la cisterna y otro en el retrete. Se asomó y vio rielar su reflejo al fondo, y se admiró durante algún rato como un Narciso con hechuras de coprófilo. Se acordó del célebre trampantojo de la cara de Mae West de Dalí, compuesta de un sillón en forma de labios, una chimenea con dos fosas nasales como hogares, dos cuadros oculares y cortinas capilares. Tertuliano se representó entonces su cara con forma de retrete, donde la tapa y el asiento eran su boca, la panza del inodoro su barbilla, y la garganta, encastrada en el suelo por dos pernos, sería la suya propia. Sería echarle mucha imaginación decir que el tanque de agua era su cara con una estilización cuadriforme, porque no se veían ni los ojos ni la nariz por ninguna parte, aunque la tapa de la cisterna bien podía ser la de su sesera. Eso lo convertía, pues, en una especie de coloso sanitario sin el sentido del olfato ni la vista, enterrado hasta el cuello como una pobre oca francesa. 

Y encontró el hallazgo titánico y surrealista a un tiempo, digno del propio Dalí: como un titán que purgara a ciegas las culpas fecales de la Humanidad, el castigo que a él le habían impuesto los dioses sería tragarse durante el día espuertas de orines y heces hasta que le reventara el hígado, que se le volvería a regenerar por la noche, y así una vez y otra, para poder competir de bueno a bueno con un Prometeo encadenado y una oca comemierda. ¿Por qué los dioses olímpicos eran tan recatados en cuestiones excretoras y tan desaforados, sin embargo, en cuestiones de bragueta y obstetricia? ¿Por qué la mitología griega que nos obsequió tanto estupro, pederastia, incesto, violaciones, bestialismo, zoofilia, travestismo y parricidios, nos hurtó los regímenes intestinales de sus Dioses? ¿Qué prodigio no habría de salir de las heces de Zeus Tonante? ¿Si Apolo Febo orinara, no sería dorada la lluvia? ¿Y si Praxíteles hubiera cincelado a Afrodita acuclillada defecando, cuál no sería nuestra noción de la belleza? ¿No habría un canon hasta de cuán grande debe ser un mojón respecto de la proporción áurea? ¿Y si Adán estuviera hecho de adobe, en vez de barro? ¿Por qué comemierda es peyorativo? ¿No es acaso un ideal de autarquía alimentaria? ¿Una especie de perpetuum mobile, pero en orgánico?

Tertulino se acordaría de esta jornada de hidalguía cuando años muchos después vio aquella célebre escena de Trainspotting, donde Mark Renton, el antihéroe interpretado por Ewan Mcgregor, presa del estreñimiento que produce la heroína, busca denodadamente una letrina para evacuar los estragos de los supositorios, y acaba deyectando estentóreamente en «la letrina más ominosa de toda Escocia»: la altura del estanque de agua, un aguachirle undívago, jalonado de balizas en descomposición flotante, está próxima a rebalsar la taza. Sin que el espectador sepa muy bien por qué, Mark se arrodilla ante la taza y entre arcadas suntuosas, se chapuza un brazo hasta el codo, luego los dos, y luego se zambulle de cabeza por el desagüe y bucea en una como fosa séptica cristalina y edénica, en un líquido amniótico primigenio, como el bebé de la portada del Nevermind de Nirvana, sólo que en vez de perseguir un dólar persigue una papelina, en una regresión opiácea que lo reconcilia definitivamente con el mundo y su vida de yonqui, y de la que se vuelve al mundo real siguiendo la misma luz al final del túnel por el que entró, que sigue siendo la boca de la taza hedionda de «la letrina más ominosa de Edimburgo».

Tertuliano defecó y decidió inopinadamente no tirar de la cadena. Se acuclilló devotamente, se arremangó y sumergió los antebrazos en agua y mierda, dos de los elementos primordiales de su vida y de todo el universo. Intentó pescar los coprolitos, que al principio se le escapaban entre saltos jabonados de delfín, pero que terminó agarrando como pella de barro al vuelo. Como un alfarero primigenio, modeló a dos manos un golem a su imagen y semejanza. Amagando la señal de la cruz y el mudra del Pantocrátor, interpeló a sus excrementos: “!Levántate y anda!”, pero reparó en que no le había modelado piernas al muñeco para que pudiera andar. La maniobra resultó muy delicada, porque la ductilidad no es precisamente una de las propiedades mecánicas de la mierda; por eso tuvo que renunciar, con harto dolor de corazón, a hacerle brazos. Volvió a interpelar al golem después de hacerle las piernas, enconando el tono: “!Que te levantes y andes, he dicho!” y ahí seguía la figura impertérrita, repantingada al fondo de la taza, con sus patitas de caca muellemente recostadas en la porcelana del sanitario. Recordó lo que se dice que hizo Michelangello con su Moisés, y si hubiera podido, habría golpeado gustosamente con un martillo a aquel golem desagradecido e indolente, pero por tenerla más a mano, utilizó reincidentemente la escobilla del váter, mientras le inquiría entre salpicaduras al muñeco “¿Por qué no me hablas, por qué no me hablas?”. 


