‘Por el bien de la causa’, Alexander Solschenitzin

ANDRÉS G. MUGLIA.

Este es uno de esos casos donde la historia del autor es tanto o más interesante que su obra. Solschenitzin (corto y pego este apellido impronunciable) es un escritor ruso que durante el largo gobierno de Stalin, tuvo la mala idea de criticar al régimen de la URRS en unas cartas que enviaba a un amigo mientras estaba en el frente durante la segunda guerra. Cayó sobre él la policía del régimen, y le dieron en juicio sumario y expeditivo una condena leve: ocho años de trabajos forzados en Siberia y otras bellas prisiones de lo que el bautizó como «Archipielago Gulag».  Tuvo suerte, según él mismo cuenta, poco después el régimen unificó todas las condenas en veinticinco años.

Solschenitzin vivió este archipiélago (en el sentido de una tierra fragmentada pero que se vivenciaba como lo mismo exactamente en cualquiera de sus fragmentos) desde adentro y sobrevivió para contarlo. Se convirtió así en uno de los principales críticos del régimen comunista, a través de los cuales occidente conoció una parte de la realidad tras la cortina de hierro (la parte que el régimen quería precisamente ocultar).

Por esta razón, o quizás porque se trata de un gran escritor, en 1970 se le adjudicó el premio Novel de literatura. Paradójicamente no fue sino hasta 1974 que Solschenitzin fue a retirar su premio, pues tenía miedo de salir de la URRS y que no le dejarán volver a entrar. De todos modos emigró a los EE.UU. y no fue sino recién hasta la presidencia de Putin, a mucho tiempo ya de caída la cortina de hierro, que se le hizo en Rusia una serie de merecidos homenajes.

Por el bien de la causa recoge una serie de cuentos y novelas cortas de Solschenitzin. Son sus títulos más conocidos y en los que se revela como un escritor sólido, a veces cercano a lo poético cuando escribe una serie de «Miniaturas en prosa», a veces a lo kafkiano, como en La casa de Matriona. Como todo escritor ruso Solschenitzin tiene a favor un escenario que fascina a cualquier occidental y más a un sudamericano. Pueblos campesinos pobrísimos en medio de la estepa, congelados cronológicamente en la edad media. Gentes cuya jornada ordinaria se desenvuelve con total normalidad a cuarenta grados bajo cero. Y lo fundamental, la descripción de las taras de la burocracia y la corrupción de un régimen donde, como había pronosticado Orwell, algunos eran «más iguales que otros». Por otro lado refleja también una juventud vivaz, inquieta intelectualmente, llena de esperanzas, como en el cuento Por el bien de la causa, quizás solamente para que nos duela más cuando la administración les quita el edificio de la escuela que ellos mismos habían colaborado en construir.

Pero la joya de este volumen es el extenso cuento Un día en la vida de Iván Denisovich, relato hará célebre al autor en el mundo entero y que será el germen de la novela «Archipiélago Gulag» la larga relación en la que Solschenitzin cuenta sus años en prisión. Un día en la vida de Iván Denisovich es una obra maestra, donde el autor narra una jornada de un preso en un campo de concentración siberiano. El modo en que la vida es reducida a sus mínimas condiciones, en que el hombre se las arregla para, en el contexto más absurdamente adverso, encontrar disfrute en cosas minúsculas (una feta de salchichón, la colilla de un cigarrillo, la satisfacción de un trabajo bien hecho), la manera en que el ser humano se debate en medio del barro para no perder la poca dignidad que le queda y que lo separa de convertirse en un animal; todo esto narrado con veracidad y poesía.

Shujov, el protagonista, se las arregla para no perder la inocencia, para mantenerse en este mundo naufragado donde ante el menor desacato a las insólitas y antojadizas leyes del sistema, se lo envía a la carbonera: una celda gélida donde un castigo de diez días puede significar la muerte. Con astucia, pero también con sentido del compañerismo y protección al débil, Shujov es la herramienta inventada por Solschenitzin para tejer esta parábola donde el hombre sobrevive al sistema sin envilecerse.

Primer paso para visitar un autor marcado por una experiencia que lo hace volver una y otra vez a contarla. Un día en la vida de Iván Denisovich es una obra imprescindible, como lo fue el Sepulcro de los vivos de Fedor  Dovstoievski, que contó en el mismo escenario pero casi un siglo antes, los abusos, esta vez de los zares, hacia un pueblo duro y admirable.

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