Una vez machacado el muñeco, dio en pensar en Saturno devorando a sus hijos: ¿Sería antropocoprofagia comerte un muñeco de mierda a tu imagen y semejanza? ¿O no lo es si está machacado y ya no se te parece en nada? ¿Se puede considerar una forma de vudú caníbal contra uno mismo, o es, al contrario, alimento por y para el ego? ¿Sería autofagocitarse? ¿Existe la autofagia? ¿O era acaso una parafilia de su invención, una aportación original suya al mundo, la primera de muchas venideras? ¿Es más ajustado decir autocoprofagia o coproautofagia? No, suena mejor la primera. ¿Es coprofilia modelar un muñeco a base de heces? ¿Es coprofilia vivir en una casa de adobe, son coprófilos sus moradores? ¿No son parecidos en técnica, textura y color el modelado en mierda y el modelado en barro? ¿No sería acaso arte contemporáneo lo que había en aquella taza de váter si se exhibiera en una galería? ¿O lo sería sólo si algo que no es mierda simulara serlo? ¿No tendría más “aura” que la mierda fuera mierda de verdad? 

¿Consiste el arte en que la mierda sea de verdad mierda o en que sólo lo parezca? ¿No era lo que él acaba de hacer una performance sin público?


Removiendo con la escobilla el golemcito machacado, como un niño que se hace el remolón ante un puré de lentejas con la cara chafada, Tertuliano se preguntaba si era legítimo, ante la conciencia del mundo, decir que no le gustaba la mierda sin haberla probado nunca. ¿Por qué se empeñaba la gente en execrar la caca sin haberla degustado? ¿O sí la habían probado, y no lo reconocían? ¿No habían sentido nunca curiosidad? ¿Cuánta diferencia hay entre quererlo hacer y hacerlo? ¿Debe un cosmopolita buscador de experiencias totales probar heces? ¿Y reconocerlo en sociedad sería muy esnob o muy rastrero? ¿Es propio de pioneros y hombres de mundo hollar todos los continentes sin haber tan siquiera probado un triste bocado de excremento? ¿Probaría un perfecto caballero sus propias heces con tenedor y cuchillo? ¿Y las de otra persona? ¿Las de la amada, quizá? ¿No era una prueba de amor absoluto comerte la mierda de alguien? ¿Por qué los poetas no le cantan a la mierda de la amada? ¿Debería él conseguir caca de Jovita y comérsela? ¿Cómo? ¿Y la masticaría delante de ella o secretamente? ¿Cómo hubiera sido la descripción de la caca en la tradición petrarquista: arrecifes de topacio, roquedales de ámbar, cantil de ojo de tigre? ¿Y la del culo: antípodas de las perlas y rubíes, sinsabores de nutrientes ambrosías, vendimiador del sacro alambique, vórtice divino de lo capicúa? ¿Cómo hubiera descrito los pedos Garcilaso: truenos melismáticos, amplificación de recoleta catacumba? ¿No es acaso El rollo, el  pliego donde se supone que Kerouac mecanografió On the road, sin párrafos y en tres alucinadas semanas, una edición corregida y aumentada de un papel higiénico que rasca? ¿No se lee acaso la sección de cultura del periódico despatarrado en un retrete? ¿No hizo Piero Manzoni un ejercicio de honestidad dadaísta con su  serie de 90 latas de conserva titulada Mierda de artista, que contenían cada una exactamente 30 gr de lo prometido? ¿No se vendió una de ellas por 124.000 euros de mierda? 

¿No  describe acaso una meada un arco de parábola, con todas sus proporciones áureas intactas, antes de impactar contra la porcelana del retrete? ¿Por qué  «lluvia dorada» y no, directamente, «lluvia áurea»? ¿Por qué el imaginario y el acerbo estaban llenos de alusiones denigrantes al culo y sus productos y no, por ejemplo, al plutonio? ¿Porque nos es culturalmente más cercano? ¿Porque nos sale más de dentro? ¿Porque la energía nuclear es relativamente reciente? ¿O porque no vemos, literalmente, más allá de nuestras narices, y solo vemos lo que olemos y la vista nos sirve en el fondo para lo mismo que el olfato? ¿Y Chernóbil y Fukushima y Hiroshima y Nagasaki?

Tertuliano decidió que el hombre de mundo que quería ser era buen conocedor de su propio cuerpo, que era, al cabo, la casa de su alma. Que se iba a dar a la tarea de corregir la asimetría del mundo, y colocar a la mierda en el lugar que le correspondía en la Creación. Que no comer mierda era harto más vulgar que hacerlo. Que él no era ningún pusilánime, y que el hombre se mide en la desgracia. Sin más dilación, procedió primero a escarbar con la uña en lo que había sido la piernecita de su golem; después, reprimiendo alguna arcada, porque tener náuseas le pareció de mala educación, hizo pinza con el pulgar y el índice, hasta que al poco se sorprendió a sí mismo masticando desaforadamente, sin delectación pero tampoco con asco, a dos carrillos, en un acto que lo reconciliaba con su alma y con su cuerpo, y que lo convertía en punta de lanza de la sociedad en materia de justicia espiritual y fecal: nunca volvería a pronunciar el nombre de la mierda en vano, y no consentiría que se hiciera en su presencia. ¿Mandaría a los campeones de la clase que lo ninguneaban a la mierda? No, definitivamente, no les pensaba dar el gusto ¿Iros a la mierda? ¿A tomar por culo? Ya quisierais, ya. A la mierda se va quien puede, no quien quiere.

